Friday, January 15, 2010

Clint Eastwood / Desmontando a Harry





La crucifixión de Clint Eastwood

Por Gregorio Belinchón
Madrid, 15 de enero de 2010

Llega a España la implacable biografía de Patrick McGilligan sobre el cineasta - El libro alaba al autor, pero critica ferozmente su personalidad


A Patrick McGilligan se le presupone una piel gruesa, bastante temple. También, grandes dosis de paciencia, olfato de sabueso investigador y mano con la gente. McGilligan es el escritor de algunas de las más soberbias biografías de cineastas: George Cukor, Alfred Hitchcock, Fritz Lang, Robert Altman, una curiosa, la de Oscar Micheaux, el primer director afroamericano... Pero ¿qué ocurre cuando el objeto en cuestión está vivo? "Cuando escribí el libro sobre Jack Nicholson", recuerda el autor a través de un correo electrónico, "él no colaboró, pero no coartó a nadie para que no atendiera mis llamadas o mis cartas. Con Clint Eastwood fue diferente".
Y tanto. Clint Eastwood es uno de los grandes del cine mundial, el actor más taquillero en los años setenta y parte de los ochenta, con 31 películas a sus espaldas como director -y ya está en la 32ª, el thrillersobrenatural Hereafter-. A sus 79 años, el hombre sin nombre de la trilogía de Sergio Leone (Por un puñado de dólares, La muerte tenía un precio y El bueno, el feo y el malo) es un tipo respetado como pocos, una leyenda del cine y un tipo omnipotente en Hollywood. "Empezó como casi todos mis libros, por un encargo. Eso sí, deben de ser artistas grandes o bastante fascinantes, porque les dedico cuatro años. En el caso de Clint yo ya le había entrevistado y conocía toda su extraordinaria carrera. Intuía que había una historia compleja más allá de la versión publicitaria, pero incluso a mí me sorprendió todo lo que encontré".

Conforme elabora su leyenda, deja una gigantesca lista de damnificados

El actor demandó al biógrafo por 6,8 millones de euros al sentirse difamado
El resultado es Clint Eastwood. La biografía (Editorial Lumen), que apareció por primera vez en 1999, 800 páginas que McGilligan ha actualizado hasta el pasado otoño. En España se edita el 22 de enero, siete días antes de que se estrene Invictus, el biopicsobre Nelson Mandela que ya es el penúltimo filme como director de Eastwood.
Arrasador, incisivo, documentado, repleto de declaraciones, el libro avanza por la vida del cineasta como un machete en la selva o, como le gustaría más a él, como el detective Harry Callahan un día de revueltas en San Francisco: con contundencia. Clint Eastwood demandó a McGilligan en 2002 por 10 millones de dólares (unos 6,8 millones de euros) y llegaron a un acuerdo extrajudicial. "Legalmente no se me permite detallarlo. Es un ejemplo más de la costumbre habitual de Eastwood a la hora de resolver sus jaleos legales, con lo que mantiene una imagen muy férrea: todos los documentos y papeles judiciales siempre quedan a salvo del escrutinio público. Pero sí puedo decir que no pagué ni un centavo, que quedó claro que no me había equivocado, y sólo tuve que cambiar algunos párrafos en futuras ediciones, como la española".
La chicha: tras rastrear a sus antepasados desde que llegaron a EE UU -el primer Eastwood nace en ese país en 1746-, el biógrafo arranca la apasionante vida de un bebé, Clinton junior, que el día de su nacimiento, el 31 de mayo de 1930, en San Francisco, pesa más de seis kilos. Al contrario que la anterior biografía del cineasta, la única autorizada, escrita por Richard Schickel, un baboso monumento a la adulación, McGilligan va describiendo las andanzas reales de Clint, y no lo que él ha edulcorado posteriormente. Ni era tan rebelde, solitario o introvertido, ni tan diestro musicalmente, ni con talento interpretativo, ni en contacto constante con la naturaleza -su misma madre, la mujer de la que heredó el amor por el jazz, niega que Clint pasara muchas temporadas en el rancho de la abuela, como afirma la mitología oficial-. Tampoco logró los títulos académicos que asegura, aunque sí fue monitor de socorrismo, como Ronald Reagan, Gary Cooper o John Wayne en sus inicios, y se libró de ir a Corea al ser profesor de natación en el cuartel. El libro avanza a través de su salto -sorprendente- a Holly-wood gracias a su porte, 1,92 metros de estatura y todo músculo fibroso, y a su gancho con las mujeres.
Porque, según el libro, las mujeres y la tacañería marcan la vida profesional y artística de Clint Eastwood. Padre de siete hijos de cinco mujeres (se ha casado dos veces), el cineasta sólo ha sido fiel a su actual esposa. Por las páginas desfilan centenares de mujeres... y amigos, a los que el creador usa, exprime y menosprecia. A unas y a otros les olvida igual: un día deja de llamarles y como si nunca hubieran existido.
Implacable, la biografía muestra cómo racanea hasta un aparato de teléfono a su ex, la actriz Sondra Locke, a la que remata en los tribunales. Tacaño, cada año exige un pavo congelado a Warner para regalárselo a su madre en el Día de Acción de Gracias. Avaro, se queda con un coche de todas sus películas y jamás ha pagado en un restaurante. Machista, en su carrera ha mantenido la tradición de que sus novias encarnen a prostitutas en sus películas.
La lista de damnificados es mayúscula, mientras Eastwood construye poco a poco su leyenda: de la serie Rawhide a los spaghetti westerns de Sergio Leone, y su posterior asentamiento en Hollywood. "Me sorprendió", recuerda McGilligan, "que mucha gente quisiera hablar conmigo. Nadie le había entrevistado en los miles de artículos sobre Eastwood. Alguien que le había dirigido en cine y televisión me dijo: 'Hablaré contigo si prometes no escribir un libro lameculos'. ¡Y yo pensaba que era un íntimo suyo!". Eso sí, hay mucha fuente anónima y miedo. Hasta un profesor de su colegio llamó a la productora de Eastwood, Malpaso, a pedir permiso. No hubo charla.
Recordar su vida es pasear por la peor cara de Hollywood: guionistas menospreciados -labor que nunca le ha interesado a Eastwood, que filma siempre el primer borrador que le llega y a veces no habla con su guionista hasta el estreno-, publicistas mentirosos, abogados destrozavidas... "Eastwood ha batallado duro por controlar su imagen. Es falso eso de que no da entrevistas: hay centenares, pero poquísimas veces con un periodista escéptico. Es un supervendedor de sí mismo, de su imagen y de su cine. Se ha convertido en una personificación de EE UU, y no siempre de sus mejores cualidades".
Nunca ha logrado el Oscar como actor, aunque sí como productor (Sin perdón y Million dollar baby) y director (también por ambas). "Como actor es limitado y ha buscado trabajar con directores que no le han llevado al límite. Como realizador, es extremadamente competente y tiene visión. Pero nunca ha escrito nada y rueda con lo que le cae en las manos, jamás revisa un libreto. No guía a los actores, le suele valer la primera toma y todo lo rodado suele estar en pantalla. No me parece que ésos sean los mimbres de un genio del cine. Me interesa más comoactor-auteur que como director, pero en esa faceta crece día a día", dice su biógrafo. Eastwood debe de estar esperándole a la salida.

Sombras de un genio

- Tacaño. "Cada año exige un pavo congelado a Warner para regalárselo a su madre en el día de Acción de Gracias".
- Avaro. "Se queda con un coche de todas sus películas y jamás ha pagado en un restaurante".
- Machista. "En su carrera se ha mantenido la tradición de que sus novias encarnan a prostitutas en el cine".
- Despreciativo. "No tiene en cuenta a los guionistas. Filma el primer borrador que le llega y a veces no habla con su guionista hasta el estreno. Usa a los amigos, a los que un día deja de llamar como si nunca hubieran existido".




Clint Eastwood: desmontando a Harry

De la mano de Invictus y a lomos de una cobertura mediática pocas veces vista, telediarios incluidos, ha desembarcado por fin en nuestras librerías la famosa biografía de Patrick McGilligan sobre Eastwood. Aparecida en 1999 en Inglaterra, su publicación en los Estados Unidos en 2002 motivó una demanda ante los tribunales por valor de diez millones de dólares por intentar destruir la reputación de la estrella. El tema se zanjó con un acuerdo extrajudicial que obligó al crítico a eliminar o modificar algunos párrafos. Menos megatones, la misma mala leche. El resultado es una biografía no autorizada tolerada, pero no para menores.
McGilligan, prestigioso crítico y autor de afamadas biografías (Hitchcok, Lang y Altman, entre otros); de la notable serie Backstory, que recorre la historia de los guionistas (cuatro tomos de momento), y al que hemos podido ver en Hollywood contra Franco de Oriol Porta, afirma que Eastwood “me cayó bastante bien, pero aún tenía reservas” cuando le entrevistó en 1979. Yo que Mcgilligan no intentaría volver a hacerlo, considerando que hablamos de un tipo que suelta un “Aprieta el gatillo, hijo de puta, y te mataré antes de tocar el suelo” cuando un pandillero latino le planta una pistola en la cara, o que al conocer a James Dean y ver que no se levantaba del sofá mientras saludaba le agarra la mano, lo pone en pie de un tirón y le dice: “Maldita sea, tío, levántate cuando hables conmigo”. Procedamos a echar un vistazo provistos, eso sí, del guante de fray Guillermo de Baskerville, pues el libro rezuma veneno.
Para McGilligan, Eastwood es un tirano misógino, manipulador, egocéntrico y violento, al que no le gusta ensayar y no escribe sus guiones (vamos, que lo único que diferencia a Eastwood de los grandes maestros clásicos es un parche en un ojo), que se limita a copiar a sus directores (básicamente, Leone y Siegel), a los que da la espalda una vez los ha asimilado y les ha robado a su equipo técnico. A McGilligan le gusta Leone (“Clint está en deuda con Leone, el primer gran realizador -y sin duda el único- con el que el actor trabajó”), aunque tampoco le ahorra pullas: “Sergio Leone no se lavaba mucho. Era un maníaco del ahorro. Tenía un apetito monstruoso que le convirtió en un oso gordo y malhumorado con el tiempo. Trataba a la gente fatal y su psique poseía una fealdad que se reflejaba en sus películas”. Clint, en cambio, es un director chapucero, vago y de primeras tomas (“aceleraba las escenas si era necesario para terminar antes de tiempo”). Debe su éxito a la suerte, la publicidad, la floja competencia y, cómo no, a los franceses. Al menos, “sabía dónde poner la cámara”.
Como actor es limitado, indolente y perezoso: “Tomó la costumbre de evitar a los directores con ideas claras que pudieran imponerle sus métodos y obligarle a trabajar como actor”, y cantando “pone cara de estreñido”.
“Si alguna vez se quisiera convocar a una reunión a toda la gente a la que Clint ha jodido, habría que celebrarla en el Coliseo de Los Ángeles”. Son palabras de Fritz Manes, amigo de Clint durante cuarenta años, productor de algunas de sus películas y principal delator del libro. Y es que, para McGilligan, Clint “ha dejado a su paso muchas amistades rotas y enemigos implacables”. Según el crítico y sus numerosas fuentes, casi todas anónimas, da lo mismo que se trate de mujeres, compañeros o amigos; cuando dejan de obedecerle los abandona, sin dar la cara eso sí, pues también es un cobarde.
Su tacañería también es legendaria. Según una amiga: “Hace veintitrés años que conozco a Clint y puedo decirle que no le he visto pagar ni una sola vez”. Exige que la Warner le mande cada año el pavo que el estudio regala a sus ejecutivos. Una vez hubo un contratiempo en el envío “y los ejecutivos de Warner, conscientes de la angustia de Clint, reservaron un asiento en un avión comercial para el ave congelada”. Clint no era más espléndido en el plató: “Las tomas opcionales y la repetición de tomas se consideraban un derroche”.
Pero el reguero de resentidos es un arroyuelo comparado con el Amazonas de ligues que anega las más de ochocientas páginas del libro. Una perla cultivada: Clint, al que le gusta que sus chicas le llamen “papi”, tenía una cita. “‘Tendrías que conocer a mi hija, un bombón’. Al final, Clint cambió a la madre por la hija, no sólo con el permiso de la primera, sino con su bendición”. “Lo dejaremos en dieciocho”, respondió interpelado por un amigo sobre la edad de la chica. Cuando éste le preguntó de qué hablaban, Clint dijo: “No hablamos, vemos dibujos animados”.




Sunday, January 10, 2010

Juan Carlos Onetti / La araucaria

Juan Carlos Onetti
LA ARAUCARIA

El padre Larsen bajó de la mula cuando esta se negó a trepar por la calle empinada del villorrio. Vestía una sotana que había sido negra y ahora se inclinaba decidida a un verde botella, hijo de los años y de la indiferencia. Continuó a pie, deteniéndose cada media cuadra para respirar con la boca entreabierta y diciéndose que debía dejar de fumar. Con la pequeña maleta negra que contenía lo necesario para salvar las almas que estaban a punto de apartarse del cuerpo y huir del sufrimiento y la inmediata podredumbre. No lo precedía un monaguillo con una campanilla, nadie agitaba una vinagrera, nadie rezaba, salvo él durante cada descanso.
La pequeña casa pintada de un sucio blanco estaba emparedada por otras dos, casi iguales y las tres se abrían al camino de tierra dura por puertas hostiles y estrechas.
Le abrió un hombre de años indiscernibles, con alpargatas y bombachones blancos. Se persignó y dijo:
–Por aquí, padre.
Larsen sintió la frescura de la pieza encalada y casi olvidó el sol agresivo de las calles mal hechas.
Ahora estaba en una habitación pobre de muebles en una cama matrimonial una mujer se retorcía y variaba del llanto a la risa desafiante. Después llegaron palabras, frases incomprensibles que atravesaban el silencio, la momentánea quietud del sol, buscando llegar a las sombras que se habían aproximado.
Un silencio, un mal olor persistente, y de pronto la mujer agonizante trató de levantar la cabeza; lloraba y reía. Se aquietó y dijo:
–Quiero saber si usted es cura.
Larsen paseo las manos por la sotana, para mostrarla, para saber él mismo que seguía enfundado en ella. Mostró al aire –porque ella tenía muy abiertos los ojos y sólo miraba la pared blanca opuesta a su muerte– mostró estampas de bruscos colores desleídos, medallas pequeñas de plomo, achatadas por los años, serenas algunas, trágicas otras con desnudos corazones asomando exagerados en pechos abiertos.
Y de pronto la mujer gritó el principio de la confesión salvadora. El padre Larsen la recuerda así:
–Con mi hermano desde mis trece años, él era mayor, jodíamos toda la tarde de primavera y verano al lado de la acequia debajo de la araucaria y sólo Dios sabe quién empezó o si nos vino la inspiración en conjunto. Y jodíamos y jodíamos porque, aunque tenga cara de santo, termina y vuelve y no se cansa nunca y dígame qué más quería yo.
El hermano se apartó de la pared, dijo no con la cabeza y adelantó una mano hacia la boca de su hermana, pero el cura lo detuvo y susurró:
–Déjala mentir, deja que se alivie. Dios escucha y juzga.
Aquellas palabras habían agregado muy poco a su colección. Tenía ya varios incestos, inevitables en el poblacho despojado de hombres que se llevó la guerra o la miseria; pero tal vez ninguno tan tenaz y reiterado, casi matrimonial. Quería saber más y murmuró convincente: “es la vida, el mundo, la carne, hija mía”.
Ahora ella volvía a dilatar los ojos perdiéndose en la pausa protectora de la pared encalada. Volvió a reír y a llorar sin lágrimas como si llanto y risa fueran sonidos de palabras y graves confidencias. Larsen supo que no estaba moribunda ni se burlaba. Estaba loca y el hermano, si era el hermano, vigilaba su locura con una rígida cara de madera.
Equivocándose, ordenó padrenuestros y avemarías y, como en el pasado, vaciló con el viejo asco mientras se inclinaba para bendecir la cabeza de pelo húmedo y entreverado; no pudo ni quiso besarle la frente.
Oyó mientras salía guiado por el impasible hermano:
–Cuando otra vez me vaya a morir, lo llamo y le cuento lo del caballo y la sillita de ordeñar. Él me ayudó, pero nada.
En la calle, bajo la blancura empecinada del sol, la mula restregaba el hocico en las piedras buscando, en vano, mordiscar.
Al regreso, de retorno al corral, la bestia trotó dócil y apresurada mientras el padre Larsen, sin abrir el quitasol rojo, hacía balance de lo obtenido y aguardaba, esperanzado, a que llegara la segunda agonía de la mujer.
El padre Larsen buscó sin encontrar ninguna araucaria.



