Thursday, April 30, 2009

Luis Mizar Mestre / Dos psalmos apócrifos


Luis Mizar Mestre
DOS PSALMOS APÓCRIFOS


PSALMO DE LA CUERDA

Señor
En noches que son hondos abismos y desacuerdos
me despierta el apretón (no sé si justo o injusto)
de una cuerda rodeando mi cuello.
Otras veces he visto mi cuerpo
colgado de un árbol
columpiándose
ante el soplo de un viento escandalizado.
Señor
¿Permitirás que una noche lluviosa
huérfana de luna y palabras
se vuelva  realidad mi sueños?


ROGATIVA POR EL NÉCTAR DE ÉBANO
O PSALMO DE LA COBIJA ESQUIVA

Permite señor
que me cobije su tibieza
que mis manos se asomen a sus manos
que mis pies se enreden con sus pies
que el olor de su piel se aposente en mi piel.
Permite señor
que cese mi sana angustia
y yo pueda beber por siempre
el néctar de ébano
de los pechos de mi amada.


Luis Mizar Mestre
Psalmos apócrifos
Premio de Poesía Carlos Castro Saavedra 1996



Yo-Yo Ma / Antonin Dvořák / Cello Concerto

Yo-Yo Ma

Yo-Yo Ma
Antonin Dvořák Cello Concerto I. Mvt.




Friday, April 24, 2009

Astor Piazzolla / Otoño porteño



Daniel Barenboim y Rodolfo Mederos interpretan Otoño Porteño de Astor Piazzolla


Astor Piazzolla
OTOÑO PORTEÑO

Sublime. Qué otra cosa puede decirse. Astor Piazzolla demuestra que la música es el arte supremo. Pocas expresiones del hombre tienen tanta capacidad de conmover, de estremecer, de revolcar el alma. Hasta las palabras sobran. Hagamos silencio para sumergirnos  en la música de Astor Piazolla. 


Thursday, April 23, 2009

Astor Piazzolla / Escualo



Astor Piazzolla
ESCUALO





Sí, es cierto, soy un enemigo del tango; pero del tango como ellos lo entienden. Ellos siguen creyendo en el compadrito, yo no. Creen en el farolito, yo no. Si todo ha cambiado, también debe cambiar la música de Buenos Aires. Somos muchos los que queremos cambiar el tango, pero estos señores que me atacan no lo entienden ni lo van a entender jamás. Yo voy a seguir adelante, a pesar de ellos.

Astor Piazzolla, revista Antena, Buenos Aires, 1954.


Vea, además
Astor Piazzolla / Vuelvo al Sur
Astor Piazzolla / Otoño porteño


Astor Piazzolla / Vuelvo al sur


Astor Piazzolla
VUELVO AL SUR



"Vuelvo al sur", un tango cuya letra pertenece al cineasta y político argentino Fernando "Pino" Solanas, fue compuesto como soundtrack de la pelicula "Sur" (1988). Evoca los sentimientos de los exiliados argentinos a causa de la última dictadura (1976-1982). La música de Astor Piazzolla y la letra de Solanas encajan de manera mágica y perfecta. Una pieza inolvidable. Una dulce melancolía. Sin melosería, sin esa cursilería tan propia de las canciones románticas, y con las palabras de cada día, se canta al amor, sentimiento esencial de la vida, que es dolor e intensidad.




Vuevo al Sur
Gotan Project

Vuelvo al sur
Tango
Música de Astor Piazzolla
Letra de Fernando "Pino" Solanas

Vuelvo al Sur,
como se vuelve siempre al amor,
vuelvo a vos,
con mi deseo, con mi temor.

Llevo el Sur,
como un destino del corazón,
soy del Sur,
como los aires del bandoneón.

Sueño el Sur,
inmensa luna, cielo al revés,
busco el Sur,
el tiempo abierto, y su después.

Quiero al Sur,
su buena gente, su dignidad,
siento el Sur,
como tu cuerpo en la intimidad.

Te quiero Sur,
Sur, te quiero.

Vuelvo al Sur,
como se vuelve siempre al amor,
vuelvo a vos,
con mi deseo, con mi temor.

Quiero al Sur,
su buena gente, su dignidad,
siento el Sur,
como tu cuerpo en la intimidad.
Vuelvo al Sur,
llevo el Sur,
te quiero Sur,
te quiero Sur...


