Monday, August 31, 2009

Nicolás Gómez Dávila / La filosofía como ácida provocación



De un conservadurismo tenaz, escéptico y creyente, Nicolás Gómez Dávila 
(Bogotá 1913-1994) deslumbra en Europa y aviva debates en su país, 
que rechaza la visión "pintoresca" del filósofo. 
En este ensayo, su editor, Franco Volpi, enhebra los aforismos 
que son su marca de estilo 
y su arma preferida en el duelo del pensar.

Casi un desconocido hasta la reedición de sus aforismos, 
ahora es leído y celebrado en Europa.

Nicolás Gómez Dávila

Nicolás Gómez Dávila
La filosofía como ácida provocación
Por Franco Volpi

Hay escritores que aparecen inesperados, sin anunciarse por nada ni nadie. Solitarios que se sobreponen a lo imprevisto, intempestivos e irregulares y, por esta razón, inconfundibles e inimitables. Por lo que escribe y por cómo escribe, el colombiano Nicolás Gómez Dávila pertenece por derecho a este grupo, y en el panorama literario y filosófico de la América latina contemporánea constituye un personaje más único que raro. Luego de la afortunada edición de Adelphi de una primera parte de sus Escolios a un texto implícito –publicada con el título italiano de In margine a un testo implicito (Adelphi 2001)– se convirtió en un caso literario y sus aforismos han sido traducidos por todos lados en el mundo. Al cumplirse una década de su muerte, en 2004, los diarios Frankfurter Allgemeine Zeitung y La Repubblica le dedicaron un amplio retrato para recordarlo (ambos textos con mi firma), y también en Colombia, donde hasta hace poco su nombre sólo circulaba en el marco restringido de los amigos y compañeros de tertulias, ha sido repentinamente recuperado. El 27 de julio de 2004, invitada por la hija Rosa Emilia y por el editor Benjamin Villegas, la aristocracia bogotana se dio cita en el Museo El Chicó para conmemorarlo, reflexionar sobre su obra y dar cuenta de su singular fortuna. Allí nació, entre otras cosas, la idea de volver a publicar íntegramente el corpus de sus aforismos, ya inconseguibles en las ediciones originales, y de reunirlo en un cofrecito que fue realizado al año siguiente (Obra Completa en cinco volúmenes, con un volumen mío de introducción: El solitario de Dios, Villegas Editores, 2005). En cuanto a la biografía de Nicolás Gómez Dávila, puede resumirse en tres palabras: "Leyó, escribió y murió". Nacido en Bogotá el 18 de mayo de 1913, a los seis años se trasladó con su familia a París, beneficiándose así de una formación humanística de primer orden, aprendiendo las lenguas antiguas y modernas y adquiriendo familiaridad con los clásicos. Tras regresar a su patria a los 23 años, se retiró a una vida apartada, dedicándose a la escritura y a la lectura, o mejor, a la que era para él la única cura contra el tedio de la existencia: la biblioterapia. En una gran sala de su casa de estilo Tudor, en el barrio Nogal de Bogotá, se ubicaba la imponente biblioteca con la literatura y el pensamiento de la vieja Europa. Allí, Colacho –así lo llamaban sus amigos– se entretenía hasta lo más profundo de la noche, leyendo, meditando y anotando en lápiz sobre cuadernos verdes sus propios escolios, pensando en un libro ideal, "implicito", que sólo se sentía capaz de imaginar. Murió en Bogotá el 17 de mayo de 1994. Jardín sin entradas En sus aforismos, toma forma un universo de pensamiento que se presenta como un recinto cerrado, un jardín sin entradas, en el cual no hay tránsito racional ni inferencia lógica que sirva para ingresar. La única manera para hacerlo es subirse a su ideario siguiendo el hilo de la empatía, compartir intuiciones y visiones, simpatías e idiosincracias, preferencias y anatemas. El único apoyo heurístico es provisto por el mismo Gómez Dávila, involuntariamente, en un volumen editado por iniciativa de su hermano Ignacio, él también escritor, con el simple título de Notas (primer volumen, Mèxico 1954, el segundo nunca se escribió). Se trata de un laboratorio de apuntes, observaciones, máximas, recuerdos y juicios, reelaborados más tarde en los Escolios. Desde el punto de vista del autor, un simple ejercicio preparatorio olvidable; para nosotros un atisbo precioso para espiar el atelier del escritor, observar desde el nacimiento sus movimientos y sus resquicios creativos, entender su espíritu, reconocer y ver madurar su inconfundible estilo construido alrededor de fulminantes efectos lingüísticos y mentales. En suma, es la clave –especulativa, poética y a ratos personal y biográfica– para ensimismarse en la perspectiva gomezdaviliana y entender su visión del mundo y su original teoría del aforismo. Palabras que nacen del silencio Acerca de la vocación exclusiva de Gómez Dávila por este género de escritura breve y elíptica poco agregaré a lo que ya he escrito en el ensayo que acompaña a los Escolios. Concisión y condición paradójica del aforismo son ventajas que se vuelven útiles al escritor colombiano, convencido como está de que las complicaciones del pensamiento pueden hallar espacio en la simplicidad de una frase, y que "la totalidad del universo existe tanto en el universo entero como en cada uno de sus aparentes fragmentos". (Notas, 310). Al adoptar este estilo –que una larga tradición, desde Hipócrates a Nietzsche, ha plasmado y reducido hasta convertirlo en "la expresión verbal más discreta y más vecina al silencio" (Notas, 17)– Gómez Dávila elige algunos modelos que son los que mejor se le asimilan. Su secreta preferencia corresponde, probablemente, a Joseph Joubert. La sutil alusión, la escritura refinada, la religiosidad delicada del desconocido amigo de Chateaubriand resultan congeniar con él de tal modo que a veces su pluma parece mojada en la tinta del mismo tintero. Los une el genio de la brevedad, la maldita ambición de meter siempre un libro entero en una página, una página entera en una frase y esta frase en una palabra: quien escribe aforismos no quiere ser leido sino aprendido de memoria. Lo que distingue a Gómez Dávila son las tintas más fuertes, la sistemática búsqueda de la sentencia contundente, el entimema preferido a la máxima argumentada y al razonamiento completo. El quiere, en definitiva, el cortocircuito que electrice al pensamiento y empuje la imaginación al anudar las simples frases en un todo, como si fueran toques cromáticos de una pintura puntillista. La suya es una "filosofía pointilliste: se pide al lector que gentilmente haga la fusión de los tonos puros" (Notas, 332). Pero hay más. Para Gómez Dávila adoptar el estilo mínimo del aforismo significa darse una disciplina, adoptar una regla de vida, obedecer a una estética de la existencia. "Estas notas no aspiran a enseñar nada a nadie, sino a mantener mi vida en cierto estado de tensión" (Notas, 319). Practicada en forma mínima, con sobriedad, concisión, ascesis, borrando las ideas intermedias e inútiles, la escritura se convierte en una manera para afrontar la tarea desnuda de vivir: "Anhelo que estas notas, pruebas tangibles de mi desistimiento, de mi dimisión, salven del naufragio mi última razón de vivir" (Notas, 15). Por tanto: nulla dies sine linea, permanentes ejercicios de estilo cuya brevedad permita "que lo que deseamos escribir se halle concluido antes de que la conciencia de su mediocridad nos impida continuarlo" (Notas, 223). Incluso la aspiración-límite formulada con drástica