Saturday, January 9, 2010

Juan Carlos Onetti / Ella

Evita
Juan Carlos Onetti
ELLA

Cuando Ella murió después de largas semanas de agonía y morfina, de esperanzas, anuncios tristes desmentidos con violencia, el barrio norte cerró sus puertas y ventanas, impuso silencio a su alegría festejada con champán. El más inteligente de ellos aventuró: “Qué quieren que les diga. Para mí, y no suelo equivocarme, esto es como el principio del fin”.
Tantas cosas, pobres millonarios, les había hecho tragar Ella. Y lo triste era que Ella había sido infinitamente más hermosa que las gordas señoras, sus esposas, todavía con olor a bosta como dijo un argentino. Ahora también podían tragarse las sonrisas cordiales con que habían acogido las órdenes y las humillaciones. Porque todos sentían, sin más pruebas que discursos vociferados en la Plaza Mayor, que Ella era, en increíble realidad, más peligrosa que las oscilaciones políticas, económicas y turbias, de Él, el mandatario mandante, el que a todos nos mandaba.
Cuando al fin Ella murió, rematando esperanzas y deseos, estábamos a fin de julio; en una fecha abundante en crueldades, en frío, viento, aguacero. De los cielos negros de nubes y noche, caía una lluvia lenta, implacable, en agujas que amenazaban ser eternas. Se desinteresaban de abrigos y pieles humanas para empapar sin dilaciones huesos y tuétanos.
La humedad aumentaba el mal olor de las gastadas ropas de luto improvisado: casi inmóviles, sin palabras porque su desdicha tenía un sólo culpable y éste no podía ser nombrado aunque dueño del frío, de la lluvia, el viento y la desgracia.
Según la pequeña historia, tantas veces más próxima a la verdad que las escrita y publicadas con H mayúscula, cinco médicos rodeaban la cama de la moribunda. Y los cinco estaban de acuerdo en que la ciencia tiene sus límites.
Y en la planta baja, impaciente, paseándose, atendiendo las preguntas telefónicas que le hacían los periodistas amigos o dadivosos, había otro hombre, tal vez también médico, aunque esto no tenga la menor importancia.
Era un catalán, embalsamador de profesión conocida y llamado por Él desde hacia un mes para evitar que el cuerpo de la enferma siguiera el destino de toda carne.
Y había una lucha silenciosa pero tenaz entre los cinco de arriba y el solitario de abajo. Porque si éste sólo creía con distracción en la Virgen de Montserrat, los de encima, estaban divididos entre la de Luján, la de La Rioja, la de las Siete Llagas, entre la de San Telmo y la del Socorro. Pero coincidían en lo fundamental, en la Santa Iglesia Apostólica Romana. Y creían en los eructos dominicales de los curas.
Para cumplir lo contratado con Él, el embalsamador catalán tenía que aplicar una primera inyección al cadáver media hora antes de ser decretado tal. Los pertinaces creyentes del piso superior se oponían a toda intención de embalsamar, pese a que el contratado catalán había repartido generoso pruebas indiscutibles de su talento. Recuerdo la foto, en un folleto, de un niño muerto a los doce años, plácidamente colocado en un sillón y luciendo un traje marinero impecable. Lo exhibían cada vez que la momia hubiera tenido que cumplir años ––él se burlaba, el tiempo no existía, sus mejillas seguían rosadas y sus ojos de vidrio brillaban con malicia–– cuando inexorablemente, cumplía una fecha de muerto. Dos veces al año ocupaba el puesto de honor y los parientes que le iban quedando ––el tiempo existía–– lo rodeaban tomando té con pasteles y alguna copita de anís.
Se oponían a la primera e imprescindible inyección. Porque la Santa Fe que los aunaba repartía almas para que escucharan eternamente música de ángeles que jamás cambiarían de pentagrama ––o tal vez sus cabecitas equívocas las hubieran grabado–– o para disfrutar suplicios nunca concebidos por un policía terrestre.
De modo que, cuando aquellos litros de morfina dejaron de respirar, se miraron asintiendo y consultaron relojes. Eran las veinte en punto. Alguno encendió un cigarrillo, otros rindieron sus fatigas a los sillones.
Ahora esperaban que la pudrición creciera, que alguna mosca verde, a pesar de la estación, bajara para descansar en los labios abiertos. Porque la Santa Iglesia les ordenaba respirar cadaverina, hediondez casi enseguida, y adivinar la fatigosa tarea de siete generaciones de gusanos. Todo esto adecuado a los gustos de Dios que respetaban y temían. Los minutos pasan pronto cuando un diplomado vela por su fe.
Emilio, el más obediente a las manifestaciones indudables de la Divinidad, dijo:
–Che, aumentá la calefacción.
Más tarde, resolvieron bajar para dar la noticia, triste y esperada.
Él estaba cenando y asintió con la cabeza. Luego agradeció los servicios prestados y rogó que le fueran enviados los honorarios. Después señaló con un dedo a uno cualquiera de los uniformados y le ordenó ordenar a las radios, primicia para la suya, que difundieran la noticia.
Y quedó así, rehecha, corregida, discutida: “El Ministerio de Información y Propaganda cumple con el doloroso deber de anunciar que a las veinte y veinticinco Ella pasó a la inmortalidad”.
El médico catalán subió los escalones de dos en dos, molestado por su pequeña maleta. Preparó, la inyección y estuvo consternado palpando la frialdad del cuerpo.
Las puertas no se abrían y la multitud comenzó a porfiar y moverse. Los policías dejaron de ofrecer vasitos de café enfriado y de inmediato aparecieron vendedores de chorizos, de pasteles, de refrescos entibiados, de maníes, de frutas secas, de chocolatines. Poco ganaron porque el primer contingente comenzó a llegar a las nueve de la noche y provenía de barriadas desconocidas por los habitantes de la Gran Aldea, de villas miseria, de ranchos de lata, de cajones de automóviles, de cuevas, de la tierra misma, ya barro. Ensuciaron la ciudad silenciosos y sin inhibiciones, encendían velas en cuanta concavidad ofrecieran las paredes de la avenida, en los mármoles de ascenso a portales clausurados. A algunas llamas las respetaban las lluvias y el viento; a otras no. Allí fijaban estampas o recortes de revistas y periódicos que reproducían infieles la belleza extraordinaria de la difunta, ahora perdida para siempre.
A las diez de la mañana les permitieron avanzar unos metros cada media hora, y pudieron atravesar la puerta del Ministerio, en grupos de cinco, empujados y golpeados, los golpes preferidos por los milicos eran los rodillazos buscando lo ovarios, santo remedio para la histeria.
A mediodía corrió la voz de cuadra en cuadra, metros y metros de cola de lento avanzar: “Tiene la frente verde. Cierran para pintarla”.
Y fue el rumor más aceptado porque, aunque mentiroso, encajaba a la perfección para los miles y miles de necrófilos murmurantes y enlutados. 




Friday, January 8, 2010

Juan Carlos Onetti / El impostor

El sembrador, 1881
Vincent van Gogh
Juan Carlos Onetti
EL IMPOSTOR

Estaba cansada de esperar pero el hombre llegó puntual y lo vi sonreírme con timidez el primer nombre. Me dijo que era Él y repitió en voz baja, como si lo dibujara o moldeara, el montón de circunstancias que nos habían separado. Yo deseaba creerle, pero él no era Él. Gemelos, hermanos mellizos me obligué a pensar. Pero Jesús nunca había tenido hermanos, este Jesús mío.
Me besó cariñoso y sin presión y el brazo en la espalda me hizo creer por un momento. Inicié un tanteo:
—¿Cómo te fue en Londres?
—Bien; por lo menos me parece. Con esas cosas nunca se puede estar seguro — me miró sonriendo.
—Más importante — dije — es saber si te acuerdas de la fiesta de despedida. Del epílogo, quiero decir.
Me miró burlón y dijo:
—¿Es una pregunta? Bien sabes, y lo volverás a saber esta noche, que no podía olvidar. Recuerdo tus palabras sucias y maravillosas. Puedo repetirlas, pero...
—Por dios, no, — casi grité y la cara se me encendió.
—No soy tan bruto. Era un juego, una amenaza cariñosa.
Frente a las dos botellas sonrió, burlándose. Una era de vino rojo, la otra de blanco.
—A esta hora, y como siempre, un vaso de blanco.
Él prefería así, Él hubiera dicho las mismas palabras.
Bebimos y después caminamos, recorriendo la casa. Este él andaba lento, casi sin mirar a los costados y se detuvo en la puerta del dormitorio.
Miraba la cama, sonreía, me puso un brazo sobre los hombros, me pellizcó la nuca y, como siempre, me puse caliente y húmeda.
Entre sábanas, viéndolo desnudo, sintiendo lo que sentía supe que él no era Él, no era Jesús. En la cama ningún hombre puede engañar a una mujer. Pero después del jadeo y el cigarrillo, dijo:
—Bueno. Vamos a mirar el van gogh. Sigo creyendo que es falso, que hiciste una mala compra para la galería.
Lo mismo, iguales palabras, me había dicho Jesús antes de viajar a Londres. Y sólo Él y yo estábamos enterados de la compra clandestina del van gogh.



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Thursday, January 7, 2010

Juan Carlos Onetti / El gato



Juan Carlos Onetti
EL GATO

Muchas cosas desagradables se pueden decir o imaginar de John. Pero nunca le sospeché una mentira; tenía demasiado desprecio por la gente para inventarse cualquier fábula que le fuera favorable.
De modo que cuando me contó alegre y bebiendo dry martinis la historia –para mí, sobretodo– de uno de sus casamientos fallidos, no tuve duda. Era, o fue, como mirar y oír una película sin posibilidad de recomienzo ni temor sobre su capacidad de ser creída. Tampoco quedaba agujero para una sonrisa.
Yo llegaba, una semana antes, de París y quería actualizar, confirmar y desechar los rumores que me habían llegado sobre amigos, más o menos comunes, durante mi ausencia.
John era un inglés conversador y sabía burlarse de todo con despego, a veces lástima, nunca maldad.
Bebimos y hubo un largo silencio: John parecía meditar indeciso con el ceño fruncido.
Dejó su vaso sobre la mesa y me dijo, conservando su actitud de piernas cruzadas y de resuelto perfil:
–Era francesa y tú la conoces. Tal vez lo sepas porque estabamos practicamente casados. Sólo nos faltaba el sacerdote, el juez y la llegada de unos muebles viejos y caros de los que no quería desprenderse. Bisabuelos y abuelos y padres, casi toda la historia de Francia. A mí sólo me importaba ella, Marie. Ya puedes buscar entre todas las Maries que recuerdes. Estaba loco y a veces pensé que era una locura sexual. Verla, bastaba; oler un pañuelo olvidado, bastaba; entrar al baño después de que ya había salido. Nos veíamos todas las semanas, aquí o en París. Dos o tres días seguidos. Ibamos y volvíamos. Y mi deseo aumentaba cada vez y yo me entregaba a él, escarbaba en él; quería más y más. Y cada más era era como un escalón que me impulsaba a pisar otro. Siempre en descenso porque yo sabía que estaba perdiendo salud y cerebro.
Sin dejar de ofrecerme un hombro, hizo una seña a Jeeves y vinieron dos vasos: dry martini para él y un gin tonic para mí. Encendió la pipa (él sabía que fumar apresuraría mi muerte) y estuvo un rato pensando, casi sonriendo con labios que no endulzaba la alegría. Como ocurre siempre en esta clase de cuentos me mantuve en silencio, esperando; fui recompensado, Johny dijo sin mirarme:
–Al gato lo bauticé Edgar. Y no porque fuera un gato negro con símbolos de horror, blancos, en su pecho.
–Una noche en que Marie, como estaba planeado, llegó al aeropuerto. La recibí, tomamos cocteles con la alegría de siempre, brindamos por la felicidad matrimonial. Esto no hace reír pero es cómico. Fuimos a cenar y luego a mi departamento. No te dije, porque no lo sé y tal vez no me importe, que la portera y semipatrona estaba encaprichada conmigo o, simplemente, me odiaba sin pausa. Algo de eso.
Entramos y encendí la luz. Ella no había estado nunca allí. Miró alrededor con una sonrisa que era de aprobación antes de haber nacido. Y vio, vimos, en medio de la gran cama, con su colcha blanca de señorita, un gato negro, grande, gordo. Un gato que yo veía por primera vez y que parecía acostumbrado a ronronear allí. Con las patas dobladas bajo el pecho nos miró con ojos curiosos y volvió a cerrarlos. Hasta hoy no sé cómo pudo haber entrado. Sospecho, apenas. Me adelante para acariciarle el lomo y la garganta y entonces ella explotó. Que echara el gato inmundo, que iba a llenar la cama de pulgas. A gritos y pateando el suelo. Yo encendí un cigarrillo y abrí la puerta. Le dije que me había hecho feliz encontrar por sorpresa que alguien nos daba la bienvenida. Ella me trató de estúpido y golpeó las manos hasta que el gato corrió hacia la puerta y la sombra del pasillo. Bueno, vamos a tomar otro vaso porque ya vasta como prólogo. Lo que ocurrió es simple y para mí muy trabajoso de explicar. En aquel momento resolví que yo nunca podría casarme con aquella mujer; que era imposible vivir con ella, ser feliz con ella. No se lo dije entonces y el resto de la noche, hasta el cansancio de la madrugada pasaron como lo presentíamos y lo deseabamos.
Bebió de un trago, encendió nuevamente la pipa y sonrió alegre y desafiante. Ahora se volvió para mirarme los ojos y dijo:
–Lo que explica para cualquier tipo inteligente porque desde entonces solo he tenido aventuras y me he propuesto que duren poco.

