Friday, January 15, 2010

Clint Eastwood / Desmontando a Harry





La crucifixión de Clint Eastwood

Por Gregorio Belinchón
Madrid, 15 de enero de 2010

Llega a España la implacable biografía de Patrick McGilligan sobre el cineasta - El libro alaba al autor, pero critica ferozmente su personalidad


A Patrick McGilligan se le presupone una piel gruesa, bastante temple. También, grandes dosis de paciencia, olfato de sabueso investigador y mano con la gente. McGilligan es el escritor de algunas de las más soberbias biografías de cineastas: George Cukor, Alfred Hitchcock, Fritz Lang, Robert Altman, una curiosa, la de Oscar Micheaux, el primer director afroamericano... Pero ¿qué ocurre cuando el objeto en cuestión está vivo? "Cuando escribí el libro sobre Jack Nicholson", recuerda el autor a través de un correo electrónico, "él no colaboró, pero no coartó a nadie para que no atendiera mis llamadas o mis cartas. Con Clint Eastwood fue diferente".
Y tanto. Clint Eastwood es uno de los grandes del cine mundial, el actor más taquillero en los años setenta y parte de los ochenta, con 31 películas a sus espaldas como director -y ya está en la 32ª, el thrillersobrenatural Hereafter-. A sus 79 años, el hombre sin nombre de la trilogía de Sergio Leone (Por un puñado de dólares, La muerte tenía un precio y El bueno, el feo y el malo) es un tipo respetado como pocos, una leyenda del cine y un tipo omnipotente en Hollywood. "Empezó como casi todos mis libros, por un encargo. Eso sí, deben de ser artistas grandes o bastante fascinantes, porque les dedico cuatro años. En el caso de Clint yo ya le había entrevistado y conocía toda su extraordinaria carrera. Intuía que había una historia compleja más allá de la versión publicitaria, pero incluso a mí me sorprendió todo lo que encontré".