Wednesday, April 22, 2009

Horacio Quiroga / Las medias de los flamencos


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Horacio Quiroga
LAS MEDIAS DE LOS FLAMENCOS

Cierta vez las víboras dieron un gran baile. Invitaron a las ranas y a los sapos, a los flamencos y a los yacarés, y a los pescados. Los pescados, como no caminan, no pudieron bailar; pero siendo el baile a la orilla del río los pescados estaban asomados a la arena, y aplaudían con la cola.
Los yacarés, para adornarse bien, se habían puesto en el pescuezo un collar de bananas, y fumaban cigarrillos paraguayos. Los sapos se habían pegado escamas de pescado en todo el cuerpo; y caminaban meneándose, como si nadaran. Y cada vez que pasaban muy serios por la orilla del río, los pescados les gritaban haciéndoles burla.
Las ranas se habían perfumado todo el cuerpo, y caminaban en dos pies. Además, cada una llevaba colgada como un farolito una luciérnaga que se balanceaba.
Pero las que estaban hermosísimas eran las víboras. Todas, sin excepción, estaban vestidas con traje de bailarina, del mismo color de cada víbora. Las víboras coloradas levaban una pollerita de tul colorado; las verdes, una de tul verde; las amarillas, otra de tul amarillo; y las yararás, una pollerita de tul gris pintada con rayas de polvo de ladrillo y ceniza, porque así es el color de las yararás.
Y las más espléndidas de todas eran las víboras de coral que estaban vestidas con larguísimas gasas rojas, blancas y negras, y bailaban como serpentinas. Cuando las víboras danzaban y daban vueltas apoyadas en la punta de la cola, todos los invitados aplaudían como locos.
Sólo los flamencos, que entonces tenían las patas blancas, y tienen ahora como antes la nariz muy gruesa y torcida, sólo los flamencos estaban tristes, porque como tienen muy poca inteligencia, no habían sabido como adornarse. Envidiaban el traje de todos, y sobre todo el de las víboras de coral. Cada vez que una víbora pasaba por delante de ellos, coqueteando y haciendo ondular las gasas de serpentinas, los flamencos se morían de envidia.
Un flamenco dijo entonces:
—Yo sé lo que vamos a hacer. Vamos a ponernos medias coloradas, blancas y negras, y las víboras de coral se van a enamorar de nosotros.
Y levantando todos juntos el vuelo, cruzaron el río y fueron a golpear en un almacén del pueblo.
—¡Tan-tan! —pegaron con las patas.
—¿Quién es? —respondió el almacenero.
—Somos los flamencos. ¿Tienes medias coloradas, blancas y negras?
—No, no hay —contestó el almacenero—. ¿Están locos? En ninguna parte va a encontrar medias así.
Los flamencos fueron entonces a otro almacén.
—¡Tan-tan! ¿Tienes medias coloradas, blancas y negras?
El almacenero contestó:
—¿Cómo dice? ¿Coloradas, blancas y negras? No hay medias así en ninguna parte. Ustedes están locos. ¿Quienes son?
—Somos los flamencos —respondieron ellos.
Y el hombre dijo:
—Entonces son con seguridad flamencos locos.
Fueron a otro almacén.
—¡Tan-tan! ¿Tiene medias coloradas, blancas y negras?
El almacenero gritó:
—¿De qué color? ¿Coloradas, blancas y negras? Solamente a pájaros narigudos como ustedes se les ocurre pedir medias así. ¡Váyanse en seguida!
Y el hombre los echó con la escoba.
Los flamencos recorrieron así todos los almacenes, y de todas partes los echaban por locos.
Entonces un tatú, que había ido a tomar agua al río, se quiso burlar de los flamencos y les dijo, haciéndoles un gran saludo:
—¡Buenas noches, señores flamencos! Yo sé lo que ustedes buscan. No van a encontrar medias así en ningún almacén. Tal vez haya en Buenos Aires, pero tendrán que pedirlas por encomienda postal. Mi cuñada, la lechuza, tiene medias así. Pídanselas, y ella les va a dar las medias coloradas, blancas y negras.
Los flamencos le dieron las gracias, y se fueron volando a la cueva de la lechuza. Y le dijeron:
—¡Buenas noches lechuza! Venimos a pedirte las medias coloradas, blancas y negras. Hoy es el gran baile de las víboras, y si nos ponemos esas medias, las víboras de coral se van a enamorar de nosotros.
—¡Con mucho gusto!—respondió la lechuza—. Esperen un segundo, y vuelvo en seguida.