coherencia en el siguiente auspicio: "Si es menester, que la lucidez del orgullo nos conduzca a la humildad y que el amor a las palabras nos entregue al silencio" (Notas, 14). Por lo demás, Gómez Dávila sabe cuán ridícula es la condición del escritor sin talento, semejante a la de un "eunuco enamorado" (Notas, 314). Por eso es preciso prestar atención para no burlar los límites de la propia fragilidad, ateniéndose al ethos del la humildad: "No veo en estos cuadernos el repositorio de raras revelaciones; me contento con arrancar a mi estéril inteligencia unas pocas centellas fugitivas" (Notas, 16). La esperanza es que, teniendo paciencia, surjan un día abundantes las palabras capaces de colmar la existencia insular del escritor: "Humildemente acepto que me circunde un ancho silencio; pero haced, Dios mío, que las palabras pueblen mi soledad y labren en ella sus ricas mieles" (Notas, 93). Del desprecio del mundo En la casualidad aparente de su caleidoscopio vertiginoso de aforismos se reconocen algunas configuraciones estables que revelan su visión del mundo: una fe perdurable en Dios, en su omniciencia y omnipotencia, y una desconfianza igualmente radical en el hombre, al cual considera un problema sin solución humana. Una adhesión tenaz a la antigua raíz del catolicismo, a su espíritu tradicionalista más severo, y un rechazo igualmente obstinado de los valores transitados de la modernidad: la razón, el progreso, la emancipación, la larga marcha de la humanidad hacia lo mejor. Una versión exacerbada del medieval contemptus mundi y un rechazo igualmente neto y no negociable de la esperanzada antropología humanística de la dignitas hominis. En fin, un tradicionalismo intransigente e intolerante en el que sólo el estilo rescata las ideas, y que culmina en una espeluznante constatación: "Este siglo se hunde lentamente en un pantano de espermo y de mierda. Cuando manipule los acontecimientos actuales, el historiador futuro deberá ponerse guantes" (Escolios I, 220). Si las cosas son realmente así, ya no es posible ser "conservadores" porque ya no hay nada que conservar sino sólo para demoler. Hay que ser simplemente reaccionario, lo que para Gómez Dávila quiere decir: inteligente. Surge aquí una singular tonalidad en su tradicionalismo. Entre las dos versiones doctrinales del cristianismo: la agustiniano-pascaliana de tendencia fideísta y espiritualista, y la aristotélico-tomista, de impronta racionalista y escolástica, Gómez Dávila elige la primera. No para descartar la razón y dar lugar exclusivamente a la fe, sino para valorar la verdadera inteligencia, la de comprender que en una materia altísima como ésta, demostrar y argumentar significan "perder un tiempo que podríamos consagrar a pensar" (Notas, 214). Y al final llega puntual su confesión: "Más que cristiano, quizá soy un pagano que cree en Cristo" (Escolios I, 316). La espina de la carne ¿Pero cómo se hace para ser inteligente? ¿Cómo se constringe la lucidez? Los prontuarios de inteligencia inevitablemente van a caer en "estupidarios". Puesto que no hay recetas, sólo vale una única recomendación: "Que ante todo espectáculo, enfrente a cualquier circunstancia, el espíritu se asome a sus propias ventanas, los ojos abiertos, dilatadas las narices" (Notas, 222). El hecho es que la inteligencia exasperada puede volverse estéril. Perderse en lo abstracto. Cerrarse y clausurarse. Contra este riesgo, bien en el medio de sentencias metafísicas, Gómez Dávila no duda de llamarse a la realidad densa y sensual de la carne. Para escándalo del mojigato proclama: "Un cuerpo desnudo resuelve todos los problemas del universo" (Escolios I, 127). Un brisa de frescura, que nos induce a desear y a insistirle con una pregunta: ¿quizás entonces el suyo es un contemptus mundi sólo aparente? ¿Un desprecio que, en realidad, se las agarra contra el mundo moderno? ¿O tal vez es el muelle al que se llegó con la madurez de los años, una vez que se dejaron de lado las que con irónica suficiencia define en un momento dado como "ideas de leche"? Escuchemos su explicación, probablemente autobiográfica: "Como los dientes de leche, existen las ideas de leche. ¿A qué edad comenzamos a cambiarlas?" (Notas, 221). La imagen granítica del catolicismo tradicionalista se hace trizas, y se abre así una perspectiva genealógica que explica sentencias por otra parte incompatibles. El joven Nicolás no es el mismo que el viejo. En el primero irrumpe, como contrapeso de la inteligencia, una incontenible sensualidad. La carne en su desear inextinguible. La vida como el más poderoso excitante. Ellas son las que mantienen vivo el fuego de la inteligencia: "Mejor no ser nunca nadie, mejor no ser nunca nada que matar en nosotros el deseo, que extinguir nuestra sed" (Notas, 23). Por lo tanto, podemos afirmar que "la inteligencia que olvida o desprecia los gestos voluptuosos desconoce la densidad que presta al mundo la oscura presencia de la carne" (Notas, 20). Pero vale también lo contrario: "No habremos aprendido a gozar sensualmente el mundo sino cuando el gesto que palpa se prolongue en arabesco de la inteligencia" (Notas, 175). Este es el principio de una metafísica de la sensualidad que percibe como espejismo el inalcanzable punto de equilibrio entre la carne y la inteligencia. Detrás de esta intuición, no hay sólo teoría. Está la vida vivida. Está el mismo Gómez Dávila. "Siento que mi existencia sólo tiene dos puntos de plenitud y de equilibrio... Mi ser se cumple sólo en la yerta cumbre de la idea o en el valle bajo y sofocante del erotismo. La meditación más abstracta sobre el espiritu, sus normas, sus principios, o la tibia selva de los gestos voluptuosos. Sólo me conmueve el lívido amanecer que me encuentra desesperado ante el problema insoluble o ante el cuerpo inviolable, que ni siquiera su complicidad traiciona" (Notas, 111). Se advierte aquí la inclinación al vértigo, al desequilibrio, a la caída. La sensualidad, fuerza irresistible que ejerce sobre todos los seres vivientes una atracción fatal, se convierte en el pretexto para una exaltación mágica, una ocasión para la trascendencia: "¡Ah! Perderse en una espesa selva tenebrosa y carnal. Aspiramos a una posesión demoníaca, per solamente hacemos el amor" (Notas, 33). Pero la sensualidad exasperada trae efectivamente consigo un probema teológico: «Es el refugio del hombre desposeído de Dios, el último recinto donde su desesperación se encara contra la divinidad que lo abandona » (Notas, 315). La obra blasfema del Divino Marqués pone en escena el problema en toda su crudeza: ¿qué queda del hombre, después de la muerte de Dios, si no la naturaleza terrorífica de sus pulsiones? "La obra de Sade es la única tentativa coherente de construir un universo rígidamente vacío de las tres Virtudes Teologales. El universo de Sade es el universo de la absoluta 'finitud'" (Notas, 314-15). Es la antropología negativa más coherente porque "cuando Dios muere, el hombre se animaliza" (Notas, 327). Por lo tanto, no nos hagamos ilusiones: "El hombre es un animal que imagina ser hombre" (Escolios I, 140). Un día cualquiera incluso tendrá que escribir una Crítica de la razón erótica. Ella deberá establecer las condiciones de posibilidad de una "metafísica sensual" capaz de salvar nuestra carne y nuestros cuerpos. Frente a la evidencia de que «todo