Conforme elabora su leyenda, deja una gigantesca lista de damnificados

El actor demandó al biógrafo por 6,8 millones de euros al sentirse difamado
El resultado es Clint Eastwood. La biografía (Editorial Lumen), que apareció por primera vez en 1999, 800 páginas que McGilligan ha actualizado hasta el pasado otoño. En España se edita el 22 de enero, siete días antes de que se estrene Invictus, el biopicsobre Nelson Mandela que ya es el penúltimo filme como director de Eastwood.
Arrasador, incisivo, documentado, repleto de declaraciones, el libro avanza por la vida del cineasta como un machete en la selva o, como le gustaría más a él, como el detective Harry Callahan un día de revueltas en San Francisco: con contundencia. Clint Eastwood demandó a McGilligan en 2002 por 10 millones de dólares (unos 6,8 millones de euros) y llegaron a un acuerdo extrajudicial. "Legalmente no se me permite detallarlo. Es un ejemplo más de la costumbre habitual de Eastwood a la hora de resolver sus jaleos legales, con lo que mantiene una imagen muy férrea: todos los documentos y papeles judiciales siempre quedan a salvo del escrutinio público. Pero sí puedo decir que no pagué ni un centavo, que quedó claro que no me había equivocado, y sólo tuve que cambiar algunos párrafos en futuras ediciones, como la española".
La chicha: tras rastrear a sus antepasados desde que llegaron a EE UU -el primer Eastwood nace en ese país en 1746-, el biógrafo arranca la apasionante vida de un bebé, Clinton junior, que el día de su nacimiento, el 31 de mayo de 1930, en San Francisco, pesa más de seis kilos. Al contrario que la anterior biografía del cineasta, la única autorizada, escrita por Richard Schickel, un baboso monumento a la adulación, McGilligan va describiendo las andanzas reales de Clint, y no lo que él ha edulcorado posteriormente. Ni era tan rebelde, solitario o introvertido, ni tan diestro musicalmente, ni con talento interpretativo, ni en contacto constante con la naturaleza -su misma madre, la mujer de la que heredó el amor por el jazz, niega que Clint pasara muchas temporadas en el rancho de la abuela, como afirma la mitología oficial-. Tampoco logró los títulos académicos que asegura, aunque sí fue monitor de socorrismo, como Ronald Reagan, Gary Cooper o John Wayne en sus inicios, y se libró de ir a Corea al ser profesor de natación en el cuartel. El libro avanza a través de su salto -sorprendente- a Holly-wood gracias a su porte, 1,92 metros de estatura y todo músculo fibroso, y a su gancho con las mujeres.
Porque, según el libro, las mujeres y la tacañería marcan la vida profesional y artística de Clint Eastwood. Padre de siete hijos de cinco mujeres (se ha casado dos veces), el cineasta sólo ha sido fiel a su actual esposa. Por las páginas desfilan centenares de mujeres... y amigos, a los que el creador usa, exprime y menosprecia. A unas y a otros les olvida igual: un día deja de llamarles y como si nunca hubieran existido.
Implacable, la biografía muestra cómo racanea hasta un aparato de teléfono a su ex, la actriz Sondra Locke, a la que remata en los tribunales. Tacaño, cada año exige un pavo congelado a Warner para regalárselo a su madre en el Día de Acción de Gracias. Avaro, se queda con un coche de todas sus películas y jamás ha pagado en un restaurante. Machista, en su carrera ha mantenido la tradición de que sus novias encarnen a prostitutas en sus películas.
La lista de damnificados es mayúscula, mientras Eastwood construye poco a poco su leyenda: de la serie Rawhide a los spaghetti westerns de Sergio Leone, y su posterior asentamiento en Hollywood. "Me sorprendió", recuerda McGilligan, "que mucha gente quisiera hablar conmigo. Nadie le había entrevistado en los miles de artículos sobre Eastwood. Alguien que le había dirigido en cine y televisión me dijo: 'Hablaré contigo si prometes no escribir un libro lameculos'. ¡Y yo pensaba que era un íntimo suyo!". Eso sí, hay mucha fuente anónima y miedo. Hasta un profesor de su colegio llamó a la productora de Eastwood, Malpaso, a pedir permiso. No hubo charla.
Recordar su vida es pasear por la peor cara de Hollywood: guionistas menospreciados -labor que nunca le ha interesado a Eastwood, que filma siempre el primer borrador que le llega y a veces no habla con su guionista hasta el estreno-, publicistas mentirosos, abogados destrozavidas... "Eastwood ha batallado duro por controlar su imagen. Es falso eso de que no da entrevistas: hay centenares, pero poquísimas veces con un periodista escéptico. Es un supervendedor de sí mismo, de su imagen y de su cine. Se ha convertido en una personificación de EE UU, y no siempre de sus mejores cualidades".
Nunca ha logrado el Oscar como actor, aunque sí como productor (Sin perdón y Million dollar baby) y director (también por ambas). "Como actor es limitado y ha buscado trabajar con directores que no le han llevado al límite. Como realizador, es extremadamente competente y tiene visión. Pero nunca ha escrito nada y rueda con lo que le cae en las manos, jamás revisa un libreto. No guía a los actores, le suele valer la primera toma y todo lo rodado suele estar en pantalla. No me parece que ésos sean los mimbres de un genio del cine. Me interesa más comoactor-auteur que como director, pero en esa faceta crece día a día", dice su biógrafo. Eastwood debe de estar esperándole a la salida.

Sombras de un genio

- Tacaño. "Cada año exige un pavo congelado a Warner para regalárselo a su madre en el día de Acción de Gracias".
- Avaro. "Se queda con un coche de todas sus películas y jamás ha pagado en un restaurante".
- Machista. "En su carrera se ha mantenido la tradición de que sus novias encarnan a prostitutas en el cine".
- Despreciativo. "No tiene en cuenta a los guionistas. Filma el primer borrador que le llega y a veces no habla con su guionista hasta el estreno. Usa a los amigos, a los que un día deja de llamar como si nunca hubieran existido".