Wednesday, January 6, 2010

Juan Carlos Onetti / El cerdito



Juan Carlos Onetti
EL CERDITO

La señora estaba siempre vestida de negro y arrastraba sonriente el reumatismo del dormitorio a la sala. Otras habitaciones no había; pero sí una ventana que daba a un pequeño jardín pardusco. Miró el reloj que le colgaba del pecho y pensó que faltaba más de una hora para que llegaran los niños. No eran suyos. A veces dos, a veces tres que llegaban desde las casas en ruinas, más allá de la placita, atravesando el puente de madera sobre la zanja seca ahora, enfurecida de agua en los temporales de invierno.
    Aunque los niños empezaran a ir a la escuela, siempre lograban escapar de sus casas o de las aulas a la hora de pereza y calma de la siesta. Todos, los dos o tres; eran sucios, hambrientos y físicamente muy distintos. Pero la anciana siempre lograba reconocer en ellos algún rasgo del nieto perdido; a veces a Juan le correspondían los ojos o la franqueza de ojos y sonrisa; otras, ella los descubría en Emilio o Guido. Pero no transcurría ninguna tarde sin haber reproducido algún gesto, algún ademán del nieto.
    Pasó sin prisa a la cocina para preparar los tres tazones de café con leche y los panqueques que envolvían el dulce de membrillo.
   Aquella tarde los chicos no hicieron sonar la campanilla de la verja sino que golpearon con los nudillos el cristal de la puerta de entrada. La anciana demoró en oírlos pero los golpes continuaron insistentes y sin aumentar su fuerza. Por fin, porque había pasado a la sala para acomodar la mesa, la anciana percibió el ruido y divisó las tres siluetas que habían trepado los escalones.
   Sentados alrededor de la mesa, con los carrillos hinchados por la dulzura de la golosina, los niños repitieron las habituales tonterías, se acusaron entre ellos de fracasos y traiciones. La anciana no los comprendía pero los miraba comer con una sonrisa inmóvil; pero aquella tarde, después de observar mucho para no equivocarse, decidió que Emilio le estaba recordando al nieto mucho más que los otros dos. Sobre todo con el movimiento de las manos.
   Mientras lavaba la loza en la cocina oyó el coro de risas, las apagadas voces del secreteo y luego el silencio. Alguno caminó furtivo y ella no pudo oír el ruido sordo del hierro en la cabeza. Ya no oyó nada más, bamboleó el cuerpo y luego quedó quieta en el suelo de la cocina.
   Revolvieron en todos los muebles del dormitorio, buscaron debajo del colchón. Se repartieron billetes y monedas y Juan le propuso a Emilio:
    -Dale otro golpe. Por las dudas.
   Caminaron despacio bajo el sol y al llegar al tablón de la zanja cada uno regresó separado, al barrio miserable. Cada uno a su choza y Guido, cuando estuvo en la suya, vacía como siempre en la tarde, levantó ropas, chatarra, desperdicios del cajón que tenía junto al catre y extrajo la alcancía blanca y manchada para guardar su dinero; una alcancía de yeso en forma de cerdito con una ranura en el lomo.


Juan Carlos Onetti
Cuentos completos
Madrid, Alfaguara, 1995, págs. 429-430 



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Tuesday, January 5, 2010

Juan Carlos Onetti / Bichicome


Juan Carlos Onetti
BICHICOME

Ella tendría cinco o seis años cuando empecé a enterarme verdaderamente de su existencia. Hasta entonces era la primera hija de los Torres, una criatura tan bella que parecía hecha con manos de artista, pero no de la manera acostumbrada: Una enanita cargosa que estaba aprendiendo a hablar y oía conversaciones sin entender, ya con una mirada fija en los rostros parlantes de los mayores.
Claro, mis visitas nocturnas a los Torres con bebidas sin más límite que los rechazos de hígado o estómagos siempre o casi siempre reducidas a temas literarios, conversados casi sin discusiones con la admirable inteligencia de Rodrigo y su infalible intuición poética y algún escritor que transcurría con su pareja, se repitieron durante algunos años. Alicia tejía las horas, infatigable, con colores variados de las lanas.
Muy pronto llegó la media docena de años para la niña y se produjo y reprodujo en los principios de la madrugada un cambio de ambiente sutil y memorable. Se llamaba Beatriz, le decían Bichi, yo la llamaba ─tal vez todavía─ Bichicome. Mal vestido peinador de playas, resignado con la pobre, diaria cosecha.
Se produjo un cambio. Alicia interrumpía muy de vez en cuando su labor para pronunciar, cabeza inclinada, alguna frase corta y venenosa que encajaba con suavidad y destreza en la charla y que muchas veces era para mí. La sonrisa era de pura diversión; nunca acompañaba la pequeña maldad de las palabras.
Como te decía, hubo la imposición de un rito. Fue como si una noche, de pronto, hubiera dejado de mojar la cama y todos la miramos con sorpresa, seguros de que solo para ella habían pasado los años, dos o tres, e irrumpiera en nuestra conversación interminable, acaso la misma con que la habíamos aburrido cuando era una niña de paso balbuceante.
Así, una noche, cuando yo era el único contertulio que seguía hablando de libros y chismes, cuando había quedado solo con sus padres, ella, Bichicome, apareció envuelta en un salto de cama de la madre, adornado en los bordes con marabú teñido de violeta, que arrastró por la alfombra, fingió bostezar y desperezarse, caminó alrededor de la mesa bebiendo todos los restos de bebidas que habían sido olvidados en los vasos. Después se acercó con la boca fruncida y malhumorada, los ojos brillantes por la risa y se acomodó frente a nosotros, en el gran sofá ahora vacío y jugó con los adornos del salto de cama. El cabello muy largo y rubio. Sonrió a nosotros; a los ángeles, a los pequeños diablos, sus amigos. De vez en cuando una pregunta inútil, una curiosidad mentirosa pronunciada con voz de queja, que era innecesario responder.
Y así, una noche y otra y todas las noches de mis visitas. Era demasiado niña para que yo la mirara con ojos distintos a los del hombre que tiene una hija de casi igual cantidad de años y que vive en otra ciudad y fue enseñada a odiarme. Pero ningún sentimiento de nostalgia me impedía mirar a mi Bichicome y pensar melancólico que cuando ella tuviera quince años yo sería irremediablemente viejo.
Después, sin avisos visibles, como suelen llegar estas cosas, la Gracia descendió sobre Alicia y se hizo bautizar y confesó y llena de temor, como si la niña estuviera enferma, decidió bautizarla sin espera.
Bichicome tenía un tío millonario que vivía en un yate y navegaba entonces por aguas de Canadá. Católico como correspondía a un latino con fortuna, aceptó entusiasta la invitación para el padrinazgo y telegrafió la fecha en que, entre viento y motores, podría estar en Monte.
Pero ya por entonces el corazón de Bichi era mío, obsequiado sin que yo se lo pidiera. Era todo lo que podía darme; pero ya lo había hecho en silencio y nada se había enmendado. Y nadie pudo modificar su veto al padrino de oro. Ni sermones, ni razonamientos, ni tenaces insistencias. Yo sería el padrino o no habría bautizo. No pudo elegir peor.
Y así llegó la mañana en que atravesando la resaca entré a la iglesia o capilla, soporté el latín del cura, vi cómo le mojaba a Bichi la frente con óleos sagrados, le ponía sal en la lengua y pasaba con Rodrigo a la sacristía para colocar la manufactura de un ángel. Bichi disfrazada de novia imposible; solamente el Señor podía darle acomodo en su lecho.
Ya en la calle vi empañarse mis lentes; estaba mezclando a la hija ausente con mi única ahijada. Y recordé que ambas iban a crecer y perder para siempre el paraíso de la infancia.



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Monday, January 4, 2010

Juan Carlos Onetti / Jacob y el otro



Juan Carlos Onetti
JACOB Y EL OTRO

1. Cuenta el médico

Media ciudad debió haber estado anoche en el Cine Apolo, viendo la cosa y participando también del tumultuoso final. Yo estaba aburriéndome en la mesa de poker del club y sólo intervine cuando el portero me anunció el llamado urgente del hospital. El club no tiene más que una línea telefónica; pero cuando salí de la cabina todos conocían la noticia mucho mejor que yo. Volví a la mesa para cambiar las fichas y pagar las cajas perdidas.
Burmestein no se había movido; baboseó un poco más el habano y me dijo con su voz gorda y pareja:
—En su lugar, perdone, me quedaría para aprovechar la racha. Total, aquí mismo puede firmar el certificado de defunción.
—Todavía no, parece —contesté tratando de reír. Me miré las manos mientras manejaban fichas y billetes; estaban tranquilas, algo cansadas. Había dormido apenas un par de horas la noche anterior, pero esto era ya casi una costumbre; había bebido dos coñacs en esta noche y agua mineral en la comida.
La gente del hospital conocía de memoria mi coche y todas sus enfermedades. Así que me estaba esperando la ambulancia en la puerta del club. Me senté al lado del gallego y sólo le oí el saludo; estaba esperando en silencio, por respeto o por emoción, que yo empezara el diálogo. Me puse a fumar y no hablé hasta que doblamos la curva de Tabarez y la ambulancia entró en la noche de primavera del camino de cemento, blanca y ventosa, fría y tibia, con nubes desordenadas que rozaban el molino y los árboles altos. —Herminio —dije—, ¿cuál es el diagnóstico?
Vi la alegría que trataba de esconder el gallego, imaginé el suspiro con que celebraba el retorno a lo habitual, a los viejos ritos sagrados. Empezó a decir, con el más humilde y astuto de sus tonos; comprendí que el caso era serio o estaba perdido.
—Apenas si lo vi, doctor. Lo levanté del teatro en la ambulancia, lo llevé al hospital a noventa o cien porque el chico Fernández me apuraba y también era mi deber. Ayudé a bajarlo y en seguida me ordenaron que fuera por usted al club.
—Fernández, bueno. ¿Pero quién está de guardia?
—El doctor Rius, doctor.
—¿Por qué no opera Rius? —pregunté en voz alta.
—Bien —dijo Herminio y se tomó tiempo esquivando un bache lleno de agua brillante—. Debe haberse puesto a operar en seguida, digo. Pero si lo tiene a usted al lado...
—Usted cargó y descargó. Con eso le basta. ¿Cuál es el diagnóstico?
—Qué doctor... —sonrió el gallego con cariño. Empezábamos a ver las luces del hospital, la blancura de las paredes bajo la luna—. No se movía ni se quejaba, empezaba a inflarse como un globo, costillas en el pulmón, una tibia al aire, conmoción casi segura. Pero cayó de espaldas arriba de dos sillas y, perdóneme, el asunto debe estar en la vertebral. Si hay o no hay fractura.
—¿Se muere o no? Usted nunca se equivocó, Herminio.
Se había equivocado muchas veces pero siempre con excusas.
—Esta vez no hablo —cabeceó mientras frenaba.
Me cambié la ropa y empezaba a lavarme las manos cuando entró Rius.
—Si quiere trabajar —dijo—, lo tiene listo en dos minutos. No hice casi nada porque no hay nada que hacer. Morfina, en todo caso, para que él y nosotros nos quedemos tranquilos. Sólo tirando una monedita al aire se puede saber por dónde conviene empezar.
—¿Tanto?
—Politraumatizado, coma profundo, palidez, pulso filiforme, gran polipnea y cianosis. El hemitórax derecho no respira. Colapsado. Crepitación y angulación de la sexta costilla derecha. Macidez en la base pulmonar derecha con hipersonoridad en el ápex pulmonar. El coma se hace cada vez más profundo y se acentúa el síndrome de anemia aguda. Hay posibilidad de ruptura de arterias intercostales. ¿Alcanza? Yo lo dejaría en paz.
Entonces recurrí a mi gastada frase de mediocre heroicidad, a la leyenda que me rodea como la de una moneda o medalla circunscribe la efigie y que tal vez continúe próxima a mi nombre algunos años después de mi muerte. Pero aquella noche yo no tenía ya ni veinticinco ni treinta años; estaba viejo y cansado, y ante Rius, la frase tantas veces repetida, no era más que una broma familiar. La dije con la nostalgia de la fe perdida, mientras me ponía los guantes. La repetí escuchándome, como un niño que cumple con la fórmula mágica y absurda que le permite entrar o permanecer en el juego.
—A mí, los enfermos se me mueren en la mesa.
Rius se rió como siempre, me apretó un brazo y se fue. Pero casi en seguida, mientras yo trataba de averiguar cuál era el caño roto que goteaba en los lavatorios, se asomó para decirme:
—Hermano, falta algo en el cuadro. No le hablé de la mujer, no sé quién es, que estuvo pateando, o trató de patear al próximo cadáver en la sala del cine y que se acercó a la ambulancia para escupirlo cuando el gallego y Fernández lo cargaban. Estuvo rondando por aquí y la hice echar; pero juró que volvía mañana y que tiene derecho a ver al difunto, tal vez a escupirlo sin apuro.
Trabajé con Rius hasta las cinco de la mañana y pedí un litro de café para ayudarnos a esperar. A las siete apareció Fernández en la oficina con la cara de desconfianza que Dios le impone para enfrentar los grandes sucesos. La cara estrecha e infantil entorna entonces los ojos, se inclina un poco con la boca en guardia y dice: “Alguien me estafa, la vida no es más que una vasta conspiración para engañarme”.
Se acercó a la mesa y quedó allí de pie, blanco y torcido, sin hablarnos.
Rius dejó de improvisar sobre injertos, se abstuvo de mirarlo y manoteó el último sandwich del plato; después se limpió los labios con un papel y preguntó al tintero de hierro, con águila y dos depósitos secos:
—¿Ya?
Fernández respiró para oírse y puso una mano sobre la mesa; movimos las cabezas y le miramos el desconcierto y la sospecha, la delgadez y el cansancio. Idiotizado por el hambre y el sueño, el muchacho se irguió para seguir fiel a la manía de alterar el orden de las cosas, del mundo en que podemos entendernos.
—La mujer está en el corredor, en un banco, con un termo y un mate. Se olvidaron y pudo pasar. Dice que no le importa esperar, que tiene que verlo. A él.
—Sí, hermanito —dijo lentamente Rius; le reconocí en la voz la malignidad habitual de las noches de fatiga, la excitación que gradúa con destreza—. ¿Trajo flores, por lo menos? Se acaba el invierno y cada zanja de Santa María debe estar llena de yuyos. Me gustaría romperle la jeta y dentro de un momento le voy a pedir permiso al jefe para darme una vuelta por los corredores. Pero entretanto la yegua esa podría visitar al difunto y tirarle una florcita y después una escupida y después otra flor.
El jefe era yo; de modo que pregunté:
—¿Qué pasó?
Fernández se acarició velozmente la cara flaca, comprobó sin esfuerzo la existencia de todos los huesos que le había prometido Testut y se puso a mirarme como si yo fuera el responsable de todas las estafas y los engaños que saltaban para sorprenderlo con misteriosa regularidad. Sin odio, sin violencia, descartó a Rius, mantuvo sus ojos suspicaces en mi cara y recitó:
—Mejoría del pulso, respiración y cianosis. Recupera esporádicamente su lucidez.
Aquello era mucho mejor que lo que yo esperaba oír a las siete de la mañana. Pero no tenía base para la seguridad; así que me limité a dar las gracias moviendo la cabeza y elegí turno para mirar el águila bronceada del tintero.
—Hace un rato llegó Dimas —dijo Fernández—. Ya le pasé todo. ¿Puedo irme?
—Sí, claro —Rius se había echado contra el respaldo del sillón y empezaba a sonreír mirándome; tal vez nunca me vio tan viejo, acaso nunca me quiso tanto como aquella mañana de primavera, tal vez estaba averiguando quién era yo y por qué me quería.
—No, hermano —dijo cuando estuvimos solos—. Conmigo, cualquier farsa; pero no la farsa de la modestia, de la indiferencia, la inmundicia que se traduce sobriamente en “una vez más cumplí con mi deber”. Usted lo hizo, jefe. Si esa bestia no reventó todavía, no revienta más. Si en el club le aconsejaron limitarse a un certificado de defunción —es lo que yo hubiera hecho, con mucha morfina, claro, si usted por cualquier razón no estuviera en Santa María—, yo le aconsejo ahora darle al tipo un certificado de inmortalidad. Con la conciencia tranquila y la firma endosada por el doctor Rius. Hágalo, jefe. Y robe en seguida del laboratorio un cóctel de hipnóticos y váyase a dormir veinticuatro horas. Yo me encargo de atender al juez y a la policía, me comprometo a organizar los salivazos de la mujer que espera mateando en el corredor.
Se levantó y vino a palmearme, una sola vez, pero demorando el peso y el calor de la mano.
—Está bien —le dije—. Usted resolverá si hay que mandar a despertarme.
Mientras me quitaba la túnica, con una lentitud y una dignidad que no provenían exclusivamente del cansancio, admití que el éxito de la operación, de las operaciones, me importaba tanto como el cumplimiento de un viejo sueño irrealizable: arreglar con mis propias manos, y para siempre, el motor de mi viejo automóvil. Pero no podía decirle esto a Rius porque lo comprendería sin esfuerzo y con entusiasmo: no podía decírselo a Fernández porque, afortunadamente, no podría creerme.
De modo que me callé la boca y en el viaje de regreso en la ambulancia oí con ecuanimidad las malas palabras admirativas del gallego Herminio y acepté con mi silencio, ante la historia, que la resurrección que acababa de suceder en el Hospital de Santa María no hubiera sido lograda ni por los mismos médicos de la capital.
Decidí que mi coche podía amanecer otra vez frente al club y me hice llevar con la ambulancia hasta mi casa. La mañana, rabiosamente blanca, olía a madreselvas y se empezaba a respirar el río.
—Tiraron piedras y decían que iban a prenderle fuego al teatro —dijo el gallego cuando llegamos a la plaza—. Pero apareció la policía y no hubo más que las piedras que ya le dije.
Antes de tomar las píldoras comprendí que nunca podría conocer la verdad de aquella historia; con buena suerte y paciencia tal vez llegara a enterarme de la mitad correspondiente a nosotros, los habitantes de la ciudad. Pero era necesario resignarse, aceptar como inalcanzable el conocimiento de la parte que trajeron consigo los dos forasteros y que se llevarían de manera diversa, incógnita y para siempre.
Y en el mismo momento, con el vaso de agua en la mano, recordé que todo aquello había empezado a mostrárseme casi una semana antes, un domingo nublado y caluroso, mientras miraba el ir y venir en la plaza desde una ventana del bar del hotel.
El hombre movedizo y simpático y el gigante moribundo atravesaron en diagonal la plaza y el primer sol amarillento de la primavera. El más pequeño llevaba una corona de flores, una coronita de pariente lejano para un velorio modesto. Avanzaban indiferentes a la curiosidad que hacía nacer la bestia lenta de dos metros; sin apresurarse pero resuelto, el movedizo marchaba con una irrenunciable dignidad, con una levantada sonrisa diplomática, como flanqueado por soldados de gala, como si alguien, un palco con banderas y hombres graves y mujeres viejas, lo esperara en alguna parte. Se supo que dejaron la coronita, entre bromas de niños y alguna pedrada, al pie del monumento a Brausen.
A partir de aquí las pistas se embrollan un poco. El pequeño, el embajador, fue al Berna para alquilar una pieza, tomar un aperitivo y discutir los precios sin pasión, distribuyendo sombrerazos, reverencias e invitaciones baratas. Tenía entre cuarenta y cuarenta y cinco años, el tórax ancho, la estatura mediana; había nacido para convencer, para crear el clima húmedo y tibio en que florece la amistad y se aceptan las esperanzas. Había nacido también para la felicidad, o por lo menos para creer obstinadamente en ella, contra viento y marea, contra la vida y sus errores. Había nacido, sobre todo, lo más importante, para imponer cuotas de dicha a todo el mundo posible. Con una natural e invencible astucia, sin descuidar nunca sus fines personales, sin preocuparse en demasía por el incontrolable futuro ajeno.
Estuvo a mediodía en la redacción de El Liberal y volvió por la tarde para entrevistarse con Deportes y obtener el anuncio gratis. Desenvolvió el álbum con fotografías y recortes de diario amarillentos, con grandes títulos en idiomas extraños; exhibió diplomas y documentos fortalecidos en los dobleces por papeles engomados. Encima de la vejez de los recuerdos, encima de los años, de la melancolía y el fracaso, paseó su sonrisa, su amor incansable y sin compromiso.
—Está mejor que nunca. Acaso, algún kilo de más. Pero justamente para eso estamos haciendo esta tournée sudamericana. El año que viene, en el Palais de Glace, vuelve a conquistar el título. Nadie puede ganarle, ni europeo ni americano. ¿Y cómo íbamos a saltearnos Santa María en esta gira que es el prólogo de un campeonato mundial? Santa María. Qué costa, qué playa, qué aire, qué cultura.
El tono de la voz era italiano, pero no exactamente; había siempre, en las vocales y en las eses, un sonido inubicable, un amistoso contacto con la complicada extensión del mundo. Recorrió el diario, jugó con los linotipos, abrazó a los tipógrafos, estuvo improvisando su asombro al pie de la rotativa. Obtuvo, al día siguiente, un primer título frío pero gratuito: “Ex campeón mundial de lucha en Santa María”. Visitó la redacción durante todas las noches de la semana y el espacio dedicado a Jacob van Oppen fue creciendo diariamente hacia el sábado del desafío y la lucha.
El mediodía del domingo en que los vi desfilar por la plaza con la coronita barata, el gigante moribundo estuvo media hora de rodillas en la iglesia, rezando frente al altar nuevo de la Inmaculada; dicen que se confesó, juran haberlo visto golpearse el pecho, presumen que introdujo después, vacilante, una cara enorme e infantil, húmeda de llanto, en la luz dorada del atrio.