Y echando a volar, dejó solos a los flamencos; y al rato volvió con las medias. Pero no eran medias, sino cueros de víboras de coral, lindísimos cueros recién sacados a las víboras que la lechuza había cazado.
—Aquí están las medias—les dijo la lechuza—. No se preocupen de nada, sino de una sola cosa: bailen toda la noche, bailen sin parar un momento, bailen de costado, de pico, de cabeza, como ustedes quieran; pero no paren un momento, porque en vez de bailar van entonces a llorar.
Pero los flamencos, como son tan tontos, no comprendían bien qué gran peligro había para ellos en eso, y locos de alegría se pusieron los cueros de las víboras de coral, como medias, metiendo las patas dentro de los cueros, que eran como tubos. Y muy contentos se fueron volando al baile.
Cuando vieron a los flamencos con sus hermosísimas medias, todos les tuvieron envidia. Las víboras querían bailar con ellos, únicamente, y como los flamencos no dejaban un instante de mover las patas, las víboras no podían ver bien de qué estaban hechas aquellas preciosas medias.
Pero poco a poco, sin embargo, las víboras comenzaron a desconfiar. Cuando los flamencos pasaban bailando al lado de ellas, se agachaban hasta el suelo para ver bien.
Las víboras de coral, sobre todo, estaban muy inquietas. No apartaban la vista de las medias, y se agachaban también tratando de tocar con la lengua las patas de los flamencos, porque la lengua de las víboras es como la mano de las personas. Pero los flamencos bailaban y bailaban sin cesar aunque estaban cansadísimos y ya no podían más.
Las víboras de coral, que conocieron esto, pidieron en seguida a las ranas sus farolitos, que eran bichitos de luz, y esperaron todas juntas a que los flamencos se cayeran de cansados.
Efectivamente, un minuto después, un flamenco, que ya no podía más, tropezó con el cigarro de un yacaré, se tambaleó y cayó de costado; En seguida las víboras de coral corrieron con sus farolitos, y alumbraron bien las patas del flamenco. Y vieron qué eran aquellas medias, y lanzaron un silbido que se oyó desde la otra orilla del Paraná.
—¡No son medias! —gritaron las víboras—. ¡Sabemos lo que es! ¡Nos han engañado! ¡Los flamencos han matado a nuestras hermanas y se han puesto sus cueros como medias! ¡Las medias que tienen son de víboras de coral!
Al oír esto, los flamencos, llenos de miedo porque estaban descubiertos, quisieron volar; pero estaban tan cansados que no pudieron levantar una sola pata. Entonces las víboras de coral se lanzaron sobre ellos, y enroscándose en sus patas les deshicieron a mordiscones las medias. Les arrancaron las medias a pedazos, enfurecidas, y les mordían también las patas, para que murieran.
Los flamencos, locos de dolor, saltaban de un lado para otro sin que las víboras de coral se desenroscaran de sus patas. Hasta que al fin, viendo que ya no quedaba un solo pedazo de media, las víboras los dejaron libres, cansadas y arreglándose las gasas de sus trajes de baile.
Además, las víboras de coral estaban seguras de que los flamencos iban a morir, porque la mitad, por lo menos, de las víboras de coral que los habían mordido, eran venenosas.
Pero los flamencos no murieron, corrieron a echarse al agua, sintiendo un grandísimo dolor. Gritaban de dolor, y sus patas, que eran blancas, estaban entonces coloradas por el veneno de las víboras. Pasaron días y días, y siempre sentían terrible ardor en las patas, y las tenían siempre de color de sangre, porque estaban envenenadas.
Hace de esto muchísimo tiempo. Y ahora todavía están los flamencos casi todo el día con sus patas coloradas metidas en el agua, tratando de calmar el ardor que sienten en ellas.
A veces se apartan de la orilla, y dan unos pasos por la tierra, para ver cómo se hallan. Pero los dolores del veneno vuelven en seguida, y corren a meterse en el agua. A veces el ardor que sienten es tan grande, que encogen una pata y quedan así horas enteras, porque no pueden estirarla.
Esta es la historia de los flamencos, que antes tenían las patas blancas y ahora las tienen coloradas. Todos los pescados saben por qué es, y se burlan de ellos. Pero los flamencos, mientras se curan en el agua, no pierden ocasión de vengarse, comiéndose a cuanto pescadito se acerca demasiado a burlarse de ellos.