nace y todo perece», se insinúa una hipótesis: "Quizás lo único que no sea vanidad es la perfección sensual del instante" (Notas, 236). Poner en suspenso el devenir destructivo del tiempo es una quimera que vale la pena soñar: "¡Que ese cuerpo que duerme abandonado junto al mío y esa dulce curva que nace de la nuca y fluye hasta el vientre no perezcan!" (Notas, 82). De la lucidez y de Dios Pero la vida, en su tendencia a perderse, en su mentirse a sí misma, nos arroja a la mediocridad con inexorable melancolía. O nos abandona, dejándonos suspendidos entre la inutilidad de las prescripciones y la estupidez de las prohibiciones, incapaces de decidir y actuar: ¿no tomamos decisiones porque creemos en la sabiduría de las decisiones que la vida toma por sí misma, o creemos en la sabiduría de la vida porque somos incapaces de tomar decisiones? La vida nos empuja entonces hacia una lúcida y desesperante desolación: "Días enteros pasados sin pensar en nada, sometidos a la tiranía y al capricho del momento. ¿En qué piensan los otros? Esta interrogación me parece un problema, hasta que recuerdo la oquedad en la que vago días enteros como en un largo y lento lago azul" (Notas, 228). Y sin embargo también del abismo de este lago emerge, impenetrable, el sentido de superioridad que garantiza la inteligencia: "Para crear alrededor mío la zona de silencio y tranquilidad necesaria a la vida que no quiere hallar sino en sí misma la causa de sus ocupaciones y de sus quehaceres, he encontrado útiles ante todo la buena educación y la mala fe" (Notas, 102). Dos virtudes indispensables en una sociedad en la cual quien propone una idea inteligente "se siente pronto tan incómodo como si hubiera introducido un elefante" (Notas, 343). Regla de vida imprescindible en este mundo, la sobriedad sigue en pie: ser indiferentes sin cinismos y apasionados sin entusiasmo. Y si es posible, dedicarse a la mejor ocupación: el pensamiento. Tan independiente, placentero y gratificante como para hacernos olvidar hasta la mediocridad de nuestros pensamientos. La esperanza es que la luz de la inteligencia no se extinga e ilumine el inerte cono de sombra que toda existencia arrastra tras de sí: "Quisiera obligarme a no dejar morir un solo día en la inconsistencia hebetada con que lo vivo. Quisiera que, en la noche, su esencia se concentrase en una gota pura de lucidez" (Notas, 342). Ese poco en qué creer En definitiva no queda más que atrincherarse en nuestra ciudadela interior, montando guardia en las entradas de la frágil singularidad de la que somos soberanos. Bien, pero si "el filósofo está hecho para vivir indiferente a todo" (Notas, 77), ¿qué respuesta podríamos dar alguna vez a las tres célebres preguntas de origen kantiano: qué pensar, qué hacer, en qué creer? En el río del tiempo que destruye, todo está destinado a terminar en la misma transitoriedad de la que proviene. Todo va a terminar en el fondo del mar del relativismo y de la precariedad, es decir, en la duda, y nosotros "pasamos nuestra vida golpeando, siempre, a la misma puerta cerrada" (Notas, 243). Sólo la historia, que todo lo abarca, parece capaz de una totalidad. Escepticismo existencial e historicismo ontológico son las inevitables conclusiones: "Mis santos patrones: Montaigne y Burckhardt" (Escolios I, 428). El maestro de la skepsis es también el de la historia. Y sin embargo, "la historia no resuelve ninguno de los problemas que plantea" (Notas, 89), puesto que "la verdad está en la historia, pero la historia no es la verdad" (Escolios I, 245). Para salir de la aporía, hace falta una sabiduría capaz de conciliar fugacidad y permanencia, relatividad y absoluto, inmanencia y trascendencia: una "sabidruía perfecta" que ame "las cosas pasajeras porque pasan y las cosas eternas porque duran" (Notas, 178), y sobre todo que no pretenda "enseñarle a Dios cómo se hacen las cosas" (Notas, 327). Solamente así la inmanencia encuentra un punto de fuga hacia la trascendencia, la temporalidad puede anclarse a un valor y alcanzar la certez de que, más allá de la finitud, se levante y perdure el Eterno. Por lo tanto, es preciso correr el riesgo de imprimir un sentido metafísico a las cosas, y vivir en el mundo como si no fuéramos de este mundo: "Aún sabiendo que todo perece, debemos construir en granito nuestras moradas de una noche" (Escolios II, 191). Esta es la perspectiva de la "metafísica sensual" en la cual todo ser coincide consigo mismo y con la propia singularidad, hallando aquí, y sólo aquí, el propio sentido. Colaboran con esta empresa el arte y la religión. "El mundo, sin la interpretación del arte, sería como las fotografías de la superficie de la luna" (Notas, 266). ¿Y la religión? ¿La verdadera religión? "Es monástica, ascética, autoritaria, jerárquica" (Escolios II, 94), incluso si "no es un conjunto de soluciones, sino un conjunto de problemas" (Notas, 288), e incluso si "ella no explica nada, sino complica todo" (Escolios I, 282). Nos regala, sin embargo, más allá de todo ente, la evidencia deslumbrante del Ser absoluto: "La única cosa de la cual nunca he dudado: la existencia de Dios" (Notas, 112). Bien, ¿pero cuáles son las verdaderas pruebas ontológicas que la demuestran? Una vez más, Gómez Dávila está a un atisbo de la herejía: "A través de la belleza de una frase, de una forma, de un volumen; a través de lo que una presencia humana impone con autoridad serena; a través de su nobleza, su orgullo, su esplendor, su sufrimiento, su dicha; a través de la pasión intelectual que anhela una ascensión áspera, abrupta; es, así, a través de una dialéctica carnal que Dios aparece a mi razón, de manera tan irrefutable como deslumbra mi fe" (Notas, 339). Hasta el ateísmo, pues, se convierte en una demostración de la existencia de Dios. Con admirable coherencia, Gómez Dávila se describe a sí mismo de este modo: "Sensual, escéptico y religioso, no sería quizá una mala definición de lo que soy" (Notas, 246). Una voz inconfundible y pura Es cierto que, en verdad, su obra parece brotar desde la nada. Inactual, incomparable, inclasificable. Una obra que proviene de una inteligencia que no piensa ni los pro ni los contras. Que no piensa dialécticamente, sino diversamente. Que sigue su camino impertérrita y sin indulgencias: "No debemos pensar para nuestro tiempo o contra nuestro tiempo, sino fuera de nuestro tiempo. Y que esto sea imposible, ¿qué importa? pues es ante todo una exigencia de principio y una regla del método" (Notas, 44). Ignorados hasta hace poco tiempo, los sorprendentes aforismos de Gómez Dávila mientras tanto están circulando y encontrando resonancia en todos lados. Lo que le interesaba no era tanto la fortuna que tuvieran, sino que su voz, que amaba esconderse entre pocas palabras, fuera conservada en la memoria de los hombres: "No es una obra lo que quisiera dejar. Las únicas que me interesan se hallan a infinita distancia de mis manos. Pero un pequeño volumen que, de cuando en cuando, alguien abra. Una tenue sombra que seduzca a unos pocos. ¡Si! Para que atraviese el tiempo, una voz inconfundible y pura" (Notas, 340). De cuando en cuando, en noches de insomnio, hemos abierto sus páginas. Hemos escuchado su voz inconfundible y pura. A continuación su solitaria meditación. Desde entonces, sus Escolios se han convertido en nuestro libro de cabecera.