Clint Eastwood: desmontando a Harry

De la mano de Invictus y a lomos de una cobertura mediática pocas veces vista, telediarios incluidos, ha desembarcado por fin en nuestras librerías la famosa biografía de Patrick McGilligan sobre Eastwood. Aparecida en 1999 en Inglaterra, su publicación en los Estados Unidos en 2002 motivó una demanda ante los tribunales por valor de diez millones de dólares por intentar destruir la reputación de la estrella. El tema se zanjó con un acuerdo extrajudicial que obligó al crítico a eliminar o modificar algunos párrafos. Menos megatones, la misma mala leche. El resultado es una biografía no autorizada tolerada, pero no para menores.
McGilligan, prestigioso crítico y autor de afamadas biografías (Hitchcok, Lang y Altman, entre otros); de la notable serie Backstory, que recorre la historia de los guionistas (cuatro tomos de momento), y al que hemos podido ver en Hollywood contra Franco de Oriol Porta, afirma que Eastwood “me cayó bastante bien, pero aún tenía reservas” cuando le entrevistó en 1979. Yo que Mcgilligan no intentaría volver a hacerlo, considerando que hablamos de un tipo que suelta un “Aprieta el gatillo, hijo de puta, y te mataré antes de tocar el suelo” cuando un pandillero latino le planta una pistola en la cara, o que al conocer a James Dean y ver que no se levantaba del sofá mientras saludaba le agarra la mano, lo pone en pie de un tirón y le dice: “Maldita sea, tío, levántate cuando hables conmigo”. Procedamos a echar un vistazo provistos, eso sí, del guante de fray Guillermo de Baskerville, pues el libro rezuma veneno.
Para McGilligan, Eastwood es un tirano misógino, manipulador, egocéntrico y violento, al que no le gusta ensayar y no escribe sus guiones (vamos, que lo único que diferencia a Eastwood de los grandes maestros clásicos es un parche en un ojo), que se limita a copiar a sus directores (básicamente, Leone y Siegel), a los que da la espalda una vez los ha asimilado y les ha robado a su equipo técnico. A McGilligan le gusta Leone (“Clint está en deuda con Leone, el primer gran realizador -y sin duda el único- con el que el actor trabajó”), aunque tampoco le ahorra pullas: “Sergio Leone no se lavaba mucho. Era un maníaco del ahorro. Tenía un apetito monstruoso que le convirtió en un oso gordo y malhumorado con el tiempo. Trataba a la gente fatal y su psique poseía una fealdad que se reflejaba en sus películas”. Clint, en cambio, es un director chapucero, vago y de primeras tomas (“aceleraba las escenas si era necesario para terminar antes de tiempo”). Debe su éxito a la suerte, la publicidad, la floja competencia y, cómo no, a los franceses. Al menos, “sabía dónde poner la cámara”.
Como actor es limitado, indolente y perezoso: “Tomó la costumbre de evitar a los directores con ideas claras que pudieran imponerle sus métodos y obligarle a trabajar como actor”, y cantando “pone cara de estreñido”.
“Si alguna vez se quisiera convocar a una reunión a toda la gente a la que Clint ha jodido, habría que celebrarla en el Coliseo de Los Ángeles”. Son palabras de Fritz Manes, amigo de Clint durante cuarenta años, productor de algunas de sus películas y principal delator del libro. Y es que, para McGilligan, Clint “ha dejado a su paso muchas amistades rotas y enemigos implacables”. Según el crítico y sus numerosas fuentes, casi todas anónimas, da lo mismo que se trate de mujeres, compañeros o amigos; cuando dejan de obedecerle los abandona, sin dar la cara eso sí, pues también es un cobarde.
Su tacañería también es legendaria. Según una amiga: “Hace veintitrés años que conozco a Clint y puedo decirle que no le he visto pagar ni una sola vez”. Exige que la Warner le mande cada año el pavo que el estudio regala a sus ejecutivos. Una vez hubo un contratiempo en el envío “y los ejecutivos de Warner, conscientes de la angustia de Clint, reservaron un asiento en un avión comercial para el ave congelada”. Clint no era más espléndido en el plató: “Las tomas opcionales y la repetición de tomas se consideraban un derroche”.
Pero el reguero de resentidos es un arroyuelo comparado con el Amazonas de ligues que anega las más de ochocientas páginas del libro. Una perla cultivada: Clint, al que le gusta que sus chicas le llamen “papi”, tenía una cita. “‘Tendrías que conocer a mi hija, un bombón’. Al final, Clint cambió a la madre por la hija, no sólo con el permiso de la primera, sino con su bendición”. “Lo dejaremos en dieciocho”, respondió interpelado por un amigo sobre la edad de la chica. Cuando éste le preguntó de qué hablaban, Clint dijo: “No hablamos, vemos dibujos animados”.




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