Tuesday, April 21, 2009

Horacio Quiroga / El hombre muerto

José María Párraga
Horacio Quiroga
EL HOMBRE MUERTO

El hombre y su machete acababan de limpiar la quinta calle del bananal. Faltábanles aún dos calles; pero como en éstas abundaban las chircas y malvas silvestres, la tarea que tenían por delante era muy poca cosa. El hombre echó, en consecuencia, una mirada satisfecha a los arbustos rozados, y cruzó el alambrado para tenderse un rato en la gramilla.
         Mas al bajar el alambre de púa y pasar el cuerpo, su pie izquierdo resbaló sobre un trozo de corteza desprendida del poste, a tiempo que el machete se le escapaba de la mano. Mientras caía, el hombre tuvo la impresión sumamente lejana de no ver el machete de plano en el suelo.


Ya estaba tendido en la gramilla, acostado sobre el lado derecho, tal como él quería. La boca, que acababa de abrírsele en toda su extensión, acababa también de cerrarse. Estaba como hubiera deseado estar, las rodillas dobladas y la mano izquierda sobre el pecho. Sólo que tras el antebrazo e inmediatamente por debajo del cinto, surgían de su camisa el puño y la mitad de la hoja del machete; pero el resto no se veía.
         El hombre intentó mover la cabeza, en vano. Echó una mirada de reojo a la empuñadura del machete, húmeda aún del sudor de su mano. Apreció mentalmente la extensión y la trayectoria del machete dentro de su vientre, y adquirió, fría, matemática e inexorablemente, la seguridad de que acababa de llegar al término de su existencia.
         La muerte. En el transcurso de la vida se piensa muchas veces en que un día, tras años, meses, semanas y días preparatorios, llegaremos a nuestro turno al umbral de la muerte. Es la ley fatal, aceptada y prevista; tanto que solemos dejarnos llevar placenteramente por la imaginación a ese momento, supremo entre todos, en que lanzamos el último suspiro.
         Pero entre el instante actual y esa postrera espiración, ¡qué de sueños, trastornos, esperanzas y dramas presumimos en nuestra vida! ¡Qué nos reserva aún esta existencia llena de vigor, antes de su eliminación del escenario humano! Es éste el consuelo, el placer y la razón de nuestras divagaciones mortuorias: ¡tan lejos está la muerte, y tan imprevisto lo que debemos vivir aún!
         ¿Aún...?  No han pasado dos segundos: el sol está exactamente a la misma altura; las sombras no han avanzado un milímetro. Bruscamente, acaban de resolverse para el hombre tendido las divagaciones a largo plazo: se está muriendo.
         Muerto. Puede considerarse muerto en su cómoda postura.
         Pero el hombre abre los ojos y mira. ¿Qué tiempo ha pasado?  ¿Qué cataclismo ha sobrevenido en el mundo? ¿Qué trastorno de la naturaleza trasuda el horrible acontecimiento?
         Va a morir. Fría, fatal e ineludiblemente, va a morir.
         El hombre resiste -¡es tan imprevisto ese horror!- y piensa: es una pesadilla; ¡eso es! ¿Qué ha cambiado? Nada. Y mira: ¿no es acaso ese bananal su bananal? ¿No viene todas las mañanas a limpiarlo? ¿Quién lo conoce como él? Ve perfectamente el bananal, muy raleado, y las anchas hojas desnudas al sol. Allí están, muy cerca, deshilachadas por el viento. Pero ahora no se mueven... Es la calma de mediodía; pronto deben ser las doce.
         Por entre los bananos, allá arriba, el hombre ve desde el duro suelo el techo rojo de su casa. A la izquierda, entrevé el monte y la capuera de canelas. No alcanza a ver más, pero sabe muy bien que a sus espaldas está el camino al puerto nuevo; y que en la dirección de su cabeza, allá abajo, yace en el fondo del valle el Paraná dormido como un lago. Todo, todo exactamente como siempre; el sol de fuego, el aire vibrante y solitario, los bananos inmóviles, el alambrado de postes muy gruesos y altos que pronto tendrá que cambiar.
         ¡Muerto! ¿Pero es posible? ¿No es éste uno de los tantos días en que ha salido al amanecer de su casa con el machete en la mano? ¿No está allí mismo, a cuatro metros de él, su caballo, su Malacara, oliendo parsimoniosamente el alambre de púa?