http://josecalvino2002.blogspot.com/2009/04/volpigomez-davilaaceite-de.html
16 de abril de 2009





Sunday, August 30, 2009

Ray Bradbury / No han visto las estrellas

Egon Schiele, 1914
Ray Bradbury
NO HAN VISTO LAS ESTRELLAS
Traducción de Patricio Canto


No han visto las estrellas,
ni una, ni una siquiera
de todas las criaturas de este mundo
en todas las edades desde que las arenas tocaron
/por primera vez el viento
Ningún animal, ni uno siquiera
entre todos los animales se ha parado
en pradera, en llano o en colina
y ha conocido la emoción de ver esos fuegos;
nuestras almas admiran lo que ellos nunca, nunca
/conocieron.
Millones de años que giran las esferas
pero ni una sola vez en todos esos años
un león, un perro, un pájaro que hiende los aires
ha mirado eso. ¡Oh, Dios! ¡Las estrellas!
¡Ninguno ha mirado!
Como si el tiempo todo nunca hubiera sido,
ni Universo, ni Sol, ni Luna o simple luz de la mañana.
La tragedia de ellos fue muda y ciega. Aún lo es.
/¿Nuestra vista?
Sí, ¿la nuestra? Saber ahora lo que somos.
Pensar en esto y después elegir: y ahora… ¿qué?
Nacer en la áspera Tierra, habitar un escenario, que,
con todo lo que contiene, apenas visto queda
/borrado, obnubilado
como si todos estos milagros nunca hubieran sido.
¿Vastos remolinos de sonora luz, de fuego y hielo,
apenas vistos y ya perdidos?
¿Y nosotros, con nuestra carne frágil y los nuevos
/ojos de Dios
que se elevan y abarcan e indagan los cielos?
Contemplamos las estaciones sucediéndose en la
/marea lunar
y conocemos los años, recordando lo que ha
/muerto.
Oh, sí. Tal vez hubo pájaros que algunas noches
sintieron que Orión se levantaba y afinaron el vuelo
virando al sur,
porque hay mapas de estrellas grabados en sus
/dulces sueños de amor,
y así parece.
Sí, pero ¿ver?  ¿ver y conocer realmente?
Y, al conocer, querer tocar esos fuegos,
crecer hasta que la poderosa frente del alto hombre
/de Lamarck
domine los terremotos, golpee la Luna,
se extienda hasta Marte y los anillos de Saturno;
y mientras crece aspire a enseñar
a las demás criaturas
a volar con sus sueños y no con viejas alas.
Pensad en esto, pues. ¡Somos los primeros! Los
/únicos.
a quienes Dios ha honrado con sus soles que
/surgen.
Para nosotros los dones: Aldebarán, el Centauro,
/nuestro vecino Marte.
Despertaos, dice Dios. Mirad eso. Id por ellas.
Las estrellas. Oh, Dios, muchas gracias. ¡Las
/estrellas!

TraRay Bradbury/Aldo Sessa. 
FANTASMAS PARA SIEMPRE. 
Luis de Caralt Editor. S.A.




Thursday, August 27, 2009

Tánger y Paul Bowles

Llegada al puerto de Tánger
TÁNGER Y PAUL BOWLES

"Mientras el turista se apresura por lo general a regresar a su casa al cabo de algunos meses o semanas, el viajero, que no pertenece más a un lugar que al siguiente, se desplaza con lentitud durante años de un punto a otro de la tierra. [...] otra importante diferencia entre el turista y el viajero es que el primero acepta su propia civilización sin cuestionarla; no así el viajero, que la compara con las otras y rechaza los aspectos que no le gustan." Paul Bowles, El cielo protector.

La pareja Bowles
Los Bowles en el cine, de la mano de Bertolucci
Extraigo de Memorias de un nómada alguno de los aspectos de la vida del escritor Paul Bowles, del que quizás la película de Bertolucci "El cielo protector" (1991) ha hecho aún más famoso si cabe y ha relanzado su imágen de viajero y de prototipo de lo que sería el cambio de costumbres del siglo XX en las sociedades anglosajonas. Aunque norteamericano, tenía descendencia alemana por parte paterna. Bowles nunca se llevó bien con su padre y ello le llevó dejar su vida ordenada, superordenada más bien, por un transcurrir primero por Europa y finalmente en Marruecos, especialmente en la ciudad de Tánger. En París conoce la generación de escritores de la época y le hace guiños a la poesía surrealista. Luego el joven Bowles, bohemio empedernido, se dedica a investigar en la música. De hecho fue compositor para el cine. En esta época vive entre Nueva York, Berlín, México, Guatemala, Costa Rica o Colombia, aquí en este país conocería a Jane Auer, con la que en 1938 se casó, por lo cual desde entonces fue conocida como Jane Bowles, autora de teatro y novelista bisexual autora de la obra "Dos damas muy serias". Poca gente conoce una ópera escrita por él dedicada a García Lorca. Pero fue en 1947 cuando el matrimonio se instaló definitivamente en Tánger, y aquí se desarrolla su mundo novelístico, el de su primera novela, "El cielo protector" (1949), con un componente bastante autobiográfico. En la ciudad de Tánger, el matrimonio tiene una vida algo diferente a lo que marcaba la época: Jane empezó una larga relación lésbica con una sirviente doméstica marroquí, a su vez Bowles se relacionó con la Gay Society de los cincuenta, como Luchino Visconti, Tennessee Williams, Truman Capote (ver foto abajo) y con la Generación beat, como William Burroughs o Allen Ginsberg.