2. Cuenta el narrador

Las tarjetas decían Comendador Orsini y el hombre conversador e inquieto las repartió sin avaricia por toda la ciudad. Se conservan ejemplares, algunos de ellos autografiados y con adjetivos.
Desde el primer —y último— domingo, Orsini alquiló la sala del Apolo para las sesiones de entrenamiento, a un peso la entrada durante el lunes y el martes, a la mitad el miércoles, a dos pesos el jueves y el viernes, cuando el desafío quedó formalizado y la curiosidad y el patriotismo de los sanmarianos empezó a llenar el Apolo. Aquel mismo domingo fue clavado en la plaza nueva, con el correspondiente permiso municipal, el cartel de desafío. En una foto antigua el ex campeón mundial de lucha de todos los pesos mostraba los bíceps y el cinturón de oro; agresivas letras rojas concretaban el reto: 500 pesos 500 a quien suba al ring y no sea puesto de espaldas en 3 minutos por Jacob van Oppen.
Una línea más abajo el desafío quedaba olvidado y se prometía una exhibición de lucha grecorromana entre el campeón —volvería a serlo antes de un año— y los mejores atletas de Santa María.
Orsini y el gigante habían entrado al continente por Colombia y ahora bajaban de Perú, Ecuador y Bolivia. En pocos pueblos fue aceptado el desafío y siempre van Oppen pudo liquidarlo en un tiempo medido por segundos, con el primer abrazo.
Los carteles evocaban noches de calor y griterío, teatros y carpas, públicos aindiados y borrachos, la admiración y la risa. El juez alzaba un brazo, van Oppen volvía a la tristeza, pensaba ansioso en la botella de alcohol violento que lo estaba esperando en la pieza del hotel y Orsini sonreía avanzando bajo las luces blancas del ring, tocándose con un pañuelo aún más blanco el sudor de la frente:
—Señoras y señores... —era el momento de dar las gracias, de hablar de reminiscencias imperecederas, de vivar al país y a la ciudad. Durante meses, estos recuerdos comunes habían ido formando América para ellos; alguna vez, alguna noche, ya lejos, antes de un año, podrían hablar de ella y reconocerla sin esfuerzo, sin más ayuda que tres o cuatro momentos reiterados y devotos.
El martes o el miércoles Orsini trajo en coche al campeón hasta el Berna, concluida la casi desierta sesión de entrenamiento. La gira se había convertido ya en un trabajo de rutina y los cálculos sobre los pesos a ganar tenían escasa diferencia con los pesos que se ganaban. Pero Orsini consideraba indispensable, para el mutuo bienestar, mantener su protección sobre el gigante. Van Oppen se sentó en la cama y bebió de la botella; Orsini se la quitó con dulzura y trajo del cuarto de baño el vaso de material plástico que usaba por las mañanas para enjuagarse la dentadura. Repitió amistoso la vieja frase:
—Sin disciplina no hay moral —hablaba el francés como el español, su acento no era nunca definitivamente italiano—. Está la botella y nadie piensa robártela. Pero si se toma con un vaso, es distinto. Hay disciplina, hay caballerosidad.
El gigante movió la cabeza para mirarlo; los ojos azules estaban turbios y parecía usar la boca entreabierta para ver. “Disnea otra vez, angustia”, pensó Orsini. “Es mejor que se emborrache y duerma hasta mañana.” Llenó el vaso con caña, bebió un trago y estiró la mano hacia van Oppen. Pero la bestia se inclinó para sacarse los zapatos y después, resoplando, segundo síntoma, se puso de pie y examinó la habitación. Al principio, con las manos en la cintura, miró las camas, la alfombra inútil, la mesa y el techo; luego caminó para comprobar con un hombro la resistencia de las puertas, la del pasillo y del cuarto de baño, la resistencia de la ventana que no daba a ninguna parte.
“Ahora empieza —continuó Orsini—; la última vez fue en Guayaquil. Tiene que ser un asunto cíclico, pero no entiendo el ciclo. Una noche cualquiera me estrangula y no por odio; porque me tiene a mano. Sabe, sabe que el único amigo soy yo.”
El gigante volvió lentamente, descalzo, al centro de la habitación, con una sonrisa de burla y desprecio, los hombros un poco doblados hacia adelante. Orsini se sentó cerca de la mesa endeble y puso la lengua en el vaso de caña.
—Gott —dijo van Oppen y empezó a balancearse con suavidad, como si escuchara una música lejana e interrumpida; tenía la tricota negra, demasiado ajustada, y los pantalones de vaquero que le había comprado Orsini en Quito—. No. ¿Dónde estoy? ¿Qué estoy haciendo aquí? —con los enormes pies afirmados en el piso, movía el cuerpo, miraba la pared por encima de la cabeza de Orsini.
—Estoy esperando. Siempre estoy en un lugar que es una pieza de hotel de un país de negros hediondos y siempre estoy esperando. Dame el vaso. No tengo miedo; eso es lo malo, nunca va a venir nadie.
Orsini llenó el vaso y se puso de pie para acercárselo. Le examinó la cara, la histeria de la voz, le tocó la espalda en movimiento. “Todavía no —pensó—, casi en seguida.”
El gigante se bebió el vaso de caña y estuvo tosiendo sin inclinar la cabeza.
—Nadie —dijo—. El footing, las flexiones, las tomas, Lewis. Por Lewis; por lo menos vivió y fue un hombre. La gimnasia no es un hombre, la lucha no es hombre, todo esto no es un hombre. Una pieza de hotel, el gimnasio, indios mugrientos. Fuera del mundo, Orsini.
Orsini hizo otro cálculo y se levantó con la botella de caña. Llenó el vaso que sostenía van Oppen contra la barriga y pasó una mano por el hombro y la mejilla del gigante.
—Nadie —dijo van Oppen—. Nadie —gritó. Tenía los ojos desesperados, después rabiosos. Hizo una sonrisa de broma y sabiduría y vació el vaso.
“Ahora”, pensó Orsini. Le puso en una mano la botella y empezó a golpearlo con la cadera en el muslo para guiarlo hasta la cama.
—Unos meses, unas semanas —dijo Orsini—. Nada más. Después vendrán todos, estaremos con todos. Iremos nosotros allá.
Despatarrado en la cama, el gigante bebía de la botella y resoplaba sacudiendo la cabeza. Orsini encendió el velador y apagó la luz del techo. Sentado otra vez junto a la mesa, se compuso la voz y cantó suavemente:

Vor der Kaserne
vor dem grossen Tor
steht eine Láteme.
Und steht sie noch davor
wenn wir uns einmcd widersehen,
bei der Láteme wollen wir stehen
wie einst, Lili Marlen
wie einst, Lili Marlen.