         ¡Pero sí!  Alguien silba... No puede ver, porque está de espaldas al camino; mas siente resonar en el puentecito los pasos del caballo... Es el muchacho que pasa todas las mañanas hacia el puerto nuevo, a las once y media. Y siempre silbando... Desde el poste descascarado que toca casi con las botas, hasta el cerco vivo de monte que separa el bananal del camino, hay quince metros largos. Lo sabe perfectamente bien, porque él mismo, al levantar el alambrado, midió la distancia.
         ¿Qué pasa, entonces? ¿Es ése o no un natural mediodía de los tantos en Misiones, en su monte, en su potrero, en su bananal ralo? ¡Sin duda! Gramilla corta, conos de hormigas, silencio, sol a plomo...
         Nada, nada ha cambiado. Sólo él es distinto. Desde hace dos minutos su persona, su personalidad viviente, nada tiene ya que ver ni con el potrero, que formó el mismo a azada, durante cinco meses consecutivos; ni con el bananal, obra de sus solas manos. Ni con su familia. Ha sido arrancado bruscamente, naturalmente, por obra de una cáscara lustrosa y un machete en el vientre. Hace dos minutos: se muere.
         El hombre, muy fatigado y tendido en la gramilla sobre el costado derecho, se resiste siempre a admitir un fenómeno de esa trascendencia, ante el aspecto normal y monótono de cuanto mira. Sabe bien la hora: las once y media... El muchacho de todos los días acaba de pasar sobre el puente.
         ¡Pero no es posible que haya resbalado!... El mango de su machete (pronto deberá cambiarlo por otro; tiene ya poco vuelo) estaba perfectamente oprimido entre su mano izquierda y el alambre de púa. Tras diez años de bosque, él sabe muy bien cómo se maneja un machete de monte. Está solamente muy fatigado del trabajo de esa mañana, y descansa un rato como de costumbre.
         ¿La prueba...? ¡Pero esa gramilla que entra ahora por la comisura de su boca la plantó él mismo, en panes de tierra distantes un metro uno de otro! ¡Y ése es su bananal; y ése es su Malacara, resoplando cauteloso ante las púas del alambre! Lo ve perfectamente; sabe que no se atreve a doblar la esquina del alambrado, porque él está echado casi al pie del poste. Lo distingue muy bien; y ve los hilos oscuros de sudor que arrancan de la cruz y del anca. El sol cae a plomo, y la calma es muy grande, pues ni un fleco de los bananos se mueve. Todos los días, como ése, ha visto las mismas cosas.
         ... Muy fatigado, pero descansa sólo. Deben de haber pasado ya varios minutos... y a las doce menos cuarto, desde allá arriba, desde el chalet de techo rojo, se desprenderán hacia el bananal su mujer y sus dos hijos, a buscarlo para almorzar. Oye siempre, antes que las demás, la voz de su chico menor que quiere soltarse de la mano de su madre: ¡Piapiá! ¡Piapiá!
         ¿No es eso...? ¡Claro, oye! Ya es la hora. Oye efectivamente la voz de su hijo...
         ¡Qué pesadilla...! ¡Pero es uno de los tantos días, trivial como todos, claro está! Luz excesiva, sombras amarillentas, calor silencioso de horno sobre la carne, que hace sudar al Malacara inmóvil ante el bananal prohibido.
         ... Muy cansado, mucho, pero nada más. ¡Cuántas veces, a mediodía como ahora, ha cruzado volviendo a casa ese potrero, que era capuera cuando él llegó, y que antes había sido monte virgen! Volvía entonces, muy fatigado también, con su machete pendiente de la mano izquierda, a lentos pasos.
         Puede aún alejarse con la mente, si quiere; puede si quiere abandonar un instante su cuerpo y ver desde el tajamar por él construido, el trivial paisaje de siempre: el pedregullo volcánico con gramas rígidas; el bananal y su arena roja; el alambrado empequeñecido en la pendiente, que se acoda hacia el camino. Y más lejos aún ver el potrero, obra sola de sus manos, y al pie de un poste descascarado, echado sobre el costado derecho y las piernas recogidas, exactamente como todos los días, puede verse a él mismo, como un pequeño bulto asoleado sobre gramilla, descansando porque está muy cansado...
         Pero el caballo rayado de sudor, e inmóvil de cautela ante el esquinado del alambrado, ve también al hombre en el suelo y no se atreve a costear el bananal, como desearía. Ante las voces que ya están próximas -¡Piapiá!-, vuelve un largo, largo rato las orejas inmóviles al bulto: y tranquilizado al fin, se decide a pasar entre el poste y el hombre tendido. Que ya ha descansado.