Los Bowles a la derecha, al centro un joven Truman Capote

El paisaje literario y de vida de Paul Bowles fue sin duda Tánger. Bowles amaba Tánger y era un verdadero cicerone de la intelectualidad que llegaba a la ciudad, además de introducirlos en algunas drogas marroquíes como el majoun, o el consumo habitual de hashish, según han contado en sus respectivas memorias. Bowles era y es, de hecho, un icono para la promoción del turismo en Tánger y en Marruecos, quizás poco aprovechado, quizás.
Cabo Espartel

¿Qué ver en Tánger? Bueno, sin llegar a la profundidad del viajero Bowles, para un turista accidental o limitado como nosotros, Tánger tiene cosas que ver y que sentir. Para empezar es barato ir, especialmente desde Andalucía. Hoy día hay que cuidarse en coger un ferry que te lleve a Tánger y no al moderno y lejano Tánger-Med. En Tánger hay buenos hoteles (tampoco para tirar cohetes) y nunca vayas a una pensión o algo parecido porque el nivel baja entonces mucho mucho. Otra cosa es pegarte el lujo de ir al Hotel El Minzah, recomendable si te rascas el bolsillo, claro. Dicho esto, saco de la página de Turismo de Tánger algunas descripciones de los lugares indispensables en la ciudad de Paul Bowles: La Medina de Tánger es una de las medinas más grandes de Marruecos, con sus típicas calles estrechas, casas típicas y tradicionales, preciosos patios, jardines, un mirador con bonitas vistas al mar… y muchos lugares de interés como por ejemplo: el Zoco Grande, la Mezquita de Sidi Bu Abid, la Mendubia, la Gran Mezquita de Tanger, el Borj el Marsa, el pintoresco y pionero Consulado de los Estados Unidos, el primero que se construyó por los norteamericanos en el extranjero, y por supuesto la Kasbah, ah, también interesante el Barrio de Marshan.

El Tánger literario no queda solo en el monopolio de Bowles y su mundo. Otros escritores norteamericanos han escrito de y sobre ella, como William Burroughs. También Tánger es escenario de "La vida perra" de Juanita Narboni, de Ángel Vázquez. "El año que viene en Tánger, novela de Ramón Buenaventura. La reciente "El Tiempo Entre Costuras" de María Dueñas. O best seller como "El Alquimista" de Paulo Coelho.  En Wikipedia hay una relación completa de novelas en Tánger. 

Los mercados de Tánger es donde se respira la verdadera ciudad norteña de Marruecos: sus colores y olores



http://piniella2.blogspot.com/2011/01/paisajes-literarios-7-tanger-y-paul.html




Wednesday, August 26, 2009

Paul Bowles / El fraile de Tánger



El fraile de Tánger


A mediados de los noventa, tuve la fortuna de conocer a Paul Bowles. Una productora de televisión concibió un programa de viajes y cultura; el piloto se rodó en Tánger y me correspondió entrevistar a Bowles. El autor de El cielo protector aguantó una hora bajo los focos, sentado en un sillón incómodo, respondiendo en castellano a preguntas tópicas sobre Tánger y los beats, la colonia bohemia, las visitas de los Rolling Stones y demás obviedades.
Se me quedaron grabados dos comentarios fuera de cámara. El primero, un aviso sobre el mayún, “fue lo que acabó con mi mujer”. Estaba en lo cierto: ese dulce de hachís es “una bomba atómica para los sentidos”. Lo segundo parecía una broma: “Lo que sé sobre la música marroquí lo aprendí con el libro de un cura español”. Hasta que leí Historia de Tánger (Almuzara, 2009). El cronista, Leopoldo Ceballos, conecta a Bowles con el padre Patrocinio García Barriuso: “Resulta curioso constatar que dos hombres tan distintos —uno representaba al Tánger más liberal y promiscuo, mientras otro pertenecía al sector más conservador de la ciudad— coincidieran en su interés por la música del país y desarrollaran estudios de gran relevancia sobre el tema”.
García Barriuso (1909-1997) investigó en el Protectorado, con libros y abundantes artículos en la revista de los franciscanos, Mauritania. Le interesaba el derecho matrimonial, la libertad de cultos y, como obsesión personal, la música marroquí, desde la refinada a la popular. Lo que le sitúa en la cadena de circunstancias que provocaron la visita de Brian Jones a Joujouka. O Yahyuca, como prefiere transcribirlo García Barriuso.
El viaje de Brian forma parte del folclor de la contracultura. Se cuenta minuciosamente en Rolling Stones: los viejos dioses nunca mueren, de Stephen Davis (Ma Non Troppo, 2001). En julio de 1968, el rey destronado de los Stones se plantó en Yahyuca, con su novia Suki y un ingeniero con micrófonos y un magnetófono Uher. De cicerone, Brion Gysim, amigo de Paul Bowles y gran pícaro del underground.
El objetivo era grabar los ritos paganos de aquel pueblo del Rif. Dos días alucinados que generaron unas cintas que, manipuladas en Londres, se publicaron, cuando Brian ya había fallecido, como Brian Jones presents the pipes of pan at Jajouka. Y colocaron en órbita a los músicos de Yahyuca. Eran, en la feliz ocurrencia de William S. Burroughs, “una banda de rock 'n' roll con 4.000 años de edad”.
A partir del disco, Timothy Leary, Ornette Coleman y otros muchos hicieron la peregrinación hasta Yahyuca. Los ya conocidos como Master Musicians of Jajouka grabaron con Bill Laswell o con los Stones al completo, en el memorable Continental drift, del álbum Steel wheels. Jagger y compañía convocaron a los rifeños en el Palacio Ben Abou de Tánger, visitando también a Paul Bowles.
Y retorno al padre García Barriuso. En 2001, se hizo una reedición facsímil de su La música hispano-musulmana en Marruecos. Gracias al Instituto Cervantes, localizo una copia: un tomo inmenso, con abundantes ejemplos musicales, fotos y dibujos. Apabullante erudición.
Efectivamente, allí se habla de los gaiteros (y tamborileros) de Yahyuca. El padre Prudencio destacaba las similitudes entre algunos aires que tocan y las muñeiras gallegas. Advierte que ni siquiera en Yahyuca estaban inmunes a los terremotos políticos: “¡hasta tocan, mejor dicho, maltratan el Cara al sol!”.
Conviene apuntar que La música hispano-musulmana en Marruecos fue editado, en 1941, por el Instituto General Franco. La eterna paradoja del colonialismo: los militares africanistas despreciaban a los nativos pero terminaron admirando algunos aspectos de su cultura. El Instituto, con edificio propio en Tetuán, formaba parte de la ofensiva diplomática del régimen franquista; ignorado por las democracias beligerantes, buscaba ganarse amigos en el mundo árabe. De paso, también se intimidaba a los españoles: hasta 1956, Franco se presentaba en público con los feroces guerreros de la Guardia Mora.