Dijo la canción una vez y media, hasta que van Oppen puso la botella en el suelo y empezó a llorar. Entonces Orsini se levantó con un suspiro y un insulto cariñoso y anduvo en puntas de pie hasta la puerta y el pasillo. Como en las noches de gloria, bajó la escalera del Berna secándose la frente con el pañuelo impoluto.
Bajaba la escalera sin encontrar gente para repartir sonrisas y sombrerazos, pero con la cara afable, en guardia. La mujer, que había esperado horas resuelta y sin impaciencia, hundida en un sillón de cuero del hall, no haciendo caso a las revistas de la mesita, fumando un cigarrillo tras otro, se puso de pie y lo enfrentó. El príncipe Orsini no tenía escapatoria y tampoco la buscaba. Escuchó el nombre, se quitó el sombrero y se inclinó rápidamente para besar la mano de la mujer. Pensaba qué favor podía hacerle y estaba dispuesto a hacerle el que pidiera. Era pequeña, intrépida y joven, muy morena y con la corta nariz en gancho, los ojos muy claros y fríos. “Judía o algo así”, pensó Orsini. “Está linda.” De inmediato el príncipe escuchó un lenguaje tan conciso que le resultaba casi incomprensible, casi inaudito.
—El cartel ese en la plaza, los avisos en el diario. Quinientos pesos. Mi novio va a pelear con el campeón. Pero hoy o mañana, mañana es miércoles, ustedes tienen que depositar el dinero en el Banco o en El Liberal.
—Signorina —el príncipe hizo una sonrisa y balanceó un gesto desolado—. ¿Luchar con el campeón? Usted se queda sin novio. Y lamentaría tanto que una señorita tan hermosa...
Pero ella, pequeña y más decidida ahora, sorteó sin esfuerzo la galantería quincuagenaria de Orsini.
—Esta noche voy al Liberal para aceptar el desafío. Lo vi al campeón en misa. Está viejo. Necesitamos los quinientos pesos para casarnos. Mi novio tiene veinte años y yo veintidós. El es dueño del almacén de Porfilio. Vaya y véalo.
—Pero, señorita —dijo el príncipe aumentando la sonrisa—. Su novio, hombre feliz, si me permite, tiene veinte años. ¿Qué hizo hasta ahora? Comprar y vender.
—También estuvo en el campo.
—Oh, el campo —susurró extasiado el príncipe—. Pero el campeón dedicó toda su vida a eso, a la lucha. ¿Que tiene algunos años más que su novio? Completamente de acuerdo, señorita.
—Treinta, por lo menos —dijo  ella sin necesidad de sonreír, confiada en la frialdad dé sus ojos—. Lo vi.
—Pero se trata de años que dedicó a aprender cómo se rompen, sin esfuerzo, costillas, brazos, o cómo se saca, suavemente, una clavícula de su lugar, cómo se descoloca una pierna. Y si usted tiene un novio sano de veinte años...
—Usted hizo un desafío. Quinientos pesos por tres minutos. Esta noche voy al Liberal, señor...
—Príncipe Orsini —dijo el príncipe. Ella cabeceó, sin perder tiempo en la burla; era pequeña, hermosa y compacta, se había endurecido hasta el hierro.
—Me alegro por Santa María —sonrió el príncipe, con otra reverencia—. Será un gran espectáculo deportivo. ¿Pero usted, señorita, irá al diario en nombre de su novio?
—Sí, me dio un papel. Vaya a verlo. Almacén Porfilio. Le dicen el turco. Pero es sirio. Tiene el documento.
El príncipe comprendió que era inoportuno volver a besarle la mano.
—Bueno —bromeó—, soltera y viuda. Desde el sábado. Un destino muy triste, señorita.
Ella le dio la mano y caminó hacia la puerta del hotel. Era dura como una lanza, no tenía más que la gracia indispensable para que el príncipe continuara mirándola de espaldas. De pronto la mujer se detuvo y regresó.
—Soltera no, porque con esos quinientos pesos nos casamos. Tampoco viuda, porque ese campeón está muy viejo. Es más grande que Mario, pero no puede con él. Yo lo vi.
—De acuerdo. Usted lo vio salir de misa. Pero le aseguro que cuando la cosa empieza en serio, es una bestia; y le juro que conoce el oficio. Campeón del mundo y de todos los pesos, señorita.
—Bueno —dijo ella con un repentino cansancio—. Ya le dije, almacén de Porfilio Hnos. Esta noche voy al Liberal; pero mañana me encuentra, como siempre, en el almacén.
—Señorita... —volvió a besarle la mano.
Era evidente que la mujer buscaba un acuerdo. De modo que Orsini fue al restaurante y pidió un guiso con carne y pastas; luego, haciendo cuentas, chupando de su boquilla con anillo de oro, vigiló el sueño, los gruñidos y los movimientos de Jacob van Oppen.
A punto de dormirse sobre el silencio de la plaza, se adjudicó veinticuatro horas de vacaciones. No era conveniente apresurar la visita al turco. Pensó además, mientras apagaba la luz e interpretaba los ronquidos del gigante: “Ya ha sufrido bastante, Señor, hemos sufrido; y no veo motivo para apresurarme”.
Al día siguiente Orsini asistió al despertar del campeón, trajo las aspirinas y el agua caliente, oyó satisfecho las malas palabras de van Oppen bajo la ducha, escuchó con júbilo la transformación de los ruidos groseros en una versión casi submarina de “Yo tenía un camarada”. Como todos los hombres, había decidido mentir, mentirse a sí mismo y confiar. Organizó la mañana de van Oppen, la caminata a paso lento a través de la ciudad, con el enorme torso cubierto por la tricota de lana con la gran letra azul en el pecho, la C que significaba, para todo idioma y alfabeto concebible: Campeón Mundial de Lucha de Todos los Pesos. Lo acompañó, a buen paso, hasta la calle que bajaba en pendiente hacia la rambla. Allí, para los pocos curiosos de las ocho de la mañana, reiteró una de las escenas de la vieja farsa. Se detuvo para quitarse el sombrero y enjugarse la frente, sonrió con la admirada sonrisa del buen perdedor y manoteó la espalda de Jacob van Oppen.
—Qué hombre éste —murmuró para nadie; y su cabeza torcida, sus brazos vencidos, su boca ansiosa de aire repitieron para toda Santa María: qué hombre éste.
Van Oppen continuó con la misma discreta velocidad, los hombros hacia el futuro, la mandíbula colgante, en dirección a la rambla; tomó después hacia la fábrica de conservas, costeando el asombro de pescadores, vagos, empleados del ferry; era demasiado grande para que alguien se atreviera a burlarse.
Tal vez las burlas, nunca dichas en voz alta, rodearon todo el día al príncipe Orsini, a sus ropas, a sus modales, a su buena educación inadecuada. Pero él había apostado a ser feliz y sólo le era posible enterarse de las cosas agradables y buenas. En El Liberal, en el Berna y en el Plaza tuvo lo que él llamaría en el recuerdo conferencias de prensa; bebió y charló con curiosos y desocupados, contó anécdotas y atroces mentiras, exhibió una vez más los recortes de diarios, amarillentos y quebradizos. Algún día, esto era indudable, las cosas habían sido así: van Oppen campeón del mundo, joven, con una tuerca irresistible, con viajes que no eran exilios, asediado por ofertas que podían ser rechazadas. Aunque pasadas de moda, desteñidas, ahí estaban las fotografías y las palabras de los diarios, tenaces en su aproximación a la ceniza, irrefutables. Nunca borracho, después de la cuarta o quinta copa, Orsini creía que los testimonios del pasado garantizaban el porvenir. No necesitaba ningún cambio personal para habitar cómodamente el imposible paraíso. Había nacido con cincuenta años de edad, cínico, bondadoso, amigo de la vida, partidario de que sucedieran cosas. El milagro sólo exigía la transformación de van Oppen, su regreso a los años anteriores a la guerra, al vientre hundido, a la piel brillante, a la esclerótica limpia en la mañana.
Sí, la futura turca —una mujercita, con todo respeto, simpática y porfiada— había estado en El Liberal para formalizar el desafío. El jefe de Deportivas ya tenía fotos de Mario haciendo gimnasia; pero las fotografías costaron un discurso sobre la libertad de prensa, la democracia y la libre información. También sobre el patriotismo, contaba Deportivas:
—Y el turco nos hubiera roto la cabeza, a mí y al fotógrafo, a pesar de todo, si no interviene la novia y lo calma con dos palabras. Estuvieron cuchicheando en la trastienda y después salió el turco, no tan grande, creo, como van Oppen, pero mucho más bruto, más peligroso. Bueno, usted entiende de esto mejor que yo.
—Entiendo —sonrió el príncipe—. Pobre muchacho. No es el primero —paseó su tristeza encima de las papas fritas y las aceitunas del Berna.
—El hombre estaba furioso pero se aguantó y se puso los pantalones cortos de ir a pescar y se dedicó a hacer gimnasia al sol; toda la que Humberto, el fotógrafo, quiso o estuvo inventando, sólo por venganza y para desquitarse del susto que había pasado. Y todo el tiempo ella sentada en un barril, como si fuera la madre o la maestra, fumando, sin decir una palabra pero mirándolo. Y cuando uno piensa que ella no mide ni un metro cincuenta, ni pesa cuarenta kilos...
—Conozco a la señorita —asintió Orsini con nostalgia—. Y he visto tantos ejemplos... Ah, la personalidad es una cosa misteriosa; no sale de los músculos.
—No era para publicar, claro —dijo Deportivas—, ¿pero van a hacer el depósito?
—¿El depósito? —el príncipe, piadoso, abrió las manos—. Esta tarde, mañana de mañana. Depende del Banco. ¿Le parece bien, mañana de mañana, en El Liberal? Será una buena propaganda, y gratis. Resistirle tres minutos a Jacob van Oppen... Como yo digo siempre —mostró las muelas doradas y llamó al mozo—: el deporte de un lado, el negocio del otro. Qué puede hacer uno, qué podemos hacer nosotros, si al final de esta gira de entrenamiento aparece de golpe un suicida. Y si además lo ayudan.
La viuda había sido siempre difícil y hermosa, insustituible, y el príncipe Orsini no tenía los quinientos pesos. Conocía a la mujer, presentía un adjetivo exacto para definirla y llevarla al pasado; ahora comenzaba a pensar en el hombre que la mujer representaba y escondía, en el turco que había aceptado el desafío. Así que dio vacaciones a la displicencia y a la dicha y al caer la noche, luego de mentirle al campeón, vigilarle el ánimo y el pulso, empezó a caminar hacia el almacén de Porfilio Hnos., con el álbum amarillo bajo el brazo.
Primero el ombú carcomido, luego el farol que colgaba del árbol y su círculo de luz intimidada. En seguida los perros ladradores y los gritos de contención: juega, quieto, cucha. Orsini cruzó la luz primera, pudo ver la luna redonda y aguada, llegó hasta el letrero del almacén y entró con respeto. Un hombre de bombachas y alpargatas terminaba su ginebra junto al mostrador y se despedía. Quedaron solos, él, príncipe Orsini, el turco y la mujer.
—Buenas noches, señorita —volvió a reír Orsini con una reverencia. La mujer estaba sentada en un sillón de paja, tejiendo, apartó los ojos de las agujas para mirarlo, mover la cabeza y, tal vez, sonreírle. “Balitas —pensó Orsini indignado—; está preñada, está haciendo el ajuar del hijo, por eso quiere casarse, por eso me quiere robar los quinientos pesos.”
Avanzó recto hacia el hombre que había dejado de llenar bolsas de papel con yerba y lo esperaba estólido del otro lado del mostrador.
—Este es el que te dije —pronunció la mujer—. El empresario.
—Empresario y amigo —corrigió Orsini—. Después de tantos años...
Estrechó la mano abierta y rígida del hombre, adelantó el brazo izquierdo para golpearle la espalda.
—A la orden —dijo el almacenero y levantó los gruesos bigotes negros para mostrar los dientes.