 

QUIROGA, HORACIO. Cuentista uruguayo. Nació en 1878 y murió en 1937. Vivió algunos años en Argentina. Escribió Los arrecifes de coral, Cuentos de amor, de locura y de muerte, cuentos de la selva, Anaconda, Los desterrados, El más allá.


Monday, April 20, 2009

Giorgio Agamben / El paseo filosófico de Robert Walser


Robert Walser


  Giorgio Agamben

El paseo filosófico de Robert Walser

Traducción de Gerardo Muñoz
Originalmente en Mikrogramme
Cartier+Bresson.jpg¿Por qué ha sido y sigue siendo Roberto Walser tan importante para mí? Creo ver en su obra algo similar a un experimento, un experimento muy especial, es decir, no simplemente un experimento común. No solo en la ciencia, sino también en la literatura y en la filosofía existen experimentos. Por supuesto que estos experimentos poco tienen que ver con experimentos científicos, en tanto a la factibilidad o exactitud de probar una hipótesis, sino en poner en entredicho la propia condición humana.
El asunto radica en hacer de la existencia humana una transformación antropológica. Y aquel que lleva a cabo estos experimentos arriesga no solo la verdad de sus enunciados, sino la forma misma de su existencia. Esto exige una especie mutación antropológica, a la manera de los primates o la transformación de los reptiles, antes de transformarse en pájaros. ¿Qué tipo de transformación es la que ocurre en Walser?
Walser describe de la misma manera en que Kafka da forma a aquellos que han dejado de ser humanos, aunque continuasen perteneciendo al mundo divino o animal. El experimento que ejerce Walser es tan importante y novedoso como el experimento que Heidegger lleva a cabo en Ser y Tiempo, en tanto la esfera psicosomática es remplazada por un vacío insustancial del ser. Esto no difiere del intento de representar al ser como posibilidad a través de aquello que es imposible. De esta manera, Walser, como Kafka, es un teólogo, si entendemos la teología como lugar en el cual las nuevas figuras serán puestas a prueba.
En mi libro, La Comunidad que viene, comparé las figuras de Walser con las criaturas que habitan en el limbo. Según los teólogos, el castigo de los niños sin bautizo que perecen sin culpa alguna, no recibirán el castigo doloroso del infierno, sino la privación de la gracia de Dios. Como estas criaturas no tendrán acceso al saber supernatural, nunca sabrán que han sido privados del Sumo Bien. El peor de los castigos, o sea la retracción ante la gracia de Dios, es la forma del mal que habita entre aquellos cuyo estado natural de felicidad es el limbo.
La felicidad del limbo es el secreto de las criaturas de Walser. Éstas viven fuera de la maldición y de la salvación. Ignoran a Dios y al hombre, a la ley y al destino. Permanecen para siempre perdidos bajo el abandono de Dios. Aunque quiero apuntar otro ejemplo: pensemos en los personajes de Walser en su novela El Asistente (1907). En Kafka, los asistentes son seres mediadores entre Ángeles y burócratas. La angeología y la burocracia en Kafka son una y la misma cosa. En Walser, en cambio, estos agentes cobran un papel mesiánico.
El gran pensador Sufí Ibn al-Arab recoge figuras análogas que el llama agentes del Mesías o del "Wazara", nombre árabe, plural de Wazir. El Wuzara son aquellos agentes que habitan el tiempo-ahora, característica secular de la era mesiánica que forma parte del día que resta. De esta forma, son traductores del lenguaje divino a la lengua de los humanos. Extrañas criaturas que pasan por desapercibidas entre los árabes.
La idea de que el reino esté presente en el tiempo profano, sólo en formas discretas, evidencia que el estado final se esconde en lo que ahora solo parece usual y risible. Este profundo tema mesiánico es lo que atraviesa las enseñanzas teológicas de Walser.
Los burócratas de Walser parecen ser insuficientes: empleados que realizan un trabajo innecesario. Si se dedican al estudio, lo hacen para aprender absolutamente nada. ¿Y por que deben participar en un mundo sensato, si en realidad es en la locura donde encuentran la verdad?
Mejor dar un paseo.
En las obras de Spinoza hay solo un lugar donde se hace uso del sefardí. Trata de un pasaje donde Spinoza explica la importancia de la causa inmanente, es decir, de una acción propia del mismo agente, donde lo activo y lo pasivo coinciden en una misma persona. Para ilustrar este importante concepto Spinoza se obliga a hacer uso de la lengua materna. Caminar, en el idioma judeoespañol, pasearse es el paseo que el ser indeterminado de Robert Walser logra situar entre la acción y la inacción, entre la pasividad y la actividad, entre el ser y la nada. Este paseo es el paradigma mesiánico que las criaturas de Walser han legado a la humanidad.