Sunday, August 23, 2009

Lautaro Ortiz / El día que Borges leyó a Néstor Sánchez

Jorge Luis Borges


EL DÍA QUE BORGES
LEYÓ A NÉSTOR SÁNCHEZ
Por Lautaro Ortiz


Néstor Sánchez
Una imagen del único encuentro entre Jorge Luis Borges y Néstor Sánchez en el año 1969, revelaría el instante en que se cruzaron por primera y única vez en una sala de la Biblioteca Nacional dos estilos, dos formas decididamente opuestas de vivir, leer y escribir literatura. De un lado, el cuentista universal, el gran conversador, el canon supremo de la letras argentinas y, por el otro, el anti-canon, el beat mayor de la literatura nacional, el que lo tuvo todo y lo abandonó para convertirse en el más secreto –y menos comprendido- de los escritores de nuestro país. Pero no hubo fotografías de aquel cruce, sólo una entrevista publicada en la ignota revista Artiempo. En 1969, Borges ya era considerado la figura clave de las letras de América Latina y firme candidato para el Nobel. Su obra más importante había sido publicada y su figura crecía en los pasillos de la Biblioteca Nacional.


   Borges “no era un hombre ocupado” y por eso recibió sin objeciones al joven Sánchez que ya tenía en su haber un libro de relatos (“Escuchando a tu hijo”) y dos novelas publicadas (“Nosotros dos” y “Siberia Blues”), que Julio Cortázar había celebrado.

   Pero el autor de “El Aleph” no había leído a Sánchez (nacido en Villa Pueyrredón en febrero de 1935) y, por lo tanto, no sabía que ese joven que lo interrogaba -de espaldas anchas y porte de boxeador- llevaba adelante una experiencia narrativa de vanguardia, iniciando un camino solitario, opuesto al discurso del “intelectual comprometido” tan vigente en la época. 

   En aquel año, Sánchez pasaba por su mejor momento: era entrevistado con frecuencia y convocado a escribir en los principales medios de la época. Sus notas periodísticas –suerte de manifiestos- como "El lenguaje jazzístico” (Primera Plana, 1967), "Anti-novela. Apuntes en favor de un género algo inexistente" y "¿Una poética del cambio?" (ambas aparecidas en el Diario El Mundo, 1966) evidenciaban el propósito de su búsqueda: una escritura volcada al ritmo del Jazz, una prosa poemática y el hilo delgado de la historia sujeto a través de resonancias. Una mirada profunda hacia la médula de la escritura y una exploración critica en torno a los límites de la novela tradicional: “
ese pariente pobre de la literatura”, esa bolsa donde –según Sanchéz- suele meterse sin pudor alguno la Filosofía, la especulación ensayística, la problemática social. Lejos de toda vocación de literato, Sánchez demostraba en cada página que la novela podía ser otra cosa: poesía de largo aliento, materia de vida convertida en lenguaje. 


   A diferencia de Borges, no hubo nunca espacio para la ficción en la obra de Sánchez (“Siempre escribí en relación conmigo mismo, en relación con un estado de sinceridad irremediable (…) nunca en mis libros inventé una historia. Todo ha sido en base a mi vida presente o pasada”). Esa visión, que el propio novelista defendió con los puños en alto, lo ubicó rápidamente en un lugar incómodo, difícil, incluso ante el renombrado boom literario de entonces. La polémica ya había caído sobre él. Juan Carlos Onetti ironizó en 1968 apelando al disco de Newton: “Cada página es de otro color, cuando las ponés a girar, lo que ves es puro blanco”, pero Emir Rodríguez Monegal y Julio Cortázar salieron a defenderlo. Explicará el autor de “Rayuela”: “Sánchez es un novelista muy criticado y muy combatido por el carácter experimental, muy audaz, de su obra, pero que a mí me parece un escritor sumamente útil en nuestro medio. Es un hombre que rechaza los moldes ordinarios de la literatura narrativa y busca escribir libros que, siendo novelas, tienen al mismo tiempo un aspecto formal, un aspecto idiomático, que está lleno de belleza porque va en contra de todos los lugares comunes de la adjetivación usual. Néstor Sánchez tiene una imaginación muy extraña y que trabaja a base de síntesis fulgurantes, lo cual dificulta mucho la lectura. Es un problema, yo lo sé, es muy difícil leer a Sánchez, pero yo siempre lo he querido y lo he estimado mucho...” 

   Si bien aquel “despertar” latinoamericano lo favoreció (gracias a ello su obra fue reeditada en España por Seix-Barral y traducida al francés por Gallimard), Sánchez siempre declaró sentir “asco” por la literatura dedicada al “buen negocio de la facilidad y los lugares comunes”. 
  
  En la silenciosa sala de la Biblioteca Nacional, frente al maestro de movimientos “sonambúlicos”, se había sentado, entonces, un Sánchez maduro, un escritor que ya había logrado sintetizar sus más evidentes influencias: James Joyce, Julio Cortázar, el surrealismo y la Beat Generation. Pero Borges era ajeno a la épica sancheana. Nada sabía de aquel gurú de los barrios alejados de Florida, de su padre ferroviario, de su primera pasión por el tango (el Club Atlanta y el grupo de bailarines que había formado junto a Juan Carlos Copes en 1955), de su afición por el turf, el cine, o la decisiva influencia de sus amigos Edgar Bayley, Gianni Siccardi, Enrique Molina y Francisco Madariaga. 
    
   Mientras Borges estaba atento a los comentarios sobre el inminente estreno de la película de Hugo Santiago “Invasión” (escrita por él y su inseparable Bioy Casares), Sánchez se encontraba a punto de dar un golpe de timón y tirar por la borda aquel innecesario éxito: “Cuando corregía las pruebas de galera de Siberia Blues sentí que se había terminado un proceso de vida, yo necesitaba abrir fronteras y hacer contacto con otras fuentes culturales”. Lo aguardaban las praderas de Iowa en el middle-west norteamericano, el deslumbramiento por las enseñanzas de G.I. Gurdjieff, un fugaz contacto con la marihuana, una primera noticia sobre la existencia de Carlos Castaneda y una épica cada vez más compleja que lo llevó a abandonar progresivamente la escritura. Su intenso peregrinaje por Lima, Caracas, Roma, París, Barcelona, Nueva York (donde vivirá 8 años como clochard), culminará con su regreso a Buenos Aires en 1987. Una larga ausencia que le costó el olvido (un grupo de lectores le hizo un homenaje en Buenos Aires creyéndolo muerto) y el silencio editorial, a pesar de la publicación por Sudamericana, en 1988, de su último libro “La condición efímera”. Néstor Sánchez -en palabras de Martín Micharvegas- fue el escritor que “se partió la cara contra sí mismo y contra el mundo, para hacer de la escritura una herramienta movilizadora y de cambio”.