—Tanto gusto, tanto gusto —pero ya había respirado el olor agrio y mortecino de la derrota, ya había calculado la juventud sin desgaste del turco, la manera perfecta en que tenía distribuidos en el cuerpo los cien kilos de peso. “No hay ni un gramo de grasa de más, ni un gramo de inteligencia o sensibilidad; no hay esperanzas. Tres minutos; pobre Jacob van Oppen.”
—Venía por esos quinientos pesos —empezó Orsini, tanteando la densidad del aire, la pobreza de la luz, la hostilidad de la pareja. “No es contra mí; es contra la vida.” —Venía a tranquilizarlos; mañana, en cuanto reciba un giro de la capital, el dinero quedará depositado en El Liberal. Pero también quería hablar de otras cosas.
—¿No hablamos ya todo? —preguntó la muchacha. Era demasiado pequeña para el silllón movedizo de paja; las agujas resplandecientes con que tejía, demasiado largas. Podía ser buena o mala; ahora había elegido ser implacable, superar alguna oscura y larga postergación, tomarse una revancha. A la luz de la lámpara, el dibujo de la nariz era perfecto y los ojos claros brillaban como vidrio.
—Todo, es cierto, señorita. No pienso decir nada que ya no haya dicho. Pero consideré mi deber decirlo de manera directa. Decirle la verdad al señor Mario —sonreía repitiendo los saludos con la cabeza; la truculencia vibraba apenas, honda y con sordina—. Por eso le pido, patrón, que sirva una vuelta para los tres. Yo invito, claro; pidan lo que gusten.
—El no toma —dijo la mujer, sin apresurarse, sin levantar los ojos del tejido, anidada en su clima de hielo y de ironía.
La bestia peluda de atrás del mostrador terminó de cerrar un paquete de yerba y se volvió lentamente para mirar a la mujer. “El pecho de un gorila, dos centímetros de frente, nunca tuvo expresión en los ojos”, anotó Orsini. “Nunca pensó de verdad, ni pudo sufrir, ni se imaginó que el mañana puede ser una sorpresa o puede no venir.”
—Adriana —barboteó el turco y se mantuvo inmóvil hasta que la mujer alzó los ojos—. Adriana, yo, vermut, sí tomo. Ella le sonrió rápidamente y encogió los hombros. El turco redondeaba la boca para tomar el vermut a sorbitos. Apoyado en el mostrador, con el caluroso sombrero verde echado hacia la nuca, rozando el envoltorio del álbum, buscando inspiración y simpatía, el príncipe habló de cosechas, de lluvias y de sequías, de métodos de explotación y de líneas de transporte, de la belleza envejecida de Europa y de la juventud de América. Improvisaba, repartiendo presagios y esperanzas, mientras el turco asentía silencioso.
—El Apolo estuvo lleno esta tarde —atacó el príncipe de golpe—; desde que se supo que usted acepta el desafío, todos quieren ver el entrenamiento del campeón. Para que no lo molestaran demasiado, aumenté el precio de las entradas; pero la gente sigue pagando. Ahora —empezó a separar los papeles que envolvían el álbum— me gustaría que mirara un poco esto. —Acarició la tapa de cuero y la levantó—. Casi todo está en idioma; pero las fotos ayudan. Vea, se entiende. Campeón del mundo, cinturón de oro.
—Era, campeón del mundo —aclaró la mujer desde el crujido del sillón de paja.
—Oh, señorita —dijo Orsini sin volverse, exclusivamente para el turco, mientras movía las páginas de recortes cariados—. Volverá a serlo antes de seis meses. Un fallo equivocado, ya intervino la .Federación Internacional de Lucha... Vea los títulos, ocho columnas, primeras páginas, vea las fotografías. Esto es un campeón, mire; no hay quien pueda con él en todo el mundo. No hay nadie que pueda aguantarle tres minutos sin la puesta de espaldas. Vamos: un solo minuto y ya sería un milagro. No podría el campeón de Europa, no podría el campeón de los Estados. Le estoy hablando en serio, de hombre a hombre; he venido a verlo porque en cuanto hablé con la señorita comprendí el problema, la situación.
—Adriana —corrigió el turco.
—Eso —dijo el príncipe—. Comprendí todo. Pero las cosas siempre tienen solución. Si usted sube el sábado al ring del Apolo... Jacob van Oppen es mi amigo y esta amistad sólo tiene un límite; esta amistad desaparece en cuanto suena la campana y él se pone a luchar. Entonces no es mi amigo, no es un hombre; es el campeón del mundo, tiene que ganar y sabe cómo hacerlo.
Decenas de viajantes habían detenido el Ford frente al almacén de Porfilio Hnos. para sonreír a los propietarios difuntos o a Mario, tomar un trago, exhibir muestras, catálogos y listas, vender azúcar, arroz, vinos y maíz. Pero el príncipe Orsini se afanaba, entre sonrisas, golpes amistosos y excepciones compasivas, por venderle al turco una mercadería extraña y difícil: el miedo. Alertado por la presencia de la mujer, avisado por los recuerdos y el instinto, se limitó a vender la prudencia, a intentar el trato.
Al turco le quedaba aún medio vaso de vermut; lo alzó para mojarse la boca pequeña y rosada, sin beber.
—Son quinientos pesos —dijo Adriana desde el sillón—. Es hora de cerrar.
—Usted .dijo... —empezó el turco; la voz y el pensamiento intentaban comprender, acercarse a la ecuanimidad, separarse de tres generaciones de estupidez y codicia—. Adriana, primero tengo que bajar la yerba. Usted dijo si yo subo el sábado al escenario del Apolo.
—Dije. Si usted sube, el campeón le romperá algunas costillas, algún hueso; lo pondrá de espaldas en medio minuto. No hay quinientos pesos, entonces; aunque tal vez usted tenga que gastarse mucho más con los médicos. ¿Y quién le atiende el negocio mientras esté en el hospital? Todo esto sin hablar del desprestigio, del ridículo. —Orsini consideró que el momento era oportuno para la pausa y la meditación; pidió ginebra, espió la cara impasible del turco, sus movimientos preocupados; escuchó una risita de la mujer que había dejado el tejido sobre los muslos.
Orsini bebió un trago de ginebra y se puso a envolver lentamente el álbum desvencijado. El turco olía el vermut y trataba de pensar.
—Y no quiero decir con esto —murmuró el príncipe en voz baja y distraída, que sonaba como la de un epílogo mutuamente aceptado—, no quiero decir que usted no sea más fuerte que Jacob van Oppen. Entiendo mucho de eso, he dedicado mi vida y mi dinero a descubrir hombres fuertes. Además, como me ha dicho inteligentemente la señorita Adriana, usted es mucho más joven que el campeón. Más vigor, más juventud; estoy dispuesto a escribirlo y firmarlo. Si el campeón —es un ejemplo— comprara este negocio, a los seis meses saldría a pedir limosna. Usted, en cambio, se hará rico antes de dos años. Porque usted, mi amigo Mario, entiende del negocio y el campeón no —el álbum ya estaba envuelto; lo puso en el mostrador y se apoyó sobre él para continuar con la ginebra y la charla—. De la misma manera, el campeón entiende de cómo romper huesos, de cómo doblarle las v rodillas y la cintura para ponerlo de espaldas sobre el tapiz. Así se dice, o se decía. La alfombra. Cada cual en su oficio. La mujer se había levantado y apagó una luz en un rincón; ahora estaba de pie, con el tejido entre su vientre y el mostrador, pequeña y dura, sin mirar a ninguno de los hombres.
El turco le examinó la cara y después gruñó: —Usted dijo que si yo subía el sábado al escenario del Apolo...
—¿Dije? —preguntó Orsini con sorpresa—. Creo haberles dado un consejo. Pero en todo caso, si usted retira el desafío, puede haber un acuerdo, alguna compensación. Conversaríamos.
—¿Cuánto? —preguntó el turco.
La mujer alzó una mano y fue clavando las uñas en el brazo peludo de la bestia; cuando el hombre volvió la cabeza para mirarla, dijo:
—No hay más ni menos que quinientos pesos, ¿sí? No los vamos a perder. Si no vas el sábado, toda Santa María va a saber que tuviste miedo. Yo lo voy a decir, casa por casa, persona por persona.
No hablaba con pasión; seguía clavando las uñas en el brazo pero le conversaba al turco con paciencia y broma, como una madre conversa con su hijo, lo reprende y lo amenaza.
—Un momento —dijo Orsini; alzó una mano y con la otra se puso en la boca la copa de ginebra hasta vaciarla—. También en eso había pensado. En los comentarios del pueblo, de la ciudad, si usted no aparece el sábado por el Apolo. Pero todo se puede arreglar —sonrió a las caras hostiles de la mujer y el hombre, aumentó la cautela de su voz—. Por ejemplo... Supongamos en cambio que usted va, sube al ring. No trata de enfurecerlo al campeón, porque eso sería fatal para lo que planeamos. Usted sube al ring, reconoce al primer abrazo que el campeón sabe, y se deja poner de espaldas, limpiamente, sin un rasguño.
La mujer clavaba otra vez las uñas en el gigantesco brazo peludo; con un ladrido, el turco la apartó.
—Comprendo —dijo después—. Voy y pierdo. ¿Cuánto?
Repentinamente, Orsini aceptó lo que había estado sospechando desde el principio de la entrevista: que cualquiera fuese el acuerdo que lograra con el turco, la mujercita flaca y empecinada lo borraría en el resto de la noche. Comprendió, sin dudas, que Jacob van Oppen estaba condenado a luchar el sábado con el turco.
—Cuánto... —murmuró mientras se acomodaba el álbum bajo el brazo—. Podemos hablar de cien, de ciento cincuenta pesos. Usted sube al ring...
La mujer se apartó un paso del mostrador y clavó las agujas en la pelota de lana. Miraba hacia el piso de tierra y cemento y la voz le sonó tranquila y con sueño:
—Necesitamos quinientos pesos y él se los va a ganar el sábado sin trampas, sin arreglos. No hay hombre más fuerte, nadie puede doblarlo. Menos que nadie ese viejo acabado, por más campeón que haya sido. ¿Vamos a cerrar?
—Tengo que bajar la yerba —volvió a decir el turco.
—Bueno, entonces es así —dijo Orsini—. Cóbrese y déme la última copa —puso un billete de diez pesos encima del mostrador y encendió un cigarrillo—. Vamos a celebrarlo; también ustedes están invitados.
Pero la mujer volvió a encender la luz del rincón y se instaló en el sillón de paja para seguir tejiendo y fumar un cigarrillo; y el turco sólo sirvió un vaso de ginebra. Empezó, bostezando, a llevar las bolsas de yerba, apiladas contra una pared, hacia la trampa del sótano.
Sin saber por qué, Orsini tiró una de sus tarjetas encima del mostrador. Estuvo diez minutos más en el almacén, fumando y bebiendo el gusto a pan de la ginebra, mirando con asombrado terror, con los ojos nublados, sudando, el trabajo metódico del turco con las bolsas, viendo que las movía con tanta facilidad, con tan visible esfuerzo como él, príncipe Orsini, movería un cartón de cigarrillos o una botella.
“Pobre Jacob van Oppen —meditó Orsini—. Hacerse viejo es un buen oficio para mí. Pero él nació para tener siempre veinte años; y ahora, en cambio, los tiene este gigante hijo de perra que gira alrededor del meñique de ese feto encinta. Los tiene este animal, nadie puede quitárselos para restituirlos, y los seguirá teniendo el sábado de noche en el Apolo.”
Desde la redacción de El Liberal, casi codo a codo con Deportivas, el príncipe llamó por teléfono a la capital, reclamando el envío urgente de mil pesos. Usó el teléfono directo para evitar la curiosidad de la telefonista; mintió a gritos frente a la redacción, poblada ahora por jóvenes flacos y bigotudos, alguna señorita que fumaba con boquilla. Eran las siete de la tarde; llegó casi a la grosería cuando se hizo evidente el titubeo del hombre que lo escuchaba en el teléfono remoto, en una habitación que no podía ser imaginada, muequeando su desconcierto en cualquier cubículo de la gran ciudad, en un anochecer de octubre.
Cortó la comunicación con una sonrisa de tolerancia y fastidio.
—Por fui —dijo, soplando el pañuelo de hilo—. Mañana de mañana tenemos el dinero. Contratiempos. Mañana a mediodía hago el depósito en la administración. En la administración me parece más serio, ¿no?... Aquí está el mozo. El que quiera pedir algo para refrescarse...
Le dieron las gracias, alguna de las máquinas de escribir interrumpió su ruido; pero nadie aceptó la invitación. Deportivas inclinaba sobre su mesa los gruesos anteojos mientras marcaba fotografías.
Apoyado en una mesa, fumando un cigarrillo, Orsini miró a los hombres doblados hacia las máquinas y la tarea. Supo que para ellos él ya no existía, que no estaba en la redacción. “Y tampoco mañana”, pensó con débil tristeza, sonriente y resignado. Porque todo había sido postergado hasta la noche del viernes y la noche del viernes empezaba a crecer, en el fin de un crepúsculo rojizo y dulce, fuera de los ventanales de El Liberal, en el río, encima de la primera sombra que rodeaba las sirenas graves de las barcazas.
Atravesó la indiferencia y la desconfianza, obligó a Deportivas a estrecharle la mano.
—Espero que mañana será una gran noche para Santa María; espero que gane el mejor.
Esa frase no sería reproducida por el diario, no serviría de soporte a su cara sonriente y bondadosa. Desde el vestíbulo del Apolo —Jacob van Oppen, Campeón del Mundo, se entrena aquí de 18 a 20, tres pesos la entrada —oyó los murmullos del público y el golpeteo de los pies del campeón sobre el ring improvisado. Van Oppen no podía luchar, romper huesos o arriesgar que se los rompieran. Pero podía saltar a la cuerda, infinitamente, sin cansancio.
Sentado en la estrecha oficina de la boletería, Orsini revisó el borderó y sacó cuentas. Sin considerar la noche triunfal del sábado, plateas a cinco pesos, la visita a Santa María dejaba alguna ganancia. Orsini convidó con café y puso su firma al pie de las planillas luego de contar el dinero.
Quedó solo en la oficina oscura y mal oliente. Llegaba el ruido a compás de los pies de van Oppen en la madera.
—Ciento diez animales abriendo la boca porque el campeón salta a la cuerda, como saltan, y mejor, todas las niñas en los patios de las escuelas.
Recordó a van Oppen joven, o por lo menos aún no envejecido; pensó en Europa y en los Estados, en el verdadero mundo perdido; trató de convencerse de que van Oppen era tan responsable del paso de los años, de la decadencia y la repugnante vejez, como de un vicio que hubiera adquirido y aceptado. Trató de odiar a van Oppen para protegerse.
“Tendría que haberle hablado antes, en alguna de esas caminatas por la rambla que hace con pasitos de mujer gorda; ayer o esta mañana; hablarle al aire libre, el río, árboles, el cielo, todo eso que los alemanes llaman naturaleza. Pero llegó el viernes: la noche del viernes.”
Palpó suavemente los billetes en el bolsillo y se puso de pie. Afuera, puntual y tibia, lo estaba esperando la noche del viernes. Los ciento diez imbéciles gritaban dentro del cine-teatro; el campeón habría empezado el número final, la sesión de gimnasia en que todos los músculos crecían y desbordaban.
Orsini caminó lentamente hacia el hotel, las manos en la espalda, buscando detalles de la ciudad para recordar y despedirse, para mezclarlos con los de otras ciudades lejanas, para unir todo y continuar viviendo.
El mostrador del bar del hotel se alargaba hasta tocar el del conserje. Mientras bebía un trago con mucha soda, el príncipe organizó su batalla. Ocupar una colina puede ser más importante que perder un parque de municiones. Puso unos billetes sobre el mostrador y pidió la cuenta de los días vividos en el hotel.
—Es por mañana, excúseme, para evitarme apuros. Mañana, en cuanto termine la lucha, tenemos que salir en automóvil, a medianoche o en la madrugada. Hoy hablé por teléfono desde El Liberal y supe que hay nuevos contratos. Todo el mundo quiere ver al campeón, se explica, antes del torneo en Amberes.
Pagó con una propina exagerada y subió al cuarto con una botella de ginebra bajo el brazo para hacer las valijas. Había una negra y vieja, de Jacob, que no podía tocarse; estaba, además, el montón de objetos impresionantes —batas, tricotas, tensores, sogas, zapatos con forro de piel— en el escenario del Apolo. Pero todo esto podía ser recogido después con cualquier pretexto. Terminó con sus valijas y con las que Jacob no había declarado sagradas; estaba bajo la ducha, resoplando de alivio, barrigón y resuelto, cuando oyó el golpe de la puerta del cuarto. Más allá del rumor del agua escuchó los pasos y el silencio. “Es la noche del viernes; y ni siquiera sé si es mejor emborracharlo antes o después de hablarle. O antes y después.”
Jacob estaba sentado en la cama, con las piernas cruzadas, mirando con alegría infantil la marca en la suela de sus zapatos, la palabra Champion; alguien, acaso el mismo Orsini, había dicho alguna vez en broma que esos zapatos se fabricaban exclusivamente para uso de van Oppen, para recordarlo y rendirle homenaje en millares de pies ajenos.
Envuelto en el ropón de baño, chorreando agua, Orsini entró en la habitación, jovial y dicharachero. El campeón había manoteado la botella de ginebra y después de tomar un trago continuó mirándose el zapato sin escuchar a Orsini. —¿Por qué hiciste las valijas? La pelea es mañana. —Para ganar tiempo —dijo Orsini—. Empecé a hacerlas por eso. Pero después...
—¿Es a las nueve? Pero siempre empieza más tarde. Y después de los tres minutos tengo que hacer clavas y levantar las pesas. Y también festejar.
—Bueno —dijo Orsini, mirando la botella inclinada contra la boca del campeón, contando los tragos, calculando—. Claro que vamos a festejar.
El campeón dejó la botella y estuvo sobándose la suela de goma blanca del zapato. Sonreía, misterioso e incrédulo, como si estuviera escuchando una música lejana y no oída desde la infancia. De pronto se puso serio, tomó con ambas manos el pie con la marca que lo aludía y lo bajó lentamente hasta colocar la suela contra la estrecha alfombra junto a la cama. Orsini vio la mueca corta y seca que había quedado en el lugar de la desvanecida sonrisa; se fue aproximando indeciso a la cama del campeón y alzó la botella. Mientras fingía beber pudo comprobar, por el ruido y el peso, que quedaban dos tercios del litro de ginebra.
Inmóvil, derrumbado, con los codos apoyados en las piernas, el campeón rezaba:
—Verdammt, verdammt, verdammt. Sin hacer ruido, Orsini arrastró los pies por el suelo; de espaldas al campeón, con un bostezo, extrajo el revólver de su saco colgado en la silla y lo guardó en un bolsillo de la bata de baño. Luego se sentó en su cama y esperó. Nunca había tenido necesidad del revólver, ni siquiera de mostrarlo, frente a Jacob. Pero los años le enseñaron a prever las acciones y las reacciones del campeón, a estimar su violencia, su grado de locura y también el punto exacto de la brújula que señala el principio de la locura.