Este texto fue una ponencia en la Academia de las Artes de Berlín en torno a la obra de Robert Walser en abril del 2005.
Gerardo Muñoz es estudiante de Literatura y Estética en la University of Florida. Lleva un blog sobre arte contemporáneo Puente Ecfratico. 




Sunday, April 19, 2009

Javier Tomeo / El sargento Gutiérrez



Javier Tomeo 
EL SARGENTO GUTIÉRREZ 
    

El Presidente -saltándose por las buenas el escalafón- nombró al Sargento Gutiérrez nuevo Capitán General de todos los ejércitos. Aquel mismo día Gutiérrez, con el pecho cubierto de medallas, subió a la azotea de la torre y contempló el paisaje. Aparentemente nada había cambiado. A sus pies se extendía la ciudad de siempre, con todas sus casas y monumentos, el mismo mar por el este y las mismas colinas por el oeste. Arriba, poco más o menos, el mismo cielo, aunque las nubes fuesen cambiando constantemente de forma y de posición.
      Aquello no le gustó. Volvió a su apartamento, cuatro pisos más abajo, llamó por teléfono al Presidente y le dijo que no estaba contento.
      -No me parece justo -le dijo- que ahora que soy Capitán General el paisaje sea idéntico al que me rodeaba ayer, cuando sólo era sargento.
      El Presidente había cumplido ochenta años y no estaba en edad de dar explicaciones a nadie. Le colgó el teléfono y se quedó tan tranquilo.
      -¿Para qué sirve ser nombrado Capitán General si luego nos dejan con la palabra en la boca? -se preguntó Gutiérrez-. ¿Para qué sirve ser general, si a nuestros pies el mundo continúa como siempre?
      Se consoló pensando que tal vez las cosas fuesen cambiando poco a poco. «Eso es lo más probable», se dijo. Se fue a dormir y a la madrugada siguiente volvió a la terraza y esperó que se hiciese de día.
      Cuando salió el sol todas las cristaleras de las casas orientadas hacia el este centellearon por un momento con reflejos sangrientos.
      «Eso también sucedió ayer», se dijo.
      No perdió la paciencia y siguió esperando, pero media hora después las cosas continuaban como siempre. Las mismas iglesias, las mismas cúpulas, los mismos campanarios y los mismos palacios. Las mismas casas apretadas en torno a la catedral. Las mismas antenas sobre las azoteas y los mismos pararrayos. Los mismos canarios encerrados en las mismas jaulas. Los mismos cretinos de costumbre yendo y viniendo por las calles.
      «No tengo más remedio que recurrir a la aviación», se dijo entonces Gutiérrez.
      Y eso es lo que hizo, sacar a los cuarenta bombarderos que se estaban oxidando en los hangares. Ésas fueron las órdenes que dio a su lugarteniente primero, para que luego las transmitiese al lugarteniente segundo, y así sucesivamente. Los grandes aviones alzaron el vuelo, pasaron cuatro veces por encima de la ciudad y soltaron todas sus bombas.
      Al cabo de un par de horas, Gutiérrez abandonó el refugio, regresó a la terraza y se encontró con la ciudad ardiendo. Posiblemente en el bombardeo hubiesen muerto bastantes ciudadanos. Cuando se disipó el humo de los incendios constató que el paisaje era el mismo. La ciudad había perdido algunas casas pero se la podía reconocer fácilmente.
      «Algunas veces las cosas no salen a la medida de nuestros deseos», pensó entonces.
      Quiso presentar la dimisión, pero el Presidente, que estuvo a punto de morir en el bombardeo, no se la aceptó. Gutiérrez, por lo tanto, no tuvo más remedio que seguir representando su papel de Capitán General y continuar viendo el mundo con sus ojitos de sargento poco ilustrado y brutal.