Claves para el diálogo
   
    Sánchez recordó hasta el final de sus días aquel encuentro con Borges, con quien creía compartir su pulso obsesivo por la muerte y una respuesta sobre el destino de los hombres (la muerte será una de las obsesiones mayores de Sánchez quien dijo:“Siempre estaba la muerte como lei motiv, me parecía mentira que la gente no se diera cuenta que se iba a morir, eso me pasó siempre, entonces en todos mis libros hay una advertencia: la vigencia de la muerte (...)”) Por eso, durante aquella conversación, el joven interroga al maestro: “A los treinta años, me parece, la idea de la muerte sólo admite una pregunta ¿Cuál es el sentido de la vida? ¿Qué sucede a los setenta?”. 

   A medida que Borges habla, esforzándose por ser “igual” al Borges que respondió otras “entrevistas idéntica a sí mismas”, Sánchez intenta quebrar el juego cíclico del autor de “Las ruinas circulares” y traslada el diálogo hacia otro terreno –que no es otro que el suyo- a pesar de algunas lógicas concesiones. Pero al reflejarse en el campo pulido del espejo borgeano, transgrede -en los hechos- las normas del género mayor del periodismo: el periodista se vuelve tan interesante como el entrevistado. 

   Sobre las cuerdas, Borges comienza a recibir una serie de preguntas incisivas, dirigidas al mentón, sobre la validez de su poesía, la construcción de sus mitos –como Macedonio Fernández-, la importancia de los escritores que integraban el grupo “Sur”, la aceptación incondicional de la lectura que la crítica hizo de su obra, hasta hacerle admitir finalmente que la metafísica ha sido en él una curiosidad “filológica”. 

   Sánchez creyó derribar al mito. Pero al final de la charla cuando “Borges se pone de pie y consulta el reloj”, el maestro muestra su mejor arma: la intuición. Dijo Sánchez a quien esto escribe: “Volvimos a mencionar a Oupensky, a Joyce y a Gurdiejff, y el viejo acercándose me preguntó: ´Dígame una cosa ¿Usted es teósofo?´... Y tenía razón”.


ENTREVISTA
BORGES IGUAL A BORGES
POR NÉSTOR SÄNCHEZ

En 1969 la publicación Artiempo presentaba la siguiente entrevista: “Con su viejo humor, y a través de parábolas anti periodísticas, el autor de ´Historia Universal de la Infamia, reinstala su previsible personalidad”.

La primera virtud de Jorge Luis Borges se experimenta casi al mismo tiempo de entrar al salón incalificable de la Biblioteca Nacional donde atiende a todos los que necesitan entrevistarlo, sin excepción alguna. Deja las manos sobre una mesa de tamaño casi tan irreal como el salón, y a partir de allí dispone de todo su tiempo: Borges no es un hombre ocupado.
Poco más tarde necesitará saber con qué tipo de periodismo se topará una vez más su prestigio de hombre de letras. Lo cierto es que Borges necesitará forzar su nueva entrevista hasta volcarla hacia los hábitos de una entrevista ejemplar, casi una entelequia, a la que parecería responder desde hace muchísimo tiempo. Y la sensación de tiempo detenido en el tiempo de hablar no es la segunda virtud de Borges, es a lo sumo el clima obligado de aquella entrevista idéntica a sí misma que él reinstala con un par de movimientos sonambúlicos de sus manos.

Sin embargo, a los pocos minutos entrará en juego otro viejo compañero suyo: el viejo humor. Y hasta parece justo que él lo sepa justo. Inicia entonces una especia de parábola antiperiodística (anti-entrevista periodística) basadas aparentemente, en su desconfianza física ante todo interlocutor desconocido: “Hace muchos años trabajé durante algunos meses en el Diario Crítica –recuerda casi sorprendido- fui el peor periodista del mundo. Fíjese, yo he conocido –eran los años veinte- mucha gente que debía muertes. Claro, en aquella época en que todavía funcionaba el cuchillo se hacían casi comunes los que debían dos muertes; se trataba de personas interesantes, cordiales; se podía estar horas con ellos y hasta cultivar su amistad sin que las muertes pesaran en ningún momento. Sin duda eran mejores que los periodistas”.

-¿Quién de los dos Borges contesta generalmente un reportaje?

-Yo trato por todos los medios que sea el primero, pero generalmente no puedo evitar que el segundo, el Borges literato, se entrometa. Es muy entrometido.

-¿Antes de identificarse con el ultraísmo, tuvo alguna oportunidad de ser influenciado por jóvenes como Guillaume Apollinaire y Blaise Cendras?

-En realidad, no. Creo que en mi obra (no hay otra manera de llamar a lo que he escrito) no hay influencias. En todo caso hay desmedro de todo aquello que me ha tocado de cerca, que ha significado algo para el escritor en mí.

-¿Cree que esa falta de contemporaneidad real de su juventud se vincula al hecho de que sus poemas aparezcan como de menos interés en relación con sus cuentos y prosas de cámara?

-Pienso que mis poemas y prosas no difieren esencialmente. El verso libre es un asunto tipográfico. Todo lo que escribo son atributos o adjetivos míos, yo diría diversas facetas de un mismo fenómeno.

-Usted fue incluido en el desopilante libro de Powells pero alguna vez se refirió, entre otros a Pedro Ouspensky. ¿Cree deberle mucho al auténtico esoterismo occidental, desde Pitágoras a Gurdjieff?

-Yo también, como mucha gente interesada en el tema, tenía idea de que Powells no era otra cosa que un charlatán; pero cuando lo conocí en Europa me di cuenta de que era como yo, un agnóstico. El no estaba seguro respecto de la cuarta dimensión, de la trasmigración, de la transmisión del pensamiento; todas esas posibilidades más allá del positivismo. Almorzando con él lo encontré muy simpático y afín a mis dudas, me habló de su “espíritu borgeano” y nos hicimos amigos. Por otra parte puedo decirle que nunca pase, en estos temas, de una actitud de curiosidad intelectual. Mi madre católica a la manera Argentina, sin mayor fervor; mi abuela protestante; y mi padre discípulo de Spencer, un libre pensador. El clima familiar en que me formé no pasó de una discordia amistosa. Mi literatura no es fantástica para asombrar al lector, todo eso corresponde a estados del alma que he tenido. Es una literatura fantástica pero no irreal. Incluso hay un poema mío en un puente de Constitución que bien podría relacionarse con una búsqueda mística. Yo creo que se trató de un estado poético, nada más.