—Verdammt —siguió rezando Jacob. Se llenó los pulmones de aire y se puso de pie. Juntó las manos en la nuca .y balanceó el tórax, pesadamente, bajando por la izquierda y la derecha hacia la cintura.
—Verdammt —gritó, como si mirara a alguien desafiándolo; luego rehizo la sonrisa desconfiada y empezó a desnudarse. Orsini encendió un cigarrillo y puso una mano en el bolsillo de la bata, los nudillos quietos contra la frescura del revólver. El campeón se quitaba la tricota, la camiseta, los pantalones, los zapatos con su marca; todo golpeaba contra el ángulo del placard y la pared y formaba un montón en el piso.
Apoyado en la cama y en las almohadas, Orsini buscaba otras cóleras, otros prólogos, y quería compararlos con lo que estaba viendo. “Nadie le dijo que nos vamos. ¿Quién puede haberle dicho que nos vamos esta noche?”
Jacob sólo tenía puesto el slip de combate. Levantó la botella y bebió la mitad del resto. Después, manteniendo su sonrisa de misterio, de alusiones y recuerdo, se puso a hacer gimnasia estirando y doblando los brazos mientras doblaba las rodillas para agacharse.
“Toda esta carne —pensaba Orsini, con el dedo en el gatillo del revólver—; los mismos músculos, o más, de los veinte años; un poco de grasa en el vientre, en el lomo, en la cintura. Blanco, enemigo temeroso del sol, gringo y mujer. Pero esos brazos y esas piernas tienen la misma fuerza de antes, o más. Los años no pasaron por allí; pero siempre pasan, siempre buscan y encuentran un sitio para entrar y quedarse. A todos nos prometieron, de golpe o tartamudeando, la vejez y la muerte. Este pobre diablo no creyó en promesas; por lo tanto el resultado es injusto.”
Iluminado por la última luz del viernes en la ventana y por la .luz que Orsini había dejado encendida en el baño, el gigante brillaba de sudor. Terminó la sesión de gimnasia tirándose de espaldas al suelo y rebotando en las manos. Luego hizo un breve y lento saludo con la cabeza hacia el montón de ropas junto al placard. Jadeante, volvió a beber de la botella, la levantó en el aire ceniciento, y sin dejar de mirarla fue acercándose a la cama que ocupaba Orsini. Quedó de pie, enorme y sudoroso, respirando con esfuerzo y ruido, con una expresión boquiabierta de principio a final de furia. Seguía mirando la botella, buscaba explicaciones en la etiqueta, en la forma redonda y secreta.
—Campeón —dijo Orsini retrocediendo hasta tocar la pared, levantando una pierna para empuñar el revólver más cómodamente—. Campeón. Tenemos que pedir otra botella. Tenemos que festejar desde ahora.
—¿Festejar? Yo gano siempre.
—Sí, el campeón gana siempre. Y también va a ganar en Europa.
Orsini se incorporó en la cama y fue ayudándose con las piernas hasta quedar sentado, la mano siempre hundida en el bolsillo de la bata.
Frente a él se abrían los enormes muslos de Jacob, los músculos contraídos. “No hubo piernas mejores que éstas”, pensó Orsini con miedo y tristeza. “Le basta bajar la botella para aplastarme; para romper una cabeza con el fondo de una botella se necesita mucho menos de un minuto.” Se levantó despacio y fue rengueando, exhibiendo una sonrisa paternal y feliz hasta el otro rincón de la pieza. Se apoyó en el borde de la mesita y estuvo un momento con los ojos entornados, bisbiseando una fórmula católica y mágica.
Jacob no se había movido; continuaba de pie junto a la cama, dándole ahora la espalda, la botella siempre en el aire. La habitación estaba casi en penumbra, la luz del cuarto de baño era débil y amarilla.
Maniobrando con la mano izquierda Orsini encendió un cigarrillo. “Nunca hice esta prueba.”
—Podemos festejar ahora mismo, campeón. Festejamos hasta la madrugada y a las cuatro tomamos el ómnibus. Adiós Santa María. Y muchas gracias, no nos fue mal del todo.
Blanco, agrandado por la sombra, Jacob bajó lentamente el brazo con la botella e hizo sonar el vidrio contra una rodilla.
—Nos vamos, campeón —agregó Orsini. “Ahora está pensando. Tal vez comprenda antes de tres minutos.”
Jacob giró el cuerpo como en una pileta de agua salada y lo dobló para sentarse en la cama. El pelo escaso pero aún sin canas señalaba en la noche la inclinación de la cabeza.
—Tenemos contratos, verdaderos contratos —continuó Orsini— si viajamos hacia el sur. Pero tiene que ser en seguida, tienen que ser en el ómnibus de las cuatro. Esta tarde hablé por teléfono desde el diario con un empresario de la capital, campeón.
—Hoy. Ahora es viernes —dijo Jacob lentamente, sin borrachera en la voz—. Entonces, la lucha es mañana de noche. No nos podemos ir a las cuatro.
—No hay lucha, campeón. No hay problemas. Nos vamos a las cuatro; pero primero festejamos. Ahora mismo pido otra botella.
—No —dijo Jacob.
Orsini volvió a inmovilizarse contra la mesa. De la lástima al campeón, tan exacerbada y sufrida durante los últimos meses, pasó a compadecer al príncipe Orsini, condenado a cuidar, mentir y aburrirse como una niñera con la criatura que le tocó en suerte para ganarse la vida. Después su lástima se hizo despersonalizada, casi universal. “Aquí, en un pueblito de Sudamérica que sólo tiene nombre porque alguien quiso cumplir con la costumbre de bautizar cualquier montón de casas. El, más perdido y agotado que yo; yo, más viejo y más alegre y más inteligente, vigilándolo con un revólver que no sé si funciona o no, dispuesto a mostrar el revólver si se hace necesario, pero seguro de que nunca apretaré el gatillo. Lástima por la existencia de los hombres, lástima por quien combina las cosas de esta manera torpe y absurda. Lástima por la gente que he tenido que engañar sólo para seguir viviendo. Lástima por el turco del almacén y por su novia, por todos los que no tienen de verdad el privilegio de elegir.”
Llegaba desde lejos, interrumpido, el piano del conservatorio; a pesar de la hora, se sentía aumentar el calor en la pieza, en las calles arboladas.
—No entiendo —dijo Jacob—. Hoy es viernes. Si el loco ese ya no quiere el desafío, igual tengo que hacer la exhibición, a cinco pesos la entrada.
—El loco ese... —empezó Orsini; de la lástima pasaba a la rabia y al odio—. No; somos nosotros. No tenemos interés en el desafío. Nos vamos a las cuatro.
—¿El hombre quiere luchar? ¿No se arrepintió?
—El hombre quiere luchar y no le dan permiso para arrepentirse. Pero nosotros nos vamos.
—¿Sin luchar, antes de mañana?
—Campeón —dijo Orsini. La cabeza de Jacob se movía colgada y negadora.
—Yo me quedo. Mañana a las nueve lo estaré esperando en el ring. ¿Voy a estar solo?
—Campeón —repitió Orsini mientras se acercaba a la cama; rozó cariñoso un hombro de Jacob y levantó la botella para tomar un pequeño trago—. Nos vamos.
—Yo no —dijo el gigante, y empezó a levantarse, a crecer—. Voy a estar solo en el ring. Déjeme la mitad del dinero y váyase. Dígame por qué quiere escapar, por qué quiere que también yo me escape.
Olvidado del revólver, sin dejar de apretarlo, el príncipe hablaba contra el arco de las costillas del campeón.
—Porque hay contratos que nos esperan. Porque lo de mañana no es una lucha, es un desafío estúpido.
Sin mostrar apuro, Orsini se alejó hacia la ventana, hacia la cama de Jacob van Oppen. No se atrevía a encender la luz, no tenía ánimos para conquistar con sonrisas y muecas.
Prefirió la sombra y la persuasión de los tonos de voz. “Acaso sea mejor terminar con todo esto ahora mismo. Siempre tuve suerte, siempre apareció algo nuevo y muchas veces mejor que lo recién perdido. No mirar hacia atrás, dejarlo como a un elefante sin dueño.”
—Pero el desafío lo hicimos nosotros —decía la voz de Jacob, sorprendida, casi riendo—. Siempre lo hacemos nosotros. Tres minutos. En los diarios, en las plazas. Dinero al que aguante tres minutos. Y yo gané siempre, Jacob van Oppen gana siempre.
—Siempre —dijo Orsini; de pronto se sintió débil y hastiado; puso el revólver sobre la cama y juntó las manos entre las rodillas desnudas—. Siempre gana el campeón. Pero también, todas las veces, yo vi antes al hombre que había aceptado el desafío. Tres minutos sin ser puesto de espaldas sobre el tapiz —recitó—. Y nunca nadie duró medio minuto y yo lo sabía mucho antes de que sonara la campana. “No puedo decirle que alguna vez tuve éxito amenazando y también pagué para que la cosa no durara más de treinta segundos; pero acaso no tenga más remedio que decírselo.” Y ahora, también, cumplí con mi deber. Fui a ver al hombre que había aceptado el desafío, lo pesé y lo medí. Con los ojos. Por eso hice las valijas, por eso aconsejo tomar el ómnibus de las cuatro.
Van Oppen se había estirado en el piso, la cabeza apoyada en la pared, entre la mesa de noche y la luz del cuarto de baño.
—No entiendo. Y éste sí, este almacenero de un pueblo cualquiera, que nunca vio una lucha, ¿éste le va a ganar a Jacob van Oppen?
—Nadie puede ganarle una lucha al campeón —pronunció Orsini con paciencia—. Pero no se trata de una lucha.
—Es un desafío —exclamó Jacob.
—Eso mismo. Un desafío. Quinientos pesos si aguanta de pie tres minutos. Yo lo vi al hombre —Orsini hizo una pausa y encendió otro cigarrillo; estaba tranquilo y desinteresado; era como contar una historia a un niño para ayudarlo a dormir, era como cantar Lili Marlen.
—¿Y éste me aguanta tres minutos? —se burló van Oppen.
—Bueno. Es una bestia. Veinte años, ciento diez kilos; no hice más que calcular, pero nunca me equivoco.
Jacob dobló las piernas hasta quedar sentado en el suelo. Orsini lo oyó respirar.
—Veinte años —dijo el campeón—. Yo también tuve veinte años y era menos fuerte que ahora, sabía menos.
—Veinte años —repitió el príncipe, transformando un bostezo en suspiro.
—¿Y eso es todo? ¿No hay nada más? ¿A cuántos hombres de veinte años puse de espaldas en menos de veinte segundos? ¿Y por qué este imbécil va a durar tres minutos?
“Es así —pensaba Orsini con el cigarrillo en la boca—; tan sencillo y terrible como descubrir de golpe que una mujer no nos gusta y quedarse impotente y comprender que nada puede corregirse o ser aliviado por medio de explicaciones; tan sencillo y terrible como decirle a un enfermo la verdad. Todo es sencillo cuando le ocurre a los otros, cuando nos conservamos ajenos y podemos comprender y lamentar, repetir consuelos.”
El pianito del conservatorio había desaparecido en el calor de la noche retinta; se oían grillos, giraba, mucho más lejos, un disco de jazz.
—¿Me va a durar tres minutos? —insistió Jacob—. Yo también vi. Vi las fotografías en el diario. Un buen cuerpo para mover barriles.
—No —repuso Orsini, sincero y ecuánime—. Nadie puede resistirle tres minutos al campeón del mundo.
—No entiendo —dijo Jacob—. Entonces no entiendo. ¿Hay algo más?
—El hombre no puede aguantar tres minutos. Pero estoy seguro de que aguanta más de uno. Y hoy, cosa pasajera pero indiscutible, el campeón del mundo no tiene aliento para luchar más de un minuto.
—¿Yo? —Jacob se había puesto de rodillas, apoyándose en los puños—. ¿Yo?
—Sí —dijo Orsini; hablaba con suavidad e indiferencia, quitándole importancia al tema—. Cuando terminemos esta gira de entrenamiento, todo cambiará. También será necesario suprimir el alcohol. Pero hoy, mañana, sábado de noche en Santa María o como se llame este agujero del mundo, Jacob van Oppen no puede abrazar y resistir un abrazo por más de un minuto. El pecho de van Oppen no puede; los pulmones no pueden. Y esa bestia no se deja voltear en un minuto. Por eso tenemos que tomar el ómnibus de las cuatro de la mañana. Las valijas están hechas, pagué la cuenta del hotel. Todo arreglado.
Orsini oyó el gruñido y la tos a su izquierda, fue midiendo la extensión del silencio en el cuarto. Volvió a tomar el revólver y lo calentó entre las rodillas.
“Después de todo —pensó— es curioso haber dado tantos rodeos, tomar tantas precauciones. El lo sabe mejor que yo y desde hace tiempo. Pero tal vez haya sido justamente por eso que elegí rodeos y busqué precauciones. Y aquí estoy, a mi edad, tan lamentable y ridículo como si le hubiera dicho a una mujer que se acabó el amor y estuviese esperando, con aprensiones y curiosidad, la reacción, las lágrimas, las amenazas.”
Jacob había replegado el cuerpo; pero la franja de luz del cuarto de baño revelaba, en la cabeza echada hacia atrás, el brillo del llanto. Orsini guardó el revólver y fue hasta el teléfono para pedir otra botella. Rozó al pasar el cabello cortado al rape del campeón y regresó a la cama. Alzando las piernas, podía sentir contra los muslos la rotunda pesadez de su barriga. Del hombre arrodillado le llegaba el rumor de un jadeo, como si van Oppen hubiera llegado al epílogo de una jornada de entrenamiento o de una lucha particularmente larga y difícil.
“No es el corazón —recordó Orsini—, no son los pulmones. Es todo; un metro noventa y cinco de hombre que empezó a envejecer.”
—No, no —dijo en voz alta—. Sólo un descanso en el camino. Dentro de unos meses todo volverá a ser como antes. La calidad; eso es lo definitivo, eso es lo que nunca puede perderse. Aunque uno quiera, aunque se empeñe en perderla. Porque en toda vida de hombre hay períodos de suicidio. Pero esto se supera, esto se olvida.
La música de baile se había ido fortaleciendo a medida que crecía la noche. La voz de Orsini vibraba satisfecha, demorándose, en la garganta y el paladar.
Llamaron a la puerta y el príncipe caminó silencioso para recibir la bandeja con la botella, los vasos y el hielo. La dejó en la mesita y prefirió montarse en una silla para continuar la velada y la lección de optimismo.
El campeón se había sentado en la sombra, en el suelo, apoyado en la pared; ya no se le escuchaba respirar; sólo existía para Orsini por medio de su enorme, indudable presencia agazapada.
—La calidad, eso —reanudó el príncipe—. ¿Quién la tiene? Se nace con calidad o se muere sin calidad. Por algo todos se inventan un sobrenombre imbécil y cómico, unas palabritas, para que las pongan en los carteles. El Búfalo de Arkansas, el Triturador de Lieja, el Mihura de Granada. Pero Jacob van Oppen sólo se llama, además, el Campeón del Mundo. Calidad.
El discurso de Orsini desfalleció en el silencio y en la fatiga. El príncipe llenó un vaso, puso la lengua dentro y se levantó para llevárselo al campeón.
—Orsini —dijo Jacob—. Mi amigo el príncipe Orsini.
Van Oppen se oprimía las rodillas con las grandes manos; como los dientes de una trampa, las rodillas sujetaban la cabeza inclinada. Orsini dejó el vaso en el suelo después de arrastrarlo por la nuca y la espalda del gigante.
—Un trago, campeón —murmuró dulce y paternal—. Siempre hace bien.
Se incorporaba con una mueca, tocándose el cansancio en la cintura, cuando sintió los dedos que le rodeaban un tobillo y lo clavaban al piso. Oyó la voz lenta, alegre, despreocupada y perezosa de Jacob:
—Ahora el príncipe se toma todo el trago de un solo trago.
Orsini echó el cuerpo hacia atrás para asegurar el equilibrio. “Era lo poco que me faltaba; que esta bestia crea que lo quiero dormir o envenenar.” Se fue agachando despacio, recogió el vaso y lo bebió rápidamente, sintiendo que los dedos de Jacob se le aflojaban en el tobillo.
—¿Está bien, campeón? —preguntó. Ahora veía los ojos del otro, un pedazo de sonrisa levantada.
—Bien, príncipe. Un vaso lleno para mí.
Con las piernas separadas, buscando no tambalearse, Orsini fue hasta la mesita y llenó nuevamente el vaso. Se apoyó para prender un cigarrillo y pudo ver, en la pequeña luz del encendedor, que las manos le temblaban de odio. Regresó con el vaso, el cigarrillo en la boca, un dedo en el gatillo del revólver escondido en la bata de baño. Cruzó la franja de luz amarilla y vio a Jacob de pie, blanco y enorme, balanceándose con suavidad.
—Salud, campeón —dijo Orsini ofreciendo la bebida con el brazo izquierdo.
—Salud —repitió desde arriba la voz de van Oppen con un rastro débil de excitación—. Yo sabía que iban a llegar. Yo estuve en la iglesia pidiendo que llegaran. —Sí —dijo Orsini.
Hubo una pausa, el campeón suspiró, la noche les trajo gritos y aplausos desde la sala de baile lejana, un remolcador llamó tres veces en el río.
—Ahora —pronunció Jacob con dificultad— el príncipe se toma el vaso de un trago. Los dos somos borrachos. Pero yo no tomo esta noche porque es viernes. El príncipe tiene un revólver.
Durante un segundo, con el vaso en el aire y mirando el ombligo de van Oppen, Orsini se inventó una biografía de humillación perpetua, saboreó el gusto del asco, supo que el gigante no estaba siquiera desafiándolo, que sólo le ofrecía un blanco para el revólver enderezado en el bolsillo.
—Sí —dijo un segundo después; escupió el cigarrillo y volvió a tragarse la ginebra. El estómago le subía en el pecho mientras tiraba el vaso vacío hacia la cama, mientras retrocedía trabajosamente para dejar el revólver encima de la mesa.
Van Oppen no había cambiado de lugar; continuaba balanceándose en la penumbra, con lentitud burlona, como si remedara la gimnasia clásica para los músculos de la cintura.
—Estamos locos —dijo Orsini. No le servían para nada los recuerdos, el débil hervor de la noche de verano que tocaba la ventana, los planes del futuro.
—Lili Marlen, por favor —aconsejó Jacob.
Apoyado en la mesita, Orsini abandonó el cigarrillo que pensaba encender. Cantó con voz asordinada, con una última esperanza, como si nunca hubiera desempeñado otro oficio que canturrear las palabras imbéciles, la música fácil, como si nunca hubiera hecho otra cosa para ganarse la vida. Se sentía más viejo que nunca, empequeñecido y ventrudo, ajeno a sí mismo.
Hubo un silencio y después el campeón dijo “gracias”. Dormido y débil, manoteando el cigarrillo que había dejado sobre la mesa, junto al revólver, Orsini miró acercarse el gran cuerpo blancuzco, aliviado de la edad por la penumbra.
—Gracias —repitió van Oppen, casi tocándolo—. Otra vez.
Atónito, indiferente, Orsini pensó: “Ya no es una canción de cuna, ya no lo obliga a emborracharse, a llorar, a dormir”. Volvió a carraspear y empezó:
—Vor der Kaserne, vor dem grossen Tor...
Sin necesidad de mover el cuerpo, el campeón alzó un brazo desde la cadera y golpeó la mandíbula de Orsini con la mano abierta. Una vieja tradición le impedía usar los puños, salvo en circunstancias desesperadas. Con el otro brazo sostuvo el cuerpo del príncipe y lo estiró en la cama.
El calor de la noche y de la fiesta había hecho abrir las ventanas. La música de jazz del baile parecía estar naciendo ahora en el hotel, en el centro de la habitación semioscura.