Lea, además
BIOGRAFÍA DE JAVIER TOMEO

Saturday, April 18, 2009

Javier Tomeo / El asesino


EL ASESINO
Javier Tomeo 
    
    
Cuando terminó aquella película de miedo no se encendieron las luces de la sala. Todo continuó a oscuras. Sólo se veía la bombilla roja que señalaba la puerta de los servicios. Algunos espectadores se armaron de valor y no tuvieron problemas para encontrar la salida. Otros, pensando en el asesino de la película, tuvieron miedo y continuaron en sus asientos. Juan K., por ejemplo, fue de los que no se atrevieron a moverse. Cerró los ojos -uno, por cierto, era más grande que el otro-, se cruzó de brazos y trató de animarse pensando en su novia francesa, que era lo más contrario a la muerte entre todas las cosas que conocía.
      Media hora después, al abrir otra vez los ojos, advirtió que los demás espectadores le habían dejado solo y que el asesino estaba sentado a su lado.
      -Vamos a ver -le preguntó aquel canalla, mientras su mano derecha acariciaba la empuñadura del puñal-, dígame cuáles son los motivos que tiene usted para continuar vivo.
      -Tengo una novia francesa -le contestó Juan, procurando que no le temblase demasiado la voz.
      El asesino no esperaba una respuesta como aquélla y se quedó pensando. Luego le pidió que le explicase un poco cómo era la chica y Juan le dijo que era rubia y tenía los ojos azules.
      -Eso no es suficiente -masculló el asesino, sin apartar la mano del puñal-, dígame, por lo menos, cómo se llama.
      Juan le dijo que se llamaba Jacqueline y que, además de los ojos azules, tenía una vocecita de niña perdida en el bosque que le ponía cachondo.
      -Me parece que es usted bastante guarro -le dijo entonces el asesino.
      Y levantó el puñal con las peores intenciones. Juan pidió auxilio y se acercaron corriendo los acomodadores, que hasta aquel momento habían estado en el vestíbulo jugando a los chinos. Se abalanzaron sobre el asesino y le redujeron en un abrir y cerrar de ojos.
      Lo malo fue que luego no supieron qué hacer con él, si llevarle a la comisaría, que estaba dos calles más arriba, o devolverle a la ficción de la que procedía.
      -Reconozco que no es fácil encontrar el camino que conduce desde la realidad hasta la fantasía -les dijo el Subdirector General de Política Hidráulica, personado en el lugar de los hechos.
      Pidieron consejo por teléfono al Director General y decidieron encerrar al psicópata asesino en un cuarto trastero y tenerle quince días a pan y agua.
      Una semana más tarde el asesino consiguió escapar y regresar por su cuenta y riesgo a la ficción. No pudo, de todas formas, recuperar su papel de asesino porque mientras estuvo fuera la película de terror se había convertido en una dulce historia de amor, protagonizada por otra Jacqueline de ojos azules y un Juan asimétrico que también tenía miedo de la oscuridad, pero que no podía oír la vocecita de su enamorada sin que se le revolucionasen todos los sentidos.

Javier Tomeo
Cuentos perversos
Anagrama, Barcelona, 2002



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BIOGRAFÍA DE JAVIER TOMEO