-¿Entonces su pasión por la metafísica no fue nunca más allá de una actitud filológica?

-Nunca. A lo sumo nunca de un modo trágico como lo ha elegido Unamuno, por poner un ejemplo.

-¿Siente haber exagerado la figura de Macedonio Fernández?

-No, creo que es el hombre más inolvidable que he conocido a lo largo de mi vida; eso lo sentimos todos sus contertulios. Le voy a hacer nombres de muertos y vivos: Santiago Davobe, Enrique Fernández Latour y Manuel Peyrou. Claro, la grandeza de Macedonio estaba en el diálogo más que en lo escrito por él. Fíjese que a pesar de ser un conversador brillante era lacónico y tímido. Si bien no desaconsejo la lectura de sus libros tampoco puedo negar que se trata de un hombre que nunca se entregó enteramente a ellos. Era un hombre de genio, pero su instrumento fue el diálogo, como en el caso de Sócrates (y para poner un ejemplo que no sea polémico). Macedonio fue amigo de Lugones, Ingenieros, J.B. Justo, Molina y Vedia, de Jorge Borges, mi padre. Sin embargo, después de muerto empezaron a aparecer (y todavía siguen apareciendo) todo tipo de gente que asegura haber frecuentado su amistad; y esto no favorece su recuerdo. Pero siempre pasa lo mismo con hombres notables una vez que están muertos.

-¿En algún momento de su vida necesitó alcanzar un aliento más riesgoso que el cuento? ¿Lo intentó?

-Nunca. Bastante trabajo me da hasta el final de mis cuentos. En la actualidad pienso en algo que va a ser menos una novela que un cuento largo y que se va llamar El Congreso. Por supuesto que este título no tiene nada que ver con una alusión de tipo político.

-¿Cuál es el cuento suyo que más quiere?

-¿Puedo vacilar? Bueno, hay un cuento que se llama La intrusa, y otro El sur

-¿Y el que menos quiere?

-Sin duda El hombre de la esquina rosada; yo no lo escribí como cuento realista y, sin embargo, todos se empeñan en leerlo como tal. Un desafío no se hace de esa manera, un compadre auténtico no habla de esa forma. La película es mejor que el cuento. En realidad, si publicar un libro es una gran emoción, ver un film hecho con un argumento propio la supera con creces. Es como si se carnalizaran un grupo de fantasmas que brotaron de uno.

-¿Algún escritor argentino, alguna vez, llegó a decir algo inteligente sobre usted y su obra?

-Casi todos, argentinos y extranjeros, que han hablado en alguna oportunidad sobre mi obra resultaron más inteligentes que yo: o si prefiere más imaginativos.

-Por momentos ¿se ha sentido tan solo como su obra entre la gente de la revista Sur?

-No, nunca, ¿por qué solo? La señora Victoria Ocampo me hizo el honor de invitarme a colaborar en su revista. La revista Sur ha sido generosa conmigo, nunca me fue rechazado ningún original. No me sentí nunca solo; la señora Victoria ha sido muy buena conmigo. A ella se debió la idea de que yo fuera postulado como director de la Biblioteca Nacional, a ella junto con Esther Zamborain de Torres. Cuando me lo propusieron les contesté que jamás me iban a dar un cargo semejante, me quedaba grande. Por mi parte les propuse la biblioteca de Lomas de Zamora, era un sitio que siempre me ha gustado. Sin embargo, el mismo general Lonardi, en persona, justo un 17 de octubre de 1955, me entregó el nombramiento.

-Usted ha tenido, casi siempre, conciencia de nuestro provincianismo cultural y ha deslizado algunas bromas al respecto. Eso de que “el genio de Joyce era puramente verbal lástima que lo gastó en la novela”, incluido en su breviario de literatura inglesa ¿se relaciona con la misma actitud?

-No es broma. Creo que la novela no requiere un estilo tan trabajado como el suyo, un estilo que ofrece tantas dificultades de lectura. Cervantes y Tolstoi fueron grandes novelistas y no necesitaron recurrir a tanta complejidad formal.

-¿Quién ha sido el autor de influencias más perdurable en su formación de escritor?

-En primer término debo reconocer que todos los libros leídos y todas las personas con que cambié alguna palabra han influido decisivamente en mí. Pero comprendo que la pregunta exige una definición casi categórica. Entonces tengo que nombrar a Chesterton, a pesar de que no profeso sus opiniones religiosas. Y esto no significa que para mí Chesterton sea superior a Bernard Shaw, pero en alguna medida me siento indigno de Shaw. Uno no puede elegir a sus maestros. A Chesterton lo considero más imitable.

-Sin embargo, uno de sus libros claves, ‘Historia universal de la infamia’ rezuma la influencia de Marcel Schwob.

-A pesar de que la idea general de "Vidas imaginarias" de Schwob, me pareció estupenda desde el primer momento, cuando encaré su lectura atenta me sentí, si se quiere, defraudado; otro tanto le pasó a Bioy Casares, él tampoco podía llegar al final. Sin embargo, a pesar de que me costara tanto trabajo su lectura, la idea general del libro empezó a interesarme vivamente. Pensé que se podía hacer algo mejor con esa idea. Sin duda el ambiente general del libro de Schwob fue lo que motivó Historia universal de la infamia’.

-A los treinta años, me parece, la idea de la muerte sólo admite una pregunta ¿Cuál es el sentido de la vida? ¿Qué sucede a los setenta?

-Hace bastante tiempo estoy tentado en escribir un poema sobre eso. Podría hablarle, a grandes rasgos, de la serenidad que trae la vejez, de esa apacible resignación que incluye la tristeza, pero de una manera muy diferente. A los treinta años, eso sí, cultivaba desdicha, necesitaba ser cada día más desdichado, más profundamente desdichado. Aquello ya no cuenta para mí.

Después Borges, repentinamente jubiloso, hablará de Invasión, un film próximo a estrenarse en Buenos Aires, y cuyo argumento escribiera “sobre esa misma mesa” en colaboración con Bioy Casares. En Invasión, entre otras cosas, se canta su Milonga del condenado a muerte con música del legendario Aníbal Troilo: “fíjese que dos días después que la compuse, Hugo Santiago, el realizador del film, me dijo que a la milonga le ponía música Troilo; y yo le pregunté ¿a qué milonga?, pasa que me había olvidado, las milongas son temas populares y la métrica el octasílabo, y a mí me salen tan fácil que una vez compuestas casi inmediatamente las olvido”.

Este año, aparte de traducir Walt Whitman en colaboración con su esposa y de entregar un libro de poemas a la imprenta, tiene en preparación otro argumento cinematográfico: “Los otros”, de corte puramente fantástico. La acción se va a central en una librería de la calle Corrientes cerca de Rodríguez Peña. Borges se pone de pie y consulta el reloj: el mundo, desgraciadamente, es real; él, desgraciadamente es Borges.


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