6.    Cuenta el príncipe

Era una ciudad alzada desde el río, en setiembre, a cinco centímetros más o menos al sur del ecuador. Me desperté, sin dolores, en la mañana del cuarto del hotel, llena de claridad y calor. Jacob me masajeaba el estómago y reía para ayudar la salida de los insultos que terminaron en un solo, repetido hasta que no pude fingir el sueño y me enderecé:
—Viejo puerco —en alemán purísimo, casi en prusiano.
El sol lamía ya la pata de la mesita y pensé con tristeza que nada podía salvarse del naufragio. Por lo menos —empezaba a recordar—, eso era lo que convenía ser pensado y a esa tristeza debían ajustarse mi cara y mis palabras. Algo previo van Oppen porque me hizo tragar un vaso de jugo de naranja y me puso un cigarrillo encendido en la boca.
—Viejo puerco —dijo, mientras yo me llenaba los pulmones de humo.
Era la mañana del sábado, estábamos aún en Santa María. Moví la cabeza y lo miré, hice un balance rápido de la sonrisa, la alegría y la amistad. Se había puesto el traje gris claro, los zapatos de antílope, equilibraba en la nuca el Stetson. Pensé de golpe que él tenía razón, que en definitiva la vida siempre tiene razón, sin que importaran las victorias o las derrotas.
—Sí —dije, apartándole la mano—, soy un viejo puerco. Los años pasan y empeoran las cosas. ¿Hay lucha hoy?
—Hay —cabeceó con entusiasmo—. Te dije que iban a volver y volvieron.
Chupé el cigarrillo y me estiré en la cama. Me bastó verle la sonrisa para comprender que Jacob, aunque le rompieran el espinazo en la cálida noche de sábado que cualquiera podía predecir, había ganado. Tenía que ganar en tres minutos; pero yo cobraba más. Me senté en la cama y me estuve sobando la mandíbula.
—Hay lucha —dije—, el Campeón decide. Pero, por desgracia, el manager ya no tiene nada que decir. Ni una botella ni un golpe bastan para suprimir todo.
Van Oppen se puso a reír y el sombrero cayó sobre la cama. Su risa había sido descuidada por los años, era la misma.
—Ni un golpe ni una botella —insistí—. Quedamos en que el Campeón no tiene aliento, por ahora, para soportar una lucha, un esfuerzo verdadero, que dure más de un minuto. Eso queda. El Campeón no podría doblar al turco. El Campeón se morirá de una muerte misteriosa cuando llegue el segundo cincuenta y nueve. Veremos en la autopsia. Creo que, por lo menos, en eso quedamos.
—En eso quedamos. No más de un minuto —asintió van Oppen; alegre otra vez, joven, impaciente. La mañana llenaba ahora toda la habitación y yo me sentía humillado por mi sueño, por mis reparos, por mi bata con el peso del revólver descargado.
—Y hay —dije lentamente, como queriendo vengarme—, que no tenemos los quinientos pesos. De acuerdo, todo el mundo lo sabe, el turco no puede ganar. Pero tenemos que hacer, y ya es sábado, el depósito de quinientos pesos. Sólo nos queda para los pasajes y para una semana en la capital. Y después que Dios diga.
Jacob recogió el sombrero y volvió a reírse. Movía la cabeza como un padre sentado en el banco de un parque junto a su pequeño hijo desconfiado.
—¿Dinero? —dijo sin preguntar—. ¿Dinero para hacer el depósito? ¿Quinientos pesos?
Me dio otro cigarrillo encendido y puso el pie izquierdo, que es más sensible, encima de la mesita. Deshizo el nudo del zapato gris, se descalzó y vino para mostrarme un rollo de billetes verdes. Era dinero de verdad. Me dio cinco billetes de diez dólares y tuvo un fanfarronear.
—¿Más?
—Está bien —dije—. Sobra.
Mucho dinero volvió al zapato; entre trescientos y quinientos dólares.
De modo que al mediodía cambié el dinero; y como el campeón había desaparecido —no hubo tricotas con iniciales ni trotecitos por la rambla aquella mañana— me fui al restaurante del Plaza y comí como un caballero, como hacía mucho tiempo no comía. Tuve un café hecho en mi mesa y licores apropiados y un habano muy seco pero que se podía fumar.
Completé el almuerzo con una propina de borracho o de ladrón y llamé al hotel; el campeón no estaba; los restos de la tarde eran frescos y alegres, Santa María iba a tener su gran noche. Dejé al conserje el número del diario para que Jacob combinara conmigo la ida al Apolo y un rato después me senté en la mesita del archivo, con Deportivas y dos caras más. Mostré el dinero:
—Para que no haya ninguna duda. Pero prefiero entregarlo personalmente en el ring. Si es que van Oppen muere de un síncope; o si tiene que contribuir a los gastos del velorio del turco.
Jugamos al poker, perdí y gané, hasta que avisaron que van Oppen estaba en el cine. Faltaba media hora larga para las nueve; pero nos pusimos los sacos y tomamos autos viejos, para recorrer las pocas cuadras del pueblito que nos separaban del cine, para acentuar el carnaval, el ridículo.
Entré por la puerta trasera y fui al cuarto abrumado de carteles y fotografías, furiosamente invadido por un olor de mingitorio y engrudo rancio. Allí estaba Jacob: con el slip celeste, color dedicado a Santa María, y el cinturón de Campeón del Mundo que brillaba como el oro, haciendo flexiones. Me bastó verlo —los ojos aniñados, limpios y sin nada; la corta curva de la sonrisa— para entender que no quería hablar conmigo, que no deseaba prólogos, nada que lo separara de lo que había resuelto ser y recordar.
Me senté en un banco, sin escuchar si contestaba o no a mi saludo, y me puse a fumar. Ahora en este momento, dentro de unos minutos, llegaba el final de la historia. De ésta, j la del Campeón Mundial de Lucha. Pero habría otras, habría también una explicación para El Liberal, Santa María y pueblos vecinos.
“Pasajera indisposición física” me gustaba más que “exceso de entrenamiento provocó el fracaso del Campeón”. Pero mañana no publicarían la C mayúscula y acaso ni siquiera el discutible título. Van Oppen continuaba haciendo flexiones y yo combatía el olor a amoníaco encendiendo un cigarrillo con el anterior, sin olvidar que la limpieza del aire es la primera condición para un gimnasio.
Jacob subía y bajaba como si estuviera solo, movía horizontales los brazos, parecía, a la vez, más flaco y más pesado. A través de la catinga, a la que se estaba incorporando su sudor, yo trataba de oírlo respirar. También el ruido de la sala invadía el cuarto maloliente. Tal vez el campeón tuviera resuello para un minuto y medio, nunca para dos o tres.
El turco permanecería de pie hasta que sonara la campana, con sus enfurecidos bigotes negros, con los púdicos pantalones hasta media pierna que yo le imaginaba —y no me equivoqué—, con la novia pequeña y dura aullando de triunfo y rabia junto a las tablas del escenario del cine Apolo, junto a la alfombra calva que seguiré llamando tapiz. No quedaban esperanzas, no rescataríamos nunca los quinientos pesos. El ruido chusma de la sala llena e impaciente iba creciendo.
—Hay que ir —le dije al difunto que hacía calistenia. Eran las nueve en punto en mi reloj; salí del mal olor y anduve por los corredores oscuros hasta llegar a la boletería. Antes de las nueve y cuarto había terminado de revisar y firmar el borderó. Volví al cuarto hediondo —el griterío anunciaba que van Oppen ya estaba en el ring—, me puse en mangas de camisa después de guardarme el dinero en un bolsillo del pantalón y anduve al revés los corredores hasta entrar en la sala y subir al escenario. Me aplaudieron y me insultaron, agradecí con cabezadas y sonrisas, seguro de que en el Apolo había más de setenta personas que no habían pagado entrada. Por lo menos, no me llegaría nunca el cincuenta por ciento correspondiente.
Le quité la bata a Jacob, crucé el ring para saludar al turco y tuve tiempo apenas para otro par de payasadas.
Sonó la campana y ya era imposible no respirar y entender el olor de la muchedumbre que llenaba el Apolo. Sonó la campana y dejé a Jacob solo, mucho más solo y para siempre que como lo había dejado en tantas madrugadas, en esquinas y bares, cuando yo empezaba a tener sueño y aburrirme. Lo malo era que aquella noche, mientras me separaba de él para sentarme en una platea de privilegio, no estaba dormido ni me sentía aburrido. La primera campana era para despejar el ring. La segunda para que empezara la lucha. Engrasado, casi joven, sin mostrar los kilos, Jacob fue girando, encorvado, hasta ocupar el centro del ring y esperó con una sonrisa.
Abrió los brazos y esperó al turco que parecía haberse ensanchado. Lo esperó sonriendo hasta que lo tuvo cerca, hizo un paso hacia atrás y de pronto avanzó para dejarse abrazar. Contra todas las reglas, Jacob mantuvo los brazos altos durante diez segundos. Después afirmó las piernas y giró; puso una mano en la espalda del desafiante y la otra, también el antebrazo, contra un muslo. Yo no entendía aquello y seguí sin entender durante el exacto medio minuto que duró la lucha. Entonces vi que el turco salía volando del ring atravesando con esfuerzo los aullidos de los sanmarianos y desaparecía en el fondo oscuro de la platea.
Había volado, con los grandes bigotes, con la absurda flexión de las piernas que buscaban en el aire sucio apoyo y estabilidad. Lo vi pasar cerca del techo, entre los reflectores, manoteando. No habíamos llegado a los cincuenta segundos y el campeón había ganado o no, según se mirara. Subí al ring para ayudarlo a ponerse la bata. como un niño, no escuchaba los gritos y los insultos del público, el clamor creciente. Estaba sudado pero poco; y en cuanto le oí la respiración supe que la fatiga le venía de los nervios y no del cansancio. Jacob sonreía
En seguida empezaron a caer sobre el ring pedazos de madera y botellas vacías; yo tenía mi discurso completo, mi exagerada sonrisa para extranjeros. Pero continuaban cayendo los proyectiles y los gritos no me hubieran dejado hablar.
Entonces los milicos se movieron con entusiasmo, como si no hubieran hecho otra cosa desde el día en que consiguieron empleo, dirigidos o no, supieron distribuirse y organizarse y comenzaron a romper cabezas con los palos flamantes hasta que sólo quedamos en el Apolo el campeón, el juez y yo sobre el ring, los milicos en la sala, el pobre muchacho muerto, de veinte años, colgado sobre dos sillas. Fue entonces, y nadie supo de dónde, y yo sé menos que nadie, que apareció junto al turco la mujer chiquita, la novia, y se dedicó a patear y a escupir al hombre que había perdido, al otro, mientras yo felicitaba a Jacob sin alardes y asomaban por la puerta los enfermeros o médicos cargados con